jueves, 28 de abril de 2016

El Numen Siniestro - Capítulo I "Fuego inextinguible"

Tras el bombardeo de la base e instalaciones aledañas, el complejo ardió salvajamente, alimentándose las llamas con el calor de las nuevas explosiones que ocurrían aquí y allá, formándose torbellinos de fuego implacables que lo fundían todo a su paso. La pequeña península pasó, de lugar seguro, a trampa mortal, atrapando a los supervivientes entre un muro abrasador y el oleaje. Sin ninguna vía de escape, los desgraciados se agolpaban frente al acantilado, acosados por la temperatura en ascenso y las chispas que se disparaban hacia ellos. Gritos desgarradores y un violento baile de brazos y torsos contorsionándose se podían apreciar con espeluznante claridad; este espectáculo dantesco lo contemplaban desde el mar los que consiguieron escapar y se mantenían a salvo en el enorme trasatlántico. Casi todos guardaban silencio, consternados, pero algunos gimoteaban y suspiraban agónicamente; destacaban por su intensidad los gritos de mujer de una hermosa dama de aspecto refinado y exquisita belleza, que aún lucía su vestido de fiesta, rojo como la sangre, ahora triste premonición de seda del sorpresivo ataque.


-¡Sálvalos, sálvalos! ¡Tú puedes hacer algo! ¡Acerquémonos a la costa!

Doblada sobre sí misma, no paraba de llorar más que para seguir contemplando con angustia un instante, y luego volver a gritar e implorar.

-¡No! ¡Cómo puedes abandonar a tu hijo a este sufrimiento! ¡Es nuestro hijo!

El tornado de fuego era de unas proporciones descomunales ahora. Todos estaban muriendo vaporizados por el aire caliente o despeñándose presas del horror. Las últimas explosiones de llamas verdosas cesaron, pero aún continuaba la combustión, como si siempre encontrara alimento para seguir creciendo. Ella gritaba y se retorcía, repitiendo que su hijo estaba allí, y aunque se había resignado a haber visto a todos perecer, seguía pidiendo clemencia para él, uno de tantos en la multitud ya carbonizada.

El destinatario de sus súplicas permanecía impasible, en pie y firme, contemplando con serenidad el horror, justo al borde de la proa del barco. Parecía una escultura, vestido de blanco, con su peculiar levita de aire militar y marino, pero sin ser un uniforme realmente. Su porte era altivo, y hasta parecía esbozar una leve sonrisa por la comisura de la boca como si de un dios etrusco se tratara. Desde el principio valoró los daños y pérdidas humanas, y no hizo ni el más mínimo ademán de enviar botes a la costa: hubiera sido no sólo inútil, sino que los rescatadores también habrían sucumbido, y eso los seguidores lo suponían y obedecían a esta pasividad, pues habían aprendido a no cuestionar sus órdenes, no sólo por su iracunda reacción al ser siquiera preguntado, sino porque su inteligencia estaba muy por encima de cualquier suposición que ellos hubieran conjeturado. El fuego se reflejaba en el iris azul de sus ojos, dotándole de un semblante seductoramente demoníaco junto con los cabellos negros que completaban el retrato de este hombre singular. La joven madre, deshecha en lágrimas, había caído a sus pies, derrotada.

-Mujer, no llores; cuanto más lo hagas más tiempo tardarás en recobrar la cordura y darte cuenta de que tu hijo no es más que un fruto de tu vientre, una conformación de carne y sangre que nada te daba excepto la satisfacción de mirarlo. Razona: podrás tener más hijos.

Esto le dijo con su voz entonada mirándola desde arriba, ni un gesto amable hacia ella, sólo frialdad. Ella cesó el llanto y le miró a su vez con una expresión de reproche que no obtuvo respuesta.

Un viento extraño con olor a humo sopló desde tierra y les hizo volver la cabeza a todos hacia el interior del barco. La noche había sido terrible, pero ya cesó el peligro y esperaban que el Numen, así llamaban a su líder, les indicara qué hacer. Y así lo hizo.

-Recompónganse. Partimos a mar abierto.

Todos fueron hacia sus posiciones en el barco, los marinos a sus puestos, los demás a sus camarotes. Las bajas fueron cubiertas con personal aparente según instrucciones del capitán. Presto zarparon lejos de la costa, sin un rumbo fijado, sólo lejos de su antigua base.

El Numen y sus acólitos entraron en uno de los amplios despachos. Tras él iba la dama del vestido rojo, con sus lágrimas enjugadas, pero el rostro dañado por el llanto y el sufrimiento.

-¿Qué ha sido esto, un error de cálculo?- se atrevió ella a inquirir en tono de recriminación.

Entonces fue ella la que recibió una mirada fulminante por respuesta.

-¿Estamos a salvo, al menos?

-Totalmente. El camuflaje del Inicuo es perfecto, lo más probable es que ni siquiera se hayan percatado de su existencia. Ve a descansar, Ariadna, necesitarás fuerzas.

-¿Un nuevo plan?- preguntó ella con intensidad. Y se retiró a su camarote tras un breve silencio.

Un error de cálculo... Esa idea le atormentó por un momento, mientras paseaba por el despacho y los demás le seguían con la mirada. No estaba acostumbrado a tener fallos, pero exitía el factor sorpresa. Tantas variables a tener en cuenta para calcular la totalidad de la realidad que alguna se le escapaba de vez en cuando...

-Señores, esto no quedará así- dijo, al fin, a sus esbirros. -Quiero un inventario de nuestros recursos, un recuento de bajas y supervivientes, un nuevo emplazamiento para nuestra base, tal vez en Sudamérica, no descartemos Asia...- Según hablaba señalaba con el dedo a cada persona indicada para realizar la tarea, que partía a ella inmediatamente. -Quiero una investigación exhaustiva de quién ha organizado tamaño desastre, quién ordenó el bombardeo, quién pilotaba los aviones, quiénes han sido todos y cada uno de los responsables...- Esto lo dijo muy despacio, hablando con la mirada clavada en su personal de confianza, bajando el tono, lo que causaba aún más temor y exigencia si cabe, y ellos entendieron la importancia que le concedería a la obtención de esta información, saliendo sin dilación a organizar un equipo de detectives y espías que se prepararon someramente y volvieron en una lancha a tierra para cumplir con la labor encomendada. -Quiero contacto con nuestros proveedores y que preparen una nueva remesa, aún sin decirles lugar de envío. Celeridad. Sobre todo necesito saber cuánto personal especializado hemos perdido. A trabajar- despidió a todos y quedó a solas en el despacho.

Se desabrochó la levita. Un error de cálculo... No; sabía que podían atacarle, como ya lo hicieron otras veces y fueron repelidos por sus fuerzas de seguridad. Esta vez el hecho era algo demasiado brutal, desde el aire, algo que no esperaba de un gobierno civilizado. Civilización: extraño concepto. Habían, no sólo destruido todo lo que él y su grupo construyeron durante los últimos casi cinco años, sino pasado por encima de las vidas de tantos, y habían incluso matado a su hijo. No fue un error de cálculo, sino una fórmula errónea. Una variable a descartar para siempre de sus ecuaciones: humanidad, civilidad, respeto. Nadie respeta nada, llegado el momento, y es cierto que en el amor y en la guerra todo vale. Corregido este fallo para siempre en su privilegiada mente, nunca más contar con la benignidad del género humano, ni de ningún otro.

El Numen escribió con pluma en su diario la fecha, y puso al lado: noche trágica. Llamaron a la puerta y le trajeron las listas de supervivientes y desaparecidos, dados por fallecidos todos. Repasó los nombres, puesto que conocía a todos y cada uno de ellos personalmente, y entre los nombres apareció el de su hijo, sin un lugar especial, uno de tantos, como le gustaba a él considerarle y como le estaba educando. Muchos científicos y personal especializado habían sucumbido, los que no quisieron acudir a la fiesta en la que los demás bailaban, ajenos al horror que les esperaba. La sala de fiestas y las dependencias comunes tenían las salidas de emergencia subterráneas que les condujeron a los botes salvadores, los que les permitieron llegar al Inicuo. Las áreas de trabajo quedaron aisladas y la barrera de fuego hizo el resto. Los productos químicos inflamables dejaron sin opciones al grupo.

Anotó en el diario una somera descripción de lo ocurrido: tres aviones indeterminados bombardearon las instalaciones, creando un gran incendio y con el conseguiente resultado. Mejoras para la futura base: camuflaje similar al del Inicuo para todo el complejo, por más caro que resulte; salidas de emergencia en áreas de trabajo también y planes de emergencia y evacuación actualizados al nuevo nivel de la amenaza. Captación de nuevos cerebros y afines para reponer bajas. Revisar líneas de finanzación por si las pérdidas se repitieran.

El camuflaje será fundamental, puesto que en cuanto el gobierno descubrió sus instalaciones se empeñaron en inspeccionar las actividades. Y muchas eran ilegales, claro. Estaba fabricando armas químicas y experimentando con lo que nadie da permiso. ¿Cómo si no rompiendo las barreras mentales iba a llegar a dominar la materia y la vida misma? La moral al uso impide cualquier avance con sus melindres, mientras que es un contrasentido: ¿no debería ser inmoral el impedir la cura para cada enfermedad y mal, la búsqueda de la eternidad en vida? La gente pequeña de mente es la despreciable. Qué pocos se salvan de ese fanatismo, de la cincha mental de la mal llamada ética. Y mil peticiones escritas de que cesaran sus actividades, y multas, desoídas todas ellas, e intentos por la fuerza de desalojar las instalaciones... Fuerza combatida con fuerza y sagacidad. Pero alguien no estaba dispuesto a consentir el trabajo dentro de Daemon, y ordenó ese bombardeo cobarde. Sería el ejército o algún comando secreto, pero desde luego que no iba a quedar impune ese ataque. Si en algo creía el Numen, a parte de en el poder de la inteligencia y los resultados de la Ciencia, era en la venganza, una satisfacción que se daba el capricho de ofrendarse, puesto que todo, todo, parte de su voluntad personal, de hacer lo que él quiere y como lo quiere. Y para eso trabaja y en eso consiste su existencia: para obtener su capricho.

Volvieron a llamar a la puerta y le trajeron varios mapas y cartas de navegación con posibles ubicaciones para los nuevos laboratorios e instalaciones. Los estudió un momento, aunque casi todos reunían las características precisas. Cuando ocurría que la razón no le hacía preferir ninguna opción, sacaba de su bolsillo interior algún objeto mágico con el que jugar y que le ayudara a decidir; esta vez, un mazo de naipes. Barajó y colocó una carta en cada emplazamiento en los mapas. Las volteó. Una le hizo sonreír. -Construiremos aquí Nuevo Daemon. Vayan haciendo los preparativos pertinentes, en breve les pasaré los planos mejorados y las especificaciones.

La noche fue larga, y dibujó y escribió hasta el amanecer, mientras el barco subía y bajaba levemente, rumbo a lo desconocido. Cuando todas las órdenes pertinentes fueron dadas, se concedió el descanso, aseándose en sus aposentos y reposando. Pero otra vez llamaron a su puerta. Alguien entró despacio.

-Ariadna, ¿a qué vienes, quieres tener otro hijo?

-No, sólo quiero consuelo.

-Está bien, ven a dormir conmigo.

El Númen la abrazó complacido con el perfume de su melena limpia y el tacto suave de su piel y se entregó a los sueños, confiado.

-Señor, ¿está despierto? Tenemos informes de nuestro equipo en tierra. Sabemos quiénes son los culpables del desastre de anoche. Todos y cada uno de ellos.

-Bien. Que se preparen todos. La guerra ha comenzado y no tendrá más fin que sus terribles muertes. Arderán en un fuego inextinguible. He soñado cómo darles caza.



Fin del primer capítulo.  

Madame Eloise


miércoles, 27 de abril de 2016

Steamboy

Buenos días, buenas tardes, buenas noches jóvenes, pequeños, grandes y milenarios lectores, tanto tiempo sin leerlos, no tocar sus mentes con mis palabras.

Bienvenidos una vez más a este gigantesco y babilónico mundo del cine, hoy vamos con un ícono del Steampunk en lo que ha sido el mundo de la animación japonesa.

Introducción

De la mano de Katsuhiro Ôtomo (pueden recordarlo por películas como Memories, Metropolis y Akira, entre otras) y Sadayuki Murai (ha sido participe de las series de televisión del Capitan Harlock, Cowboy Bepop, Perfect Blue, entre otras también) es que nace Steamboy.

Las primeras cosas que me vienen a la cabeza con esta palabra, una máquina, mucho vapor, quizá una especie de humanoide y muchas mangueras soltando nubes de vapor mientras se dispone a destruir el mundo conocido (¿Japón?). ¿Sería algo así como un Frankenstein de la época victoriana quizá?

Bueno, lo que nos han dado estos dos maestros es una historia basada en la Inglaterra de la época industrial, estamos en pleno siglo XIX, alrededor del año 1860 para ser más precisos, se llevan a cabo las Exposiciones Universales aún y una de ellas viene a ser parte fundamental en la visión que se le ha dado a esta película.

La película en sí

Nuestro héroe, el joven James Ray Steam o mejor conocido como Ray, recibe una caja misteriosa en la cual se encuentra una extraña bola y unos planos. Esto enviado por su abuelo quien trabajaba para cierta corporación americana, la corporación O’Hara, hasta donde el recuerda.

Luego de un ventarrón de sucesos que pondrán en peligro la vida del joven Ray y su familia se develan algunos misterios y aparecen otros que le obligarán a tomar nuevas decisiones a cada paso que da para ponerlo en una orilla o en la otra, luego de que su supuesto y muerto padre Eddie Steam resulta estar vivo y trabajando para la corporación O’Hara. Mientras que su abuelo quien una vez apoyó y trabajó a esta corporación, ahora luego de descubrir oscuros propósitos ha decidido plantarles cara.
Esto le ha causado involucrar a Ray en una pequeña afrenta hacia la corporación y su propio hijo, tratando de sabotear sus planes a como dé lugar para evitar que logren desarrollar completamente el Castillo Steam.
A lo largo de la película el papel femenino viene de la mano de Scarlett O’Hara una niña, esto desde mi punto de vista por cierto, mimada y con mucho poder dentro de la corporación (hija del presidente de la fundación O’Hara y quien es el patrocinador de la investigación de los Steam) aunque en ciertos momentos se puede ver cierta relación de afecto que se empieza a gestar entre ella y Ray.


Los personajes


(Ray y Scarlett)
James Ray Steam (Ray), joven de 13 años e hijo de Eddie Steam, nieto de Lloyd Steam, vive en Manchester, Inglaterra donde comienza nuestra historia.

Scarlett O'Hara, heredera próxima de la fundación O’Hara, se vuelve una parte importante para Ray en lo que va de nuestra aventura.

James Edward Steam (Eddy), padre de Ray, actualmente desarrolla el proyecto del Castillo Steam que ha dejado de lado su padre Lloyd.

James Lloyd Steam (Lloyd), creador de la Steamball, los motores del castillo Steam, padre de Eddy Steam, le ha dado la espalda a la fundación cuando se ha enterado de los planes bélicos que le quiere dar a sus invenciones.


Robert Stephenson, es la contraparte británica de Eddy Steam, aporta ciertos aspectos a la película como la idea del paladín del imperio británico. Este personaje está basado en el verdadero Robert Stephenson.


Análisis de autor


La versión más profunda de la película, como decirlo sin que suene cortante; a lo largo de lo que ha sido la invención humana, hemos tenido siempre varias maneras de considerar el hecho del avance tecnológico que nos ha llevado a plantearnos distintas posturas, esto es uno de los pilares fundamentales de la película y cada una de esas posturas está respaldada o menor dicho, sirve de pilar a muchas formas, no les digamos buenas ni malas, sino formas que tienen un fin propio. Luego hay algo que sirve de hilo a esta animación, el como la visión de un niño sirve como conductor a los hechos, una mentalidad establecida desde muy temprano sirve para avanzar a través de este remolino de situaciones que cada vez van dando paso a nuevas interrogantes, no solo éticas, sino las cuales uno se puede sentir de cierta formar identificado y que lo llevan a pensar como actuaría ante esta situación o creo que esto me ocurre de otra manera y me gustaría darle una segunda vuelta o hacerlo de una forma distinta.


Conclusión

Es una película para jóvenes y adultos, con ciertos toques de drama, acción y aventura, esta última en su mayoría.

No se las voy a recomendar por ser una película de animación, si no, porque da para analizar y ponerse a pensar en el futuro cercano o lejano.


Disfrútenla y si tienen comentarios u opiniones estaré fascinado de leerlas. Solo tienen que escribirlas en la cajita de ahí abajo y podremos conversar.

Espero leeros pronto en una nueva entrega.


Vuestro, ChristoffV.

jueves, 21 de abril de 2016

Los hijos del cielo. Vol I - Cefira


Despertó con el primer alba, como de costumbre, se puso los pantalones de peto sobre la camisa sucia de grasa y otras manchas de materias desconocidos, o sin catalogar, allí arriba no había mucha ropa para una jovencita, y a ella poco la importaba.

Complemento su vestuario con un jersey de gruesa lana y pésima factura de un color que en el pasado se habría podido denominar marrón caballo pero que en la actualidad se encontraba cuajado de brillos por las manchas de grasa y otros productos de origen mas exótico.

Salio al pasillo poniéndose las gruesas botas de sustentación aérea. Trastablillo hasta llegar a la puerta, se puso la bufanda blanca casi limpia, un grueso abrigo polar de lana, con cuello forrado en borrego con doble abotonadura y finalmente el gorro de aviador de cuero negro.

Giro la cabeza hacia la izquierda y saludo con una leve inclinación de cabeza al retrato del anciano hombre semi velado por una gasa negra. Y con su femenina y casi infantil voz dijo- hola papa buenos días, saldré a pasear, no me esperes para comer.- entonces volvió su atención a la puerta, corrió los dos cerrojos y empezó a girar la gruesa manilla de la compuerta con ambas manos manilla.

La puerta se abría el vacío cielo, solo rasgado por alguna nube de baja altitud, golpeo los talones de su calzado entre si, y empezó a caer hacia arriba a un lentísimo ritmo hasta quedar suspendida a un centímetro del suelo, inclino levemente su cuerpo y avanzo hasta traspasar el quicio de la puerta, se giro y empezó a cerrar la puerta con sumo cuidado y esfuerzo dado que el viento la empujaba dificultando el proceso, el sudor se perlaba en su rostro a causa del esfuerzo cuando ya con la puerta cerrada inclino la cabeza hacia arriba agarro sus manos su espalda e inicio un rápido ascenso casi horizontal, que acabo en bucle limpio y ensayado.

Contemplo desde la altura, a su alrededor se extendía el cielo infinito, y ochenta pies bajo ella estaba el océano, avanzo mas despacio en linea recta, giro describiendo un leve arco y contemplo su hogar, la estación aérea N· 13 colocada sobre el pacifico, una masa de hierro y acero de neve metros de altura, cincuenta de ancho y de largo, que se sustentaba en el cielo por el mismo principio que su calzado pero mucho mas refinado, miraba ensoñada los edificios construidos encima de la plataforma, de ella sobresalían tres construcciones, el resto como su propia casa estaba en el interior de la plataforma.

Estos tres edificios eran el Hangar, la torre de comunicaciones y el puerto donde atracaban los zepelines, el resto era una plataforma vacía que hacia la función de plaza publica y única superficie amplia para montar el mercado, que se componia de estructuras de barra atornilladas al suelo y las paredes, a los que a su vez se atornillaban paredes de chapa corrugada para formar las mesas tejados y paredes de los puestos del mercado.

Un fuerte carraspeo devolvió su atención al cielo, al girar la cabeza contemplo al viejo pescador, que la miraba con sus ojos redondos y pacíficos. Vestía su traje impermeable de un color que cuando lo compro probablemente había sido un naranja brillante pero ahora parecía gris marronuzco, en su mano sujetaba la caña de pescar rayos, que apoyaba contra su hombro, en su otra mano sujetaba la cesta de contención de electricidad, el cuerpo que se vislumbrada entre aquellas manos era el de un anciano de baja estatura y con la corpulencia de un periquito escuchimizado, por otro lado su barba oscura, y cejas superpobladas y frondosa cabellera hacían pensar de el que era un hombre asalvajado que no se había afeitado en décadas y que desconocía las normas del decoro, lo cual no era totalmente cierto, era cierto que no se había afeitado la barba ni recortado las cejas en todo el tiempo que llevaba allí arriba, y también era cierto que era poco hablador y no respetaba muchas de las convenciones sociales de las buenas gentes, pero no era ni mucho menos un salvaje.

El intercambio de miradas fue corto pero cargado de significado, el leve gesto con la mano, el señalar las nubes y el hecho de que el pescador estuviera allí era una clara señal de que se acercaba tormenta y la estaba advirtiendo, así que intento recordar el nombre del mudo pescador ,sin éxito, y contesto con su voz en grito para hacerse oír sobre el ruido del creciente viento- Gracias, no tardare en bajar, mañana es día de mercado.
Se despidió con la mano del pescador, que siguió su ascenso lento en un ligero arco ascendente hacia las cada vez mas numerosas nubes. Ella estiro los brazos y dejo que el sol la reconfortara durante unos minutos, antes de descender hacia el puerto.

En el suelo de la estación había una pequeña muchedumbre, formada por hombres y mujeres de todas las edades el grupo mas numeroso era una cuadrilla de cazadores de nubes, con sus redes de caza para cirrocumulos y sus picas eléctricas, sus sombreros de paja y capas impermeables mugrientas y eternamente húmedas, desprendían un hedor a suciedad y humedad, eso sin contar el hedor del mal humor. Los cazadores de nubes tenían un carácter único y ácido, que muy pocas personas toleraban, pero allí estaban, para vender el agua dulce extraída de las nubes, vociferando sus productos en el mercado.

Para Cefira, su puesto preferido era el de Aero-pertrechos, estaba en una esquina de la plaza y en el trabajaba un joven muchacho desarrapado y su no mucho mas limpio hermano mayor, se llamaban Estratolimbo y Maelstrom, o eso habían hecho creer a todo el mundo durante los últimos años, y como ella eran hijos del cielo.

En el puesto se agolpaban en la mesa de solidas bisagras, mascaras con filtros de oxigeno, calzados de sustentación aérea de muy variada factura y estado y gorros y cascos de aviación así como gafas protectoras y prendas sueltas de uniformes de vuelo anticuados, junto con la prensa especializada, deshojada y los catálogos descatalogados.

Ellos siempre andaban insultándose y peleándose entre si, hablando en la extraña de jerga de la nación de los desnacionalizados, los hijos del cielo, mas concretamente de un clan de comerciantes nómadas.

Su pequeño dirigible familiar lucia en un estado pésimo, siempre con nuevos parches el la barquilla podían entrar con comodidad cuatro personas pero no estaba hecho como residencia, y a través de la puerta se veía claramente que sus ocupantes no eran las personas muy aseadas, de hecho el hedor y los parches eran el mejor sistema anti-robo de todos los tiempos, y Cefira era consciente de ello.

Cefira bajo la mirada, y la aparto del pequeño dirigible que para ella lucia como la tierra prometida, jalonada de eternas posibilidades, hecho para surcar los cielos, volvió a posar la mirada en el puesto, y examino algunos productos mientras hacia un computo mental de lo que podía gastar, uno, dos, cinco, once alas, ese era su dinero total hasta el próximo mes, dese que su abuelo, Boreas, habia muerto, su situación económica era un poco apurada, la pensión de Orfandad era cuanto menos exigua, si gastaba tres alas en pan y queso, tendría lo suficiente para comprar nuevos filtros para la desecadora de nubes, y aun le sobrarían tres alas y algunas plumas.

Cogió de la metálica superficie de la mesa un par de anticuados zapatos de sustentación aérea, eran de charol, muy femeninos y para baja altitud, eran de un negro brillante muy llamativos y aunque algo desgastados aun estaban bien cuidados, tras mirarlos varias veces los descarto, no eran útiles para aquella altitud, no los podría usar en exteriores, dejo los zapatos de charol sobre la mesa y poso  su vista sobre unos zapatos unisex, con cordones con una unidad de sustentación pesada, ideal para trabajos a gran altitud, con ellos podría subir otros ochenta pies de altura sin miedo de que el aire la empujara con enorme violencia, siguio mirando los zapatos, su mueca de aprobación era evidente, motivo por el cual Maelstrom se sonrrio por dentro- Puedes probartelos para dar una vuelta- dijo Maelstrom- despues si sigues interesada hablaremos del precio.

Cefira sabia a ciencia cierta que los zapatos serian tremendamente caros, pero aun así no podia resistir la necesidad de probarlos, le quedaban ligeramnete pequeños pero no quiso quitarse los gruesos calcentines, así que con ayuda de un calzador se puso aquellos zapatos, despego sin problemas, aunque noto que tendia a escorarse a la izquierda, por lo tando el zapato derecho estaba un poco mas potente, tomo nota mental y se adapto a la diferencia de potencia, subio veinte pies, hizo un doble rizo incinando el cuerpo con una ligera rotación de cintura y enderezo justo a tiempo para evitar chocar con una boya aerea del puerto, se impulso en la boya, ganando velocidad en un contrapicado, para ascender finalmente cerca del borde de la plataforma a un par de metros del puesto de pertrechos, toco el suelo con suavidad y camino los lo justo para llegar al puesto, donde se descalzo con parsimonia y volvió a ponerse sus botas.

En la plataforma la muchedumbre se desplazo lentamente hasta el puesto de Aero-pertrechos el vuelo había sido llamativo y elegante, y los ciudadanos del cielo amaban un buen espectáculo aéreo.

Desde que la defosteración y la tecnologia a vapor habian acabado hacia dos decadas con el carbon, el hielo de los polos se habia derretido, de manera, al principio impercettible, despues mas rapida y dramaticamente, los mares habian subido y la tierras habian quedado anegadas, la humanidad habia buscado otros lugares donde vivir, naciones enteras habian embarcado en zepelines siderales y partido a la aventura, pero los que quedaron, esos que careciam de recursos y posibilidades, esos que no eran utiles para colonizar planetas, esos que ahora gobernaban los cielos...

Esos amaban las exhibiciones de vuelo, por encima de ellas, tan solo, el “Flying Derby”, la murmurante muchedumbre prorrumpio en aplausos cuando Ceferira empezo a quitarse las zapatos de sustención, pero para ella los empujones y el ruido eran tan solo un ruido secundario, su mente crepitaba, bullia y chirriaba, aunque su cuerpo estaba en el suelo de la plataforma voladora su mente aun estaba en el cielo, su amado cielo, cruel y dadivoso a partes desiguales, ella soñaba con cruzar las nubes, surcar el cielo bajo el eterno sol, creia en el lema del del Derby, “Arriba, arriba y hasta el sol”

Una mano fuerte, callosa y pequeña la saco de su ensoñación al aferrar su hombro, seguido par la voz de su dueño- Ragaza, esa pirueta... tan chula te... ha quedao de miedo.- la voz de Maelstrom era como la voz de cuervo, llena de tonos discolos, y sus frases parecian granznidos, por eso no solia hablar, y solia gruñir, decían que solo decia cosas importantes, auque eso era parte de la leyenda que rodeaba a los nomadas.- Pos por... ser tu... te pues llevar... los zapatos... por...- un codazo repentino interrumpio al vendedor, con el ruido de la muchedumbre y sus vítores, apretones de manos, y cuerpos que se entrecruzaban para flicitarla por su vuelo, no pudo oír lo que Estratolimbo le dijo a su hermano al darle el codazo.

La muchedumbre se sosego con el el inicio de las lluvias, las espesas nubes cubrieron los cielos, y los pescadores de electricidad empezaron su vuelo para cruzar las nueves y pescar con sus largas cañas, algunos comerciantes empezaron a recoger sus puestos, mientras los hermanos agitaban campanillas en el aire mientras bociferaban sus descuentos, con holofrases, Barato- graznaba unoo de ellos- Descuentos- gritaba el otro...

Pronto la superficie quedo casi desierta, y con el espectaculo de los rayos y truenos de fondo la actividad de confino bajo cubierto, en elmuelle, en la cantina o dentro de las aeronaves estacionadas, Estratolimbo la invito a pasar dentro del pequeño aeroestato dirigible que tenian como hogar y medio de transporte, allí la sustituyeron los zapatos de sustentación aerea por una taza de aluminio muy gastada, que en el pasado había sido de color verde oliva, decorada con algún logotipo negro con alas y números romanos, su asa era un mosquetón para enganchar en la trabilla del cinturón, su contenido era un liquido caliente, con un sabor ligeramente amargo pero agradable de color marrón transparentoso- dio un sorbo y después otro.- Cefira, ¿Esta bueno el Té?- la voz de Estratolimbo sonaba apagada, estaba asomado al interior de un armario de metal, saco la cabeza, la inclino levemente, y sonrío- Creí que tendría algo para acompañar...- su cuerpo suspendido en el aire gracias a sus zapatos de sustentación aérea, le permitían estar en ingravidez muy cerca del techo, descendió hasta el suelo antes de apagar sus zapatos, un sempiterno modelo “worker”, de color negro atado con cordones y lenguetas de seguridad con hebillas, tenia los herretes desgastados y los cordones redondos estaban muy gastados y eran de distinta longitud, fabricados en tierra seca, - No no quedan galletas- para dar rotundidad a sus palabras agito la caja vacía antes de dejarla caer al suelo y pisarla.

La voz de Maelstrom llego desde el otro lado,- Hacia la...izquierda-Grazno,- te los... ajustare- volvio a graznar- mientras se colocaba una lupa monocular en el ojo, y examinaba el zapato derecho, abrió la tapilla del talón, saco su lengua por la comisura del labio, poniendo una mueca de concentración cómica, con su cabello desarreglado moreno y aquella lupa, sentado en el aire de perfil se potenciaba su parecido con el cuervo.

Devolvió la vista a su humeante taza de Té, era reconfortante sujetar la taza entre las manos y dar sorbos, mientras intentaba no parecer una cotilla, era la primera vez que Cefira se encontraba dentro de un vehículo aéreo. Se puso en pie y miro por la escotilla, el Aire agitaba las bollas de señalización, y aullaba con fuerzas, ahora le seria imposible volar hasta la puerta de su casa. Penso en su Abuelo, Boreas, el había volado en cielos como aquel muchas veces, era un especialista en vuelos difíciles, aquellos es lo que mas le había gustado a Cefira, su abuelo se enfrentaba a las corrientes de aire, las cabalgaba y esquivaba para llegar a donde fuera necesario, hasta que una esas corrientes fue mas fuerte que el, le empujo hacia el mar, y siguió empujándole hasta que le engullo, una pequeña lágrima broto de su ojo, y bajo por la mejilla, rápidamente lo seco con la mano.

Maelstron parecía no haberse dado cuenta mientras seguía calibrando la mezcla de metales de la suela del zapato, por otro lado Estratolimbo si se había dado cuenta y le tendía un pañuelo de tela asombrosamente limpio- Yo también hecho de menos a tu abuelo, era un buen hombre...- su voz sonó apesadumbrada- era un amigo para Maelstrom y para mi.- siguió una pausa larga solo rasgada por los murmullos de Maelstrom concentrado en su tarea técnica- De hecho me has recordado a el- una pausa corta para aclararse la garganta- ¡llevas el cielo en las venas!- el grito alegre, una de esas voces que no admite discusión, esa era la voz que ahora escuchaba Cefira- Es por eso que te vas llevar esos zapatos puestos.

La voz de Maelstron rasgo el cielo- Además... nos has... dado... un monton... de clientes- su graznido se trunco, hasta que reanudo ahora mirando a Cefira y a su hermano, aun con la lupa sobre su ojo, grazno- ¡Arriba, Arriba... y hasta el sol!

Aquella sentencia acababa con toda discusión. Cefira miro con atención como Maelstron dejaba los zapatos de sustentación en el suelo y empezaba a recoger sus herramientas, limpiandolas y guardándolas en un estuche de tela arrollable, de color verde, parecido a los que vendían en su puesto, cada vez que tocaba una herramienta la acariciaba con cariño, y la susurraba algo, con la voz tan baja que no se podía oír. En ese preciso instante Estratolimbo recogía los zapatos y empezaba a aplicarles betún y cepillarlos, con una parsimonia y dedicación digna de un zapatero.

Cefira dio un nuevo trago a su taza de té, había sido su primera taza, pero le gustaba el sabor del agua, no era el dulzor del agua de nube recién exprimida, ni la acidez del agua de lluvia. Paso varias horas mas hablando con los hermanos, mientras la tormenta descargaba su aterradora furia contra la estación y el mar bajo ella, escuchando las improvisadas chanzas de los dos hermanos, escuchando los interminables recitales de Maelstron graznados mientras hacia sonar su vieja concertina, Estratolimbo preparo sándwich y exprimió una pequeña nube ,que tenían guardada, para sacar agua, y la enseño un juego de cartas al que jugaban en tierra seca, llamado las familias, y por primera vez en mucho tiempo Cefira recordó como era no estar sola en el mundo.

La tormenta termino de descargar su furia contra el mar, friendolo y dejando la fauna de superficie muerta, como de costumbre, lo que a ojos de la mayor parte de los hijos del cielo era lo mas normal del mundo, Cefira había escuchado muchas veces que hace tiempo los hombre habían navegado por el agua, como ahora lo hacían por el cielo, y sacaban de el alimento, aquello eran cuentos de viejo como cuando hablaban de la mítica tierra seca, y no de los escarpados archipiélagos que la componían a día de hoy, sino de amplios y gigantescos continentes.

Cefira comprobó que el sol resplandecía entre las nubes, una promesa de un cielo limpio y radiante, y la suave caricia del sol la llamaba a través de la escotilla, así que se desperezo, cogió sus zapatos nuevos, los guardo en su bandolera, y se dispuso a disfrutar de un largo vuelo hasta su metálico apartamento, el paseo hasta el era corto, técnicamente apenas tenia que volar, solo para alcanzar la puerta en la pared oeste de la plataforma, no obstante deseaba volar, así que decidió volar tan alto como pudiera y ver a los pescadores de rayos recogiendo sus aparejos, ateridos de frío y empapados con sus radiantes sonrisas, síntoma de una buena pesca, o sus gruñidos amargos, síntoma de una pésima captura, para ella los héroes, que traían la electricidad a la plataforma, por un precio asequible.


Las incursiones del círculo arcano

El sanatorio Arkham había conocido épocas mejores. Antes del desplome de la Bolsa en el 29 se lo consideraba una institución mental tranquila y prestigiosa donde los internos se reponían de cosas como histeria, fobias o tristeza crónica. Un sitio limpio y agradable en donde alejarse del ajetreo de la ciudad con el fin de que el silencio y las terapias curativas devolvieran al paciente al estado de equilibrio mental que en su día se viera alterado.
Sin embargo la crisis económica provocó que el Estado retirara gran parte del dinero que hasta entonces dedicaba a la institución, al mismo tiempo que se multiplicó el ingreso de pacientes  con ansiedad o depresión. Nada extraño teniendo en cuenta que mucha gente era incapaz de dar de comer a sus hijos. Lo que sí era más insólito era el gran número de personas que empezaban a entrar en el centro con cuadros psicóticos. Gente de todas las clases sociales eran llevados al sanatorio de la ciudad de Arkham presa de un pánico desmedido. Relataban historias sobre visiones acerca de monstruos deformes y dioses profanos que les susurraban en lenguas impías. La crisis estaba significando un impacto grave en el inconsciente colectivo, por lo que el centro pronto pasó a encontrarse desbordado de internos a los que la falta de financiación impedía tratar de forma apropiada.
Lo que antes tenía el nombre de sanatorio mental pronto adquirió el merecido calificativo de manicomio. Los gritos desesperados y desmedidos de los pacientes resonaban por los pasillos día y noche. Hacinados en cuartos reconvertidos en celdas alargaban sus brazos a través de la estrecha abertura de sus puertas cerradas con llave en busca de alivio a su desasosiego. El paraldehido y la reserpina fluían como el agua cuando había dinero para adquirirlos. Cuando no era así, las camisas de fuerza, los cuartos de aislamiento y las terapias de shock tenían que hacer de sustitutivo.
A pesar de la gran oferta de trabajo en el mercado, al centro le costaba conseguir personal dispuesto a formar parte de la plantilla. Muchos aspirantes a celadores llegaron con más hambre que miedo a sus muros con la esperanza de un salario, por pequeño que fuera. Pero la gran mayoría de ellos volvió por donde habían llegado con sus gorras entre las manos, prefiriendo comer basura a pasar un segundo más en aquel lugar que la pobreza y la desesperación habían convertido en el pozo negro de una sociedad que se tambaleaba.
La Doctora Adams se movía en ese mar de patetismo como pez en el agua. Su figura destacaba en el manicomio como una colorida flor en un estercolero. Madura pero aún atractiva, vestía con gusto ropa cara y a la última moda. De complexión delgada y maneras vivaces, llevaba una corta melena negra al estilo de los años veinte que recortaba un rostro de porcelana que el tiempo no había sido capaz de cuartear. Su taconeo frenético por los pasillos del centro parecía resonar por encima de los gritos, llegando a interrumpirlos a veces. De su belleza se decía que resultaba terapéutica para los pacientes, y un soplo de aire fresco en ese ambiente enrarecido para los empleados. Muchos de ellos se preguntaban cómo una mujer así no se había llegado a casar nunca. Algunos lo atribuían a los rumores que circulaban acerca de su relación con extrañas prácticas ocultistas. Sin embargo sus muchos pretendientes preferían considerarla más bien como una feminista moderna que había roto el yugo impuesto del matrimonio en favor de la libertad sexual.
Daba órdenes a duros celadores, firmaba permisos para llevar a cabo lobotomías sin inmutarse y supervisaba personalmente las terapias más complejas. Se decía de ella que era capaz de hacer recobrar la cordura hasta al esquizofrénico más baboso y vociferante.
Aquella tarde, sin embargo, su andar parecía menos enérgico y seguro cuando encaminaba sus pasos en dirección al despacho de uno de sus colegas en la institución. El personal del centro consideraba al Doctor Richard Mathews casi tan buen terapeuta como ella. Aunque la Doctora Adams tenía un mayor talento y una mejor educación, él suplía esa diferencia con una dedicación obsesiva y una sincera y benigna determinación de aliviar el dolor del enfermo mental. Pasaba muchas noches en su despacho, y se decía que solía comprar fármacos y material para el centro con su propio dinero.  Ella le consideraba una de las pocas personas que la conocían realmente y un hombre admirable sin el que el sanatorio Arkham no habría podido sobrevivir.
Su relación siempre había sido buena. La franqueza de aquel hombre le resultaba reconfortante. Sin embargo en esa ocasión sabía que aquella cualidad resultaría conflictiva y reprobatoria, pero no podía postergar la conversación que tenía pendiente con él por más tiempo.
Golpeó enérgicamente con los nudillos en la tosca madera de la puerta de su despacho en cuanto llegó frente a la misma. Estaba segura de que si se permitía a sí misma replantearse entrar nunca lo haría.
Una voz masculina le dio permiso para acceder, y ella lo hizo como una exhalación, cerrando rápidamente tras de sí.

- ¿Qué sucede, Margaret?- preguntó el Doctor Mathews con apatía sin levantar la vista del informe clínico que estaba estudiando sobre su mesa.

Era un hombre corpulento y desaliñado. Su ligero sobrepeso y su gran estatura habían provocado que más de un interno le confundiera con un celador. Tenía barba de varios días, estaba despeinado, y unas sucias gafas redondas se apoyaban sobre una nariz grasienta. El despacho por el contrario estaba bastante limpio y ordenado, aparte de un camastro deshecho que se encontraba pegado a la pared izquierda.
La mujer se sentó en la sencilla silla que había al otro lado de la mesa de su colega y esperó pacientemente a que le dedicara toda su atención, cosa que el hombre hizo rápidamente. Que aquella mujer se sentara y guardara silencio presagiaba que aquella no era una visita corriente.

-¿Cómo está el paciente Limbretti?- preguntó ella.

El Doctor Mathews abrió mucho los ojos una décima de segundo. Un gesto revelador que no pudo contener. Su interlocutora se preguntó qué ocultaba su compañero para que sus palabras hubieran traicionado su habitual imperturbabilidad.

- ¿Por qué?- acertó a preguntar él con un hilo de voz.

Ella se tomó unos segundos antes de contestar. Ni siquiera sabía cómo hablarle de aquello, pero tenía que hacerlo por el bien de aquel muchacho.

- Es… Era mi ayudante de cámara.

El hombre la miró en silencio. Sabía a qué se refería con ese tímido eufemismo.

        - Le…

Margaret se replanteó una última vez el abrirse a Richard, pero comprendió que había pasado el punto de no retorno hacía tiempo.

        - Le llevé a una incursión del Círculo Arcano.
        - Margaret,  ¡¿Te has vuelto loca?!- estalló el Doctor Mathews. -¡Pero si es solo un crío!
        - ¡Es muy maduro para su edad!
        -¿Sí? Pues limítate a acostarte con él, pero mantenle fuera del Círculo. Ya tenemos pacientes de sobra, muchas gracias.
        - Hubo un tiempo en el que tú también estuviste dentro.
        - No se va a librar de esta por ese camino, Doctora.
        - No lo entiendes. No le elegí por que fuera atractivo. O al menos no solo por eso- admitió la mujer. – Tiene un conocimiento intuitivo de lo que está pasando. Me relató alguno de sus sueños. Pesadillas que no conseguían aterrarle en las que se le aparecía una criatura que por la descripción que me dio juraría que era Chaugnar Faugn.
        - ¿No me digas? ¡Nada menos que un primigenio! ¿No es esa la página por donde esos estúpidos de la Universidad Miskatonic han dejado abierto el Necronomicón que tienen expuesto?
        - ¡Sus visiones eran claras y sus descripciones precisas!
        - No tenías derecho.  Ese chico grita, llora y se mea encima por el pánico que sufre constantemente tras vuestra incursión. Habla sobre monstruos salidos del infierno acechando en la noche y violando su cuerpo. Eso último debe de referirse a ti.
        - No tiene gracia.
        - Nunca he creído que la tuviera- contestó el Doctor Mathews, irritado.
Ambos permanecieron en silencio unos segundos estudiándose mutuamente.  Aquellos seductores ojos azules de largas pestañas rebosaban culpabilidad y arrepentimiento. El corpulento terapeuta comprendió que recriminarle la suerte de aquel chico no serviría de nada. El daño ya estaba hecho y lo único que podía hacer era permitir que ella le ayudara a repararlo.
        - Cuéntame lo que pasó- dijo él en tono reconciliador.
        - Tras conocernos un poco mejor, empezó a hablarme sobre sus sueños, y de su inquietante certidumbre de que esas visiones oníricas existían de verdad. No pude resistirme a confirmar sus sospechas. Poco después estábamos hablando sobre el Círculo y sus actividades.
        - ¿Esas conversaciones tenían lugar entre las sábanas?
        - A uno no le queda nada que esconderle a otra persona cuando se ha desnudado ante ella.
        - Continúa.
        - Él se mostró interesadísimo por todo lo referente al Círculo, y me insistió encarecidamente en formar parte de él. Le advertí que no era un camino fácil. Que todas esas criaturas que se escondían en la noche eran muy peligrosas. Que podías volverte loco solo con mirarlas. Pero él desdeñaba todos esos riesgos en favor de obtener respuestas. Su hambre de conocimiento y su arrojo admito que me atraían enormemente.
Le consideraba preparado. Un candidato factible a convertirse en miembro del grupo.
        - ¿Qué pensaban los demás?
        - Se mostraron de acuerdo en que lo llevara al siguiente encuentro.
        - ¿Os seguís reuniendo en la casa de campo de Declan?
        - Sí. El chico se mostró fascinado con nosotros y los conocimientos que compartíamos. Le parecía curioso que en aquel grupo secreto de ocultistas hubiera desde una monja católica hasta un gangster.
        - Mary y Joseph, supongo.
        - Sí.
        - ¿Cuantos quedáis en el Círculo?
        - Cinco. Micaela murió en una incursión. Unos gules se abalanzaron sobre ella por sorpresa. Para cuando llegamos para ayudarla ya estaba muerta. A Frank le encontramos ahorcado en el cuartucho en el que vivía. La noche anterior nos vimos obligados a salir corriendo de una bestia lunar, y aquello resultó ser más de lo que pudo soportar.
        -¿E Ingrid?
        - Lo siento pero sigue viva y cuerda.- dijo con una sonrisa de complicidad que compartió con su interlocutor.-  al menos todo lo que esa mujer puede llegar a estarlo. Ni los Dioses Exteriores serían capaces de acabar con ella. Aún te sigue odiando por abandonarnos.

El doctor Mathews se permitió un segundo para rememorar aquella época. Solo uno.

        - Sigue contándome qué pasó con el chico.
        - Participó en varias reuniones de forma activa. Todos estaban encantados con su arrojo y decisión. Ardía en deseos de obtener pruebas que le demostraran la existencia de aquellos seres de los que tanto hablábamos, así que cuando surgió la oportunidad, todos estuvimos de acuerdo en que nos acompañara. El chico parecía preparado.
Nos había llegado información sobre la casa Corbitt, una mansión a las afueras de la ciudad de Arkham, cerca de Salem. Rumores sobre invitados que no habían regresado nunca, ruidos extraños durante la noche y cosas así. Lo investigamos y descubrimos que era el punto de reunión de una cábala de brujos y cultistas. Por desgracia resultó ser mucho peor que eso.

Margaret pareció no poder seguir con su relato, pero Richard la apremió para que continuara a pesar de que habría dado cualquier cosa por no seguir oyendo a la mujer frente a él.  Tenía miedo de escuchar aquella historia y sus implicaciones, pero necesitaba saber cuanto antes hasta qué punto había sido dañado su paciente. Creyó haber dejado todo ese oscuro mundo atrás. Un mundo que le aterró desde el primer momento que supo de su existencia. Un mundo que aún poblaba sus pesadillas.
Hace algunos años, siendo más joven, quiso formar parte de esa lucha contra los dioses primigenios y sus esclavos. Sin embargo pronto comprendió que no era lo suficientemente fuerte, lo suficientemente equilibrado, o tal vez no estaba lo suficientemente loco. Por eso dejó el Círculo. Si no hubiera pasado a dedicarse en exclusiva a intentar recomponer los pedazos rotos de los demás, alguien habría tenido que acabar recomponiéndole a él.

        - Sigue.- dijo en un tono calmado pero firme mientras algo dentro de él se acurrucaba tembloroso en un rincón de su psiquismo.
        - Llegamos a los alrededores de la mansión Corbitt en el ocaso. Sabíamos que habría una reunión en la casa aquella noche, así que acudimos con la intención de desbaratar el ritual que fueran a llevar a cabo y liberar a cualquier prisionero que pudieran tener a modo de sacrificio.
        - ¿Qué tipo de ritual creíais que era?
        - Lo más habitual es la apertura de un portal, ya lo sabes.
        - Para dejar entrar qué.
        - No teníamos información tan precisa, y tampoco tuvimos la oportunidad de confirmar la que teníamos.
        - ¿Qué sucedió?
        - Nos encontrábamos los seis en las proximidades de la mansión, acurrucados en la frondosidad del bosque que rodeaba aquel tétrico edificio. Agazapados tras los gruesos troncos y amparados por la oscuridad, observábamos y esperábamos nuestro momento. Los invitados pronto comenzaron a llegar según la hora convenida se acercaba. Toda una procesión de fieles seguidores sectarios adoradores del mal que se atrevían a fingir que eran miembros respetables de la sociedad fuera de aquellos muros. Desde gente importante como aristócratas y  políticos hasta familias enteras que acudían con sus hijos pequeños. Todos ellos avanzaban en silencio hacia la casa recorriendo en fila el desatendido jardín frontal como insectos deformes marchando en procesión hacia el agujero del que nunca debieron haber emergido. Era espeluznante.
Cuando todos hubieron entrado hice una última comprobación al estado del muchacho. Parecía inseguro y sobre excitado. Lo miraba todo con los ojos muy abiertos. Agarraba con mano temblorosa una enorme cámara de fotos que se había traído con el fin de documentar la existencia de los monstruos. Nosotros le dijimos que no era probable que tuviera la oportunidad de sacar fotos, pero a él no le importó. Cuando le toqué el hombro para indicarle que íbamos a entrar me miró aterrado. Fue entonces cuando comprendí que nos habíamos equivocado al considerar que estaba preparado para acompañarnos. Pero ya era tarde para él. De hecho creí que era tarde para todos nosotros cuando miré hacia donde Declan estaba señalando con gesto grave. En una ventana solitaria del piso superior de la mansión se podía distinguir la figura de un hombre recortada por la luz eléctrica que iluminaba la habitación en la que se encontraba. Vestía una túnica negra y llevaba una máscara ritual que imitaba el aspecto de Cthulhu. Estaba llena de tentáculos a la altura de la boca, lo que le daba a su portador un aspecto aterrador. Miraba directamente hacia nosotros sin moverse. Fue entonces cuando sobrevino el caos. La ametralladora Thompson de Joseph rompió el silencio con estrépito sobresaltándonos a todos. Unos seres de aspecto humanoide emergieron de la oscuridad del bosque avanzando hacia donde nos encontrábamos. La luz de luna les daba a sus cuerpos desnudos un enfermizo brillo azulado. Medían unos dos metros de alto, y sus brazos terminaban en unas largas garras afiladas. Sus infrahumanos gorgoteos se entremezclaban con las ráfagas intermitentes de aquel arma de fuego, las oraciones de la hermana Mary y los gritos de terror del chico. Una de aquellas criaturas lo había agarrado del tobillo y lo arrastraba lentamente por el suelo con intención de llevárselo a la oscuridad de la que provenían. El joven Limbretti estaba tan asustado que apenas era capaz de resistirse. Saqué mi revolver y disparé a aquel ser varias veces, pero se mantuvo impasible ante las heridas que le provoqué en la espalda. Por suerte el agua bendita de Mary resultó ser más efectiva. Aquella cosa soltó a su presa y escapó de allí retorciéndose de dolor. Cuando llegué hasta el chico, se encontraba en estado catatónico. Ingrid consideró que habíamos perdido el factor sorpresa y que lo mejor que podíamos hacer era huir. Nadie cuestionó su opinión. Declan se echó al chaval al hombro y él y los demás corrieron hacia donde habíamos ocultado los coches. Yo tuve la sangre fría de echar un último vistazo a la mansión. Los invitados tenían que haber oído los disparos, pero no se dignaron a salir a darnos caza. Sin embargo aquel sectario enmascarado seguía de pie frente a la ventana. Me miró fijamente, y me hizo sentir desnuda y vulnerable. Huí de allí aterrada, presa de aquellos ojos perversos.

La doctora dio por finalizado su relato, y esperó con cierto temor la reacción de su colega. Este suspiró antes de llevarse la mano al mentón, acariciando su barba de varios días con gesto ausente.

        - ¿Qué voy a hacer contigo, Margie?

Ella rió aliviada. Esperaba un gran rapapolvo por parte de Richard, y agradeció con una sonrisa el que hubiera optado por restarle importancia al asunto, aunque ambos fueran conscientes de la gravedad del mismo.

        -¿Quieres verle?- preguntó el Doctor Mathews después de considerarlo un momento.
        - Creía que no permitías visitas a ese paciente.
        - Después de lo que me has contado acabo de replantear toda su terapia. Hasta ahora le creía víctima de un brote psicótico convencional. Ahora creo que verte puede significar para él un poco de calma en el mar de terror en el que se encuentra sumido.

Poco después ambos terapeutas salían del despacho y se dirigían hacia la celda del paciente Limbretti. Richard abrió la puerta, y ambos contemplaron al joven desde el umbral. Este se encontraba acurrucado en una esquina de la habitación, abrazando sus piernas, mirando al infinito y balanceando su cuerpo adelante y atrás de forma compulsiva e incansable.
El corpulento doctor pasó a mirar a la mujer que se encontraba a su lado, dispuesto a estudiar su reacción. Ella miraba al paciente con una infinita ternura. Tal vez producto de la culpabilidad. Pero sobre todo de un profundo sentimiento de pérdida. Aquellos ojos brillaban de una forma que el Doctor Mathews no había visto nunca en ellos. Un brillo secreto que albergaba una sincera esperanza en la recuperación del joven. Un ferviente anhelo de que algún día toda esa pesadilla pasara y aquel chico pudiera llegar a corresponder los sentimientos de aquella mujer hacia él.
Limbretti posó su mirada en ella y pronto rompió a llorar desconsoladamente. Margaret no pudo guardar la compostura por más tiempo y se lanzó a sus brazos, presa también de las lágrimas. El joven la abrazó como haría un niño a una madre que le despierta de una pesadilla horrible. Ambos lloraron aliviados ante un futuro que repentinamente ya no se mostraba tan oscuro. Ante una realidad que ya no se mostraba tan adversa. Ante una existencia que de improviso dejaba de ser un yermo de soledad.
Richard contempló la escena con satisfacción. Estaba seguro de que Limbretti abandonaría el sanatorio pronto. “El poder terapéutico del amor” se dijo a si mismo permitiéndose una pequeña sonrisa. Si ella supiera…

Cuando aquel chico entró en el sanatorio, el Doctor Mathews contactó con sus padres para recabar información que el paciente no podía facilitarle. Estos le dijeron que su hijo se dedicaba al periodismo. Se estaba documentando sobre un grupo secreto dedicado al ocultismo. Según ellos, tenía la intención de sacar a la luz todas sus absurdas creencias. Todos los trucos y las farsas que habían estado llevando a cabo para timar y engañar a una sociedad que ya no sabía en qué creer. Lo último que habían sabido de él era que había conseguido seducir a una atractiva mujer miembro de aquel aquelarre con el fin de que le facilitara la entrada en el mismo para conseguir fotos e información para su reportaje. No supo que se referían a su amiga hasta que esta vino a verle preguntando por el chico, como no había sabido hasta el momento en el que les había visto juntos lo conveniente que había sido que Margaret se mantuviera ignorante de todo aquello. No tanto teniendo en cuenta la recuperación de él como paciente sino sobre todo por la felicidad de aquella mujer a la que hasta ese momento creía incapaz de llegar a amar a nadie.

miércoles, 20 de abril de 2016

Calle Andersen

La Calle Andersen (laGalera, 2014), es una obra de corte retrofuturista escrita para un público juvenil. Que sepa yo, es la primera obra de este tipo escrita en castellano y desde luego espero que no sea la última.

Esa novela sigue la historia de Kay y Gerda luego de sus aventuras descritas en el famoso cuento de hadas de Hans Christian Andersen, La Reina de las Nieves, publicado el 21 de diciembre de 1844.

Un Copenhague steampunk, lleno de una tecnología ambigua, es el escenario para los sucesos inquietantes de la novela. Son las calles, portales y callejones de la ciudad donde tienen lugar las desapariciones siniestras de un número alarmante de niños callejeros. Kay y Gerda se ven aliados con Adda, una pequeña vendedora de cerillas y Joachim, un joven inventor de juguetes mecánicos para descubrir el paradero de los niños secuestrados y poner fin a los propósitos de un hombre de ciencias ambicioso y malvado.

La Calle Andersen, bellamente ilustrada por Lola Rodríguez, explora los lindes éticos de la experimentación y la dominación de los demás sin llegar a ser un texto ni superficial ni pomposo. Las autoras, Sofia Rhei y Marian Womack han conseguido hilvanar un relato intenso, intrigante y apasionante, lleno de acción trepidante y giros inesperados.

Fdo:
Prof Cecily Cogsworth

jueves, 14 de abril de 2016

El juglar y la telaraña

Recorriendo posadas y tabernas, el juglar recopila hechos para inspirar sus próximos cantares, y es habilidoso en sus injerencias, mostrándose gentil y afable con mesoneros, charlatán con los viajeros y generoso en vino con los menesterosos. Pluma en ristre, anota raudo, en caligrafía ilegible, los detalles de las desventuras de sus protagonistas, para luego rehacer la historia en verso, salpicando las anécdotas de floreadas metáforas y alardes lingüísticos. Es voraz en sus indagaciones y brillante en su verbo, y eso le otorga fama y buenos dineros mientras recorre la región de festejo en festejo, ora en plazas, ora en castillos... Las damas se le desmayan, embelesadas con sus trinos, y se horrorizan con los sucesos acaecidos: muertes, duelos, fechorías y timos. Él esparce las noticias de otros reinos y trasuntos, siendo el primero en contarlos, y siempre interesa aún a los más leídos, pues que no inventa los incidentes, siempre alguien corrobora que, como lo cuenta, así ha ocurrido.

Mas en esto que no halla sino temas repetidos, tan eficiente era en su indagar que agotó sus fuentes; por más que pregunta a peregrinos, caballeros de fortuna, transeúntes, ninguna nueva por contar. Viole un escudero entonces tan afligido, acostumbrado a verle reír y cantar, que acercósele al oído y este consejo le fue a dar: que fuere a ver a una bruja muy obscura del lugar, vieja de remedios era, acertados consejos sabía dar, si no por sabia y por bruja, por visitada por gentes de toda condición, villa o lugar, practicante de mancias y no se sabe de qué más.

El juglar se mostró reacio, no era su modo de actuar, y tratos con el Diablo no quería pactar... No obstante, un par de días sin más noticias hallar fueron suficientes para que aquesta intención viniera a tornar: se dispuso visitar a la bruja, que tal vez la propia aventura fuera digna de contar. «Hacerlo he, no hay caso», se dijo, y se aprestó hacia la cueva andar.

Muy tortuoso era el camino, muy estrecha la senda, puesto que pasando un bosque umbrío, esperaba empinada cuesta trepando por una loma muy rocosa y entre las grietas, la más ancha era la susodicha cueva, do la anciana residía y siempre hacía pócimas y brujerías; se decía que nunca dormía...

-Oigo llover sin que llueva, mas si lo anuncio, convoco a la tormenta-, escuchó al entrar el curioso juglar. Un ser encorvado y de encrespados cabellos blancos trajinaba entre extraños matraces y rebuscaba en pliegos se suponia que conjuros y formulaciones mágicas... Ni se volvió a miralle, pero aún así le increpó, como si no necesitara velle: -Aquieta tu curiosidad, que serás bien servido. En el mejor lugar estás para lo que has venido.

Pues estas palabras no sirvieron de sosiego al visitante, que no paraba de mironear acá y acullá por ver qué pruebas hallaba... Y ya la bruja se dispuso a acercársele y lo miró fijamente a los ojos con los suyos, obscuros y penetrantes. -Noticias buscas, noticias te daré. -Mas cómo he de pagar tan gran servicio que me harás-, preguntó no sin razón el avezado. -Por pagar no te has de preocupar, aquí el dinero no sirve. Sólo favor me deberás para cuando sea menester cobrarme. -¿Favor? ¿Qué tipo de favor? -Ni lo sé ni lo sabrás hasta que no llegue el momento de pagarle, y entonces no te podrás negar. -Sea. La nueva quisiere saber sin tardanza.

Lo tomó de la manga y lo llevó ante un gran plato lleno de un líquido negro, tan espeso que no podía ser agua. -Mira aquí-, le espetó. Y en el reflejo vio un castillo de un vecino reino cruzando el océano, y en él a un rey que desterraba a su vasallo... Y toda la historia se le fue contando como si la estuviera viendo en el mismo trance. Y cuando acabó el hecho, ansioso, fue venturoso a contallo, escribiendo muy ricos versos y corriendo a cantallos. Muchos maravedíes le concedieron, y hasta un caballero que allende los mares recaló no hacía mucho, reconoció la ventura y alabó la celeridad y certeza del canto y del hecho, y añadió la relevancia que podría tener que la noticia corriera, pues más caballeros se unirían al afamado del destierro al saber de su desdicha...

Pasó un tiempo y de nuevo el juglar se vio sin tema que glosar, y pensó en volver... Aún nada le habían de cobrar... Dudó... Mas la duda más bien poco le duró en buen hora. Corriendo en pos de la bruja se vio de nuevo, y de nuevo en el plato le hizo mirar, y una dama en desdicha vio, que gran pena y quebranto le hizo pasar, y no tardó en loar sus dones y en sus penares contar. Y en la plaza del cercano castillo, de inmediato tres caballeros partieron para la bella vengar, que no había de quedar impune aquella afrenta fatal.

Pensativo quedó el que trova: relevancia en grado sumo tenía, que su rima le llevaba a despertar e inflamar el ánimo belicoso y los armados hacía avanzar como peones en un tablero para a otros derrocar... ¿No le estarían manejando para a su través manejar la voluntad de caballeros y de reyes y los reinos desmontar? Intrigado y receloso, a la cueva volvió a espiar, esta vez entró con cautela y sin hacer a la vieja sospechar se escondió tras una tinaja y en silencio se dedicó a observar. Un labriego entró, que le había mandado llamar, y ella le recordó un ganado que húbole de sanar, y como pago ahora pedía que le proporcionara pan a un grupo que llegaría a sus tierras para pasar en secreto, desterrados y hacia un vecino lugar. Atando cabos pensó si no estaría un reinado pendiente de asediar por culpa del desterrado que él vino a loar y que se le unieron caballeros gracias a su cantar...

Permaneció aún escondido por largo tiempo el juglar, y vio que la bruja salía con un cesto y con un chal, como si a por hierbas iría o alguna cosa a buscar. Aprovechó estar solo en la cueva para el plato revisar, el que de líquido negro parecía rebosar. No era líquido, sino cristal, y bien extraño, tan pulido como no vio metal. Lo tocó y estaba frío, pero esto no le vino a espantar. Levantó el plato y notó que algo en su interior parecía girar. Trató de abrirlo, y al fin levantó como tapa el cristal y dentro vio maquinaria como ninguna otra vio jamás: ruedas como de molino, pero pequeñas para encajar unas con otras, y pequeñas bujías con alambres por doquier, luces que se encendían y apagaban sin cesar, caminos como laberintos que las unían para formar un circuito complejo y salían chispas y objetos que no pudo expresar... Metió los dedos, unas manivelas hizo girar, y como por arte de magia, imágenes comenzaron a figurar en la superficie del cristal de diversas personas que se movían y accionaban al hablar. Sintió un escalofrío, y el plato volvió a dejar. Se escondió hasta que volviera la bruja, no sabía qué esperar.

Entró zaceando la bruja de nuevo en el lugar, dejó cesta y chal y volvió a trajinar. Mientras cogía la escoba, otra voz se dio a escuchar, mas no se veía a nadie, nadie más había tal. La adivina no sorprendiose y con la voz comenzó a hablar. Era estotra voz de vieja, y le venía a consultar si unos encargos se hicieron y otras cosas le vino a contar que no sabía a qué se referían. Siguieron hablando de con una tercera quedar para planear lo que en los reinos se hiciere de un tiempo a este verano llegar. Cómo llegaran las voces, el mozo no acertó a hallar, pero seguro otro invento como el del plato habría de estar en algún rincón de la cueva. «Con que estas planean lo que el futuro ha de dar, y luego lo hacen posible con a la plebe usar, y hasta con caballeros y con gentes como yo, menda que ha de pagar con favores y no dinero para hacer su voluntad...»

En sus pensamientos estaba cuando fue a dar con que la bruja lo miraba bien de cerca y sin pestañear. Un respingo dio el juglar y la vieja se rió. -No te turbes, doncel, que esto para ti  lo planeé, que descubrieras al fin cuatro cosas, nada malo te haré. Ven y siénta, tómate un té de hierbas que recogí especiales para ti, que muy bien me has de servir-, y de la manga lo tomó y frente a la lumbre lo sentó, a un puchero de agua hirviendo un manojo de hojas echó y lo removió, mientras el mancebo mudo observaba. Lo retiró del fuego y en un par de jarras sirvió, con una pizca de miel. -Bebe, confórtate.

Retomado el aliento, se atrevió a preguntar aquel a quien las palabras nunca faltaron menos en el instante presente. -¿Qué es esto, bruja, conspiráis contra el rey?- La arpía rió... -Ay, doncel, no temas conjura, que trabajo para el bien. Y tú favores me debes, y ahora te exijo su pago y no te niegues. El primero, guarda el secreto de lo que ahora has visto aquí, que aunque quise que supieras, sólo lo quiero para ti. El segundo es que sigas loando a mis favoritos así, para que gran ejército se sume y nuevo tiempo haya de venir; no te costará mucho, pues ya lo hiciste sin que te obligara, que en verdad es causa justa y nobles son todos los que nuestro juicio aguardan.

Pensativo seguía el aedo, bebía el té ya sin miedo, y entre soplidos y sorbos aceptó, más trabajar como esbirro de brujas bien raro le pareció. Y quedaron la noche hablando de los inventos mecánicos y su funcionamiento y de cómo las madres se contaban los secretos y tejían la telaraña con información y misterio y gobernaban el mundo desde sus agujeros inmensos...

Madame Eloise


miércoles, 13 de abril de 2016

Estrella Roja

Estrella Roja es una novela del autor ruso Alexander Bogdánov, quien fue colaborador de Lenin. Es una novela hilarante con un trato narrativo poco frecuente en la novela actual.

¡Comunistas en Marte!

Es un libro en pequeño formato, con una narración preciosista, llena de detalles y descripciones de las cosas, lugares y personajes, siendo fiel al estilo ruso que algunos amamos y otros odian.

Escrito en 1908, está en marcado en el Protosteampunk.

Es fiel al género de ciencia ficción de estilo verniano; al igual que las novelas de Verne empieza con un viaje fantástico, lleno de detalles sobre el vehículo, su forma de funcionar y un largo etcétera que no puedo citar sin desvelar mas de la trama.

Está encuadernado en rústica, es un volumen de formato bolsillo, asequible y con una edición de estilo clásico, de magnifica realización.

Fue publicada en el año 2010 por Nevsky.

jueves, 7 de abril de 2016

El lobo de Bohemia - Cuarta parte "El monstruo"

Abrió los ojos con dificultad, y sólo apenas, ya que una fuerte luz caía sobre él, cegándole. Meneó la cabeza con brusquedad para rehuirla, pero eso sólo hizo que todo le empezara a dar vueltas. Trató de levantar los brazos para cubrirse la cara, y sólo entonces fue consciente de que no podía moverlos.

            -Está despierto. - La voz áspera le llegó desde la izquierda, o eso creía.

Oyó pasos a su alrededor, pero no se atrevía a mirar de nuevo.

            -Ya era hora. - Sonaba por su otro lado. Repentinamente, sintió a través de los párpados que la iluminación desaparecía. - Espabila. Venga. - Era una mujer, y estaba muy cerca. Estaba seguro de que la reconocía, pero era incapaz de ponerle nombre a esa voz. Una mano le golpeó la mejilla, no muy fuerte, pero sin ser una caricia. El repentino tacto le sorprendió lo suficiente para abrir los ojos. - Bien, progresamos. - El rostro sobre él se giró hacia un lado. - Inclina la camilla, Lev.

El panorama a su alrededor fue cambiando, girando sobre él, acompañado por un ruido rítmico y en cierta forma reconfortante. Tardó un poco en darse cuenta de que era él quien se movía junto con la superficie a la que estaba atado por las muñecas, el pecho y los tobillos. Aún así, ese conocimiento parecía resistirse a permanecer en su cabeza. Le costaba pensar con claridad.



Con esfuerzo, logró enfocar la vista para ubicar por fin a las dos personas que habían hablado. La chica estaba frente a él, de pie. A su espalda, sentado a un escritorio sobre el que tenía estiradas las piernas, fumando una pipa, estaba el hombre que había hablado primero. Sus imágenes le eran familiares, eran los nombres los que no conseguía ubicar. Reparó entonces en los cables que le colgaban del cuerpo. No, no eran cables. Era tubos, pinchados en su piel. No sentía nada, sin embargo, por tenerlos ahí.

            -Ni se te ocurra quitártelos. Si estás vivo es por ellos, y de milagro.

Quiso hablar, responder, preguntar, pero aunque abrió la boca, fue incapaz de vocalizar nada. Sólo pudo emitir un ruido rasposo que hizo que le doliera toda la garganta. Notaba la lengua acartonada, reseca.

            -Con calma. - Escribió algo en un cuaderno que llevaba. - Suponiendo que te recuperes del todo, tardarás un tiempo en conseguirlo. - Suspiró dejando las notas en la mesa tras de ella. - Aún estás de resaca, por llamarlo de alguna forma, pero parece que los síntomas ya remiten. Bien.

La chica se aproximó de nuevo para examinarle de cerca, y luego se perdió a su espalda, pero sin dejar de hablar.

            -No sé ahora mismo cuánto de lo que te diga vas a entender, pero con suerte estar en vertical ayudará a que se te despeje la cabeza. - Reapareció por el otro lado. - Nos costó dos días atraparte, y uno más traerte de vuelta aquí sin llamar la atención. Hizo falta suficiente sedante para tumbar a un rinoceronte, y por eso llevas casi otros dos aquí atado bajo estricta supervisión nuestra.

-Señorita, creo que no le comprende. - El hombre intervino después de soltar una gran nube de humo de tabaco.


            -Claro que si, ¿no ves cómo me sigue con la mirada? - Se volvió de nuevo hacia él, los ojos entornados. - Mira, ha asentido. - Un cierto aire de rencor cubrió sus palabras. - Eres un bastardo con suerte, ¿sabes? No tienes ni idea de lo que te ha pasado, ni de lo que me ha costado mantenerte vivo, Kass.

¿Ése era él? Esa voz llamándole así… ¿Helga? Sí, era el nombre de la chica. Lentamente, empezó a recordar, pero todo lo que le venían eran imágenes de bosques y luces rojas, olores desconocidos pero penetrantes, aullidos en la noche, o más bien gritos… huía de algo, o de alguien, pero no sabía de qué.

            -Su nombre lo recuerda, ¿ves? Ha reaccionado al oírlo. - Retrocedió un poco sin dejar de mirarle y se sentó sobre la mesa. El hombre bajó los pies lentamente sin apartar tampoco la vista de él y tomó un fusil que estaba apoyado contra un mueble, sosteniéndolo con aire despreocupado. - Veamos qué más. ¿Recuerdas la cueva?

Algo irrumpió en su mente con esas palabras. Una pelea, rabia, furia, miedo, gritos. Dispare. Dispare.

   -Perfecto. - La chica resopló. - Como te decía, hace tres días te capturamos y te llevamos de vuelta al pueblo. Siento si la jaula del tanque era demasiado incómoda. Ibas cubierto para no llamar la atención, descuida. Afortunadamente no despertaste hasta estar en el tren, hubiera sido complicado explicar a los lugareños que el monstruo que ellos creían muerto en el fondo del pozo no era el único. En el vagón de carga sólo iba Lev. Te va a quedar señal del dardo que te clavó entonces en el pecho, y apuesto a que desde esa distancia un disparo así tuvo que doler. - Torció el gesto. - Tengo que reconocer que al principio pensamos que estábamos persiguiendo a un hombre lobo de verdad, ¿sabes?. Algo a lo que no le afectaban ni las trampas galvánicas. Que tú y mi abuelo os habíais encontrado con él en la cueva y… Sólo cuando bajé hasta tí para atarte una cuerda y sacarte del pozo me di cuenta que no eras tú el que estaba muerto allá abajo. Joder, me quedé de piedra, Kass. Y todas aquellas cruces, de madera más que podrida, de latón, incluso una de oro… - Rió casi para sí misma. - No entendía nada, pero era evidente quién podría aclararme aquello, así que dejé allí a aquella cosa, porque de humano tenía poca pinta, y fui corriendo al pueblo. Tuve que esperar a que acabara la misa, pero luego poco menos que obligué al cura a abrirme los archivos de la iglesia y a hacerme de traductor. Todo por un buen donativo para la parroquia, por supuesto. - El gesto decía que aunque lo daba por bien empleado, no le hacía demasiada gracia. - Y mereció la pena, ya te digo que sí.

Se levantó de la mesa y empezó a darle vueltas de nuevo. Kassius notaba la cabeza más despejada e intentaba asimilar todo lo que Helga le contaba. Cuando ésta se paró, él la miró suplicante.

            -¿Sabes qué hizo famosa a Kraslice hasta la baja Edad Media? Sus lobos. No los animales, sino sus guerreros. Fue de los últimos lugares de la región en abandonar los ritos paganos y abrazar el cristianismo, lo cual si te paras a pensarlo es normal: ¿qué misionero podía competir con una cueva donde los dioses otorgaban poder a los hombres a cambio del resto de sus vidas? - Levantó un dedo, teatralmente. - Pero con perseverancia, que de eso los hombres santos saben un rato, lo consiguieron. Hicieron tan bien su trabajo que hoy en día ya nadie se acuerda que antaño se arrojaban cruces al pozo en un intento de purificar el lugar, y como advertencia tácita para que nadie pasara más allá.


Un silencio tenso se adueñó de la estancia. Él quería preguntar, pero su cuello seguía sin responderle.

-Hay algo en esa cueva, pero no son los dioses de antes, y me juego lo que quieras a que es algún hongo o algo del estilo, que le hace esto a la gente. - Le señaló, pero Kassius no entendió a qué se refería. - Acelera la respiración y la circulación, aumenta la tolerancia al dolor, puede que incluso mejore la curación de heridas, pero a un alto precio. El cuerpo se consume a sí mismo. - Le señaló. - Esos tubos son básicamente para mantener un flujo constante de nutrientes en tu sangre. Tenía la esperanza de que lo que sea que te afectó, se eliminara o se agotara por sí mismo, si conseguías aguantar tanto, claro. Han durado hasta ahora, por lo visto. Incluso insconciente, todos tus músculos estaban en tensión, tenías que haber visto cómo caminabas cuando te pillamos, como si estuvieras a punto de saltar en cualquier momento. Los retiré esta mañana, pero te he tenido pinchadas las piernas con relajantes de caballo para que se soltaran. El misterio de las descargas quedó claro al ver las botas que llevabas, por cierto.

Aquello empezaba a tener sentido para él, o eso creía, pero planteaba una pregunta que prefería que permaneciera oculta en el fondo de su consciencia. Helga siguió hablando, y con gran alivio, Kassius pudo pensar nuevamente en el presente.

            -Cuando volvimos al pueblo contando que el monstruo había caído en el pozo de la cueva, el cura se me acercó en privado y me dijo que había encontrado un documento más antiguo, donde uno de los primeros párrocos había detallado lo que entonces era conocido por todos. Aunque él no sabía cómo, decía que los hombres entraban cuerdos y salían de la cueva como en un trance, poseídos decía, por el demonio. Muchos no reconocían a sus familias y amigos y atacaban a todos por igual. - Él cerró los ojos e inspiró hondo. Cuando los abrió, Helga tenía la boca del fusil a un palmo de su cara y le miraba fijamente con intenciones bien claras. - Sólo te preguntaré esto una vez: ¿quién mató a mi abuelo, tú, o el otro?

Kassius boqueó una vez, dos veces, perdiendo la mirada, respirando agitadamente. Tartamudeó antes de lograr articular palabra, y sólo a cambio de un dolor lacerante en la garganta.

            -Yo… yo… le pedí… - Intentó tragar saliva, pero le dolía demasiado.

            -¿Qué? - Ella no había apartado el cañón ni un poco. Apretó la boca aún más. - ¿Qué le pediste?

            -Dispare. - Aún creía verle. Su maestro. Su amigo. Qué asustado parecía. - Dispare.

Lev se incorporó de su silla y se colocó al lado de la chica.

            -¿Que disparase a quién, muchacho? - No había comprensión en aquellas palabras del viejo cazador, sólo una determinación tan fría como el arma que le apuntaba. Sintió miedo, pero no a morir, sino a tener que reconocerse a sí mismo lo que había hecho. No quería hacerlo, no quería tener que vivir con algo así. El hombre volvió a insistir, marcando las palabras. - ¿A quién? - Kassius lo vió claro entonces. No tenía por qué soportarlo. Abrió mucho los ojos antes de responder.

            -¡A mí! - Aquello acabó con su capacidad de hablar, pero ya daba igual. Encaró el rifle con determinación, pidiendo silenciosamente que pusiera fin a todo. Dirigió una mirada a Helga, que ésta le devolvió. Asintió a la que había sido su amiga, dándole su permiso para que disparara.

Pero por más que esperó sin pestañear, su castigo y su liberación no llegaron. Contempló atónito e impotente cómo la chica bajaba el arma.


            -No. No fuiste tú. - Le miró con tristeza. - Ojalá hubieras sido tú, al menos tendría de quién vengarme. - Una lágrima rodó por la mejilla de cada uno, rotos ambos por dentro. - Pero tampoco fue el lobo de Bohemia, aunque esa será la verdad que contaremos a todos. - Se volvió, dejando el rifle en la mesa, y llegó hasta la única puerta de la estancia, seguida por el rastreador. Pero desde el umbral, sin dejar de darle la espalda, la cazadora aún añadió algo antes de marcharse y dejarle a solas con el monstruo. - Vas a tener que vivir con ello, lobo de Dresde.

Fin

Eric Rohnen