viernes, 30 de septiembre de 2016

Error de coordenadas 2x03

Los compañeros de Error de coordenadas de Radio Carcoma, entrevistaron a nuestra compañera Ángela Ramos con motivo de la 2ª ESC de Steampunk Madrid, que tuvo lugar el 17 de septiembre.
(Ángela Ramos) 

Dejamos el enlace al programa.

http://errordecoordenadas.com/Blog/eurostempunk/

Es una vivaz entrevista sobre el Steampunk, y sobre las múltiples actividades que se hicieron en la ESC, con una lectura de un relato de Janacek Jadehierro, y mucho más...


Enlaces de interés: http://www.radiocarcoma.com/

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Aventuras veraniegas

El Soliloquio conversado de Maese iditxa

Universidad de Avalon. Facultad de estudios exóticos.

-Herr. Steiner No corra con varita mágica cargada.
-Señorita Celina Le ruego encarecidamente que no enarbole hachas de guerra por los pasillos... Haga el favor, al menos, de coger un escudo.
-Hola Sr. Decano, eso que lleva en su mano es un puñal envenenado, por favor, ya desestimamos el uso de venenos para matarme de forma permanente, y ademas esta feo que resucite delante de un invitado.
- Sr. Ronhen, justo hablamos de usted, por favor acompáñeme hacia mi despacho, le he llamado para hablarle de un artefacto de Lemuria, desconozco su función exacta, al principio pensé que era un calendario, con sus tres anillos rotatorios.
Cuidado con donde pise, este pasillo está lleno de trampas, para evitar la intromisión indeseada de Alumnos, usted ya me entiende.
Pero antes de enseñárselo déjeme que le cuente como lo encontré, creo que le sera útil para localizar su procedencia exacta y tal vez su función exacta.
Por favor siéntese, puedo servirle algo para aclarar su garganta- el borboteo del líquido ambarino llenó el breve silencio, como le contaba todo ocurrió a raíz de la muerte del profesor Abud en el examen final de Ritos funerarios, el profesor Abud fue asesinado por Anubis que se comió su corazón.
El decano me dijo durante el entierro, - Maese, le informo que queda usted a cargo de las asignaturas del profesor Abud, al menos hasta que encontremos a un sustituto apto, aunque le informo que no hay ninguno, vivo, dispuesto a ejercer el cargo,
y cuando ya marchaba dijo - ...y felices vacaciones.
Así que volví, aquí, a mi despacho, pensando en lo que dijo el Decano, y es por ese motivo, que viaje al Cairo, donde empecé la búsqueda de un sustituto apropiado, me decanté por un erudito llamado Uy Rash, quien fue enterrado en un hipogeo tras sufrir los rigores de la momificación, localizar su tumba fue un largo proceso de investigación, me llevó casi dos días completos localizar los primeros indicios, lo hice en el museo nacional del Cairo, en un papiro polvoriento, después adquirí el equipo completo, palas, picos, palanca, mechas y lámparas de aceite, y otras muchas cosas, recluté a unos porteadores, lo hice en callejón del bazar, justo después de que me apuñalaran repetidamente con intención de matarme y robarme, cuando me incorporé y les pregunté - Quién de vosotros va a pagar la tintorería?, los dos accedieron a hacerlo, con miedo de que yo les matara, no obstante preferí que me pagaran con su trabajo, y es así como fuimos al valle de los faraones y encontramos ese Hipogeo, en él había una pequeña fortuna en gemas, oro y piezas decorativas de toda suerte de tamaños y formas, no tantas como en las tumbas de un faraón, pero sí suficientes para tentar a dos rufianes.
Ese fue su gran error, tocaron los tesoros e intentaron llevárselos, El difunto apareció de entre las sombras y mató a los dos ladrones, y bueno a mí también, aunque debido a mi condición fue solo temporal, después de repetir el ciclo de resurrección, muerte y resurrección varias veces más, se cansó de matarme y empezamos a charlar, tras compartir algo de tabaco y abrir algunas ánforas, e ingerir su contenido, conseguí convencerle para que abandonara su cómoda residencia actual y aceptara un puesto de docente sin salario en la facultad, tras lo cual tras recoger sus cosas encontré el artefacto que está allí, en la vitrina, Puede examinarlo, pero le sugiero que lleve guantes, está sujeto tras alguna maldición.
Ya, ya, tu dirás alguna tecnología desconocida... Bien, no se corte y examínelo a placer, eso que veo en su cara es una sonrisa, Creo que tengo un baúl de madera en el que cabe, me haría un favor si se llevara a un lugar seguro, aquí podría ser robado, o peor ser usado por ...Alumnos.

Mikel Villafranca




Comencé mis vacaciones en Homestad, Pensylvania, el 30 de junio de 1892. En realidad, fue uno de los trabajos para Pinkerton, pero relajante para un veterano como yo como si las vacaciones hubiesen comenzado hace un mes, no hoy. Fuimos contratados por el señor Frick, a quien me dirijo a llevarle la buena nueva al hospital. Ese perro de Berkman merecía la pena de muerte, no 22 ridículos años de prisión.
Necesito hablarle al señor Frick de mis méritos, relatarle cómo lo conseguí: debe recomedarme a Pinkerton para su ejército privado. Si alguien merece pertenecer al ejército de la Agencia, soy yo.
Yo fui quien abrió el fuego desde las gabarras con mi rifle mientras bajábamos el Ohio hacia el Monongahela. ¿Cómo era posible que unos cuantos inútiles del acero venciesen con piedras a hombres decentes armados con Winchester para la Compañía? Los pueblerinos de Homestead les apoyaban, incluso las zorras de sus mujeres apoyaban a los huelguistas.
El 6 de julio a las cinco de la madrugada los hombres de Pinkerton nos habíamos rendido. Pero no como perras, sino como hombres. Diez obreros del acero muertos y 70 heridos en Homestead. Gracias a mí. Y no, no exagero: mi puntería es legendaria. Frick debe saberlo antes que nadie; sin mí no se hubiera perdido la huelga, sin mí no hubiera reabierto la fábrica bajando los salarios de sus mariconas de obreros.
_ ¿Escribe un diario?. Disculpe mi intromisión, hace un día demasiado hermoso para no mirar ni un segundo por la ventanilla._
En el vagón sólo viajaban él y la preciosidad del asiento frente al suyo.
_Sí, preciosa. Un diario de mis vacaciones.¿Cómo te llamas?
_Enma Goldman_ Y sin decir más, el brazo izquierdo de Enma Goldman salió disparado de su cuerpo y estranguló al mercenario de la Agencia de Detectives Pinkerton sin emitir ruido.
_ La otra Enma_, pensó para sí._ La Hermana Gemela, recién salida del Laboratorio para acabar contigo .
Cuidaros hombres de Pinkerton: las Hermanas Gemelas, ya están en vuestro siglo.

Natalia Marea Irisada



AMOR DE COBRE Y ACERO

El sol se ponia en el horizonte creando unas vistas totalmente mágicas. Cielo y mar se fundían en rosas anaranjados.
Sean atrajo a Karol hacia sí recostándola sobre su hombro.
Karol movió la cabeza intentando mirar el rostro de Sean pero éste cortó cualquier palabra que pudiera surgir de su boca.
- Lo sé, lo sé. Es un momento demasiado romántico para ti, pero no digas nada, sólo disfruta de este momento.
El silencio invadió ese momento mientras ambos disfrutaban de las vistas.
Sean rompió ese silencio.
- ¿Recuerdas el día que nos conocimos? Hace ya casi 3 meses de eso. Tú estabas allí, en la feria, sentada en una esquina junto al tiovivo. Estabas indispuesta, supongo que por subir demasiadas veces a la atracción. Tenías la ropa sucia y raída, como si hubieras tenido un pequeño accidente y te hubieras caído en medio del espectáculo de música, luces y autómatas del tiovivo.
Karol volvió a girar la cabeza hacia arriba esperando encontrarse con la mirada del muchacho.
- Tranquila, me pareciste el ser más bello y maravilloso. Por eso te cogí en brazos y te llevé a una zona apartada para que pudieras tomar el aire y te recuperaras. Me hiciste muy feliz cuando decidiste venir a mi casa a compartir una cena conmigo, aunque me entristeció saber que habías perdido tu trabajo y que a consecuencia de ello tuviste que abandonar tu hogar. Pero hemos pasado un verano increible juntos: hemos ido al teatro, te he llevado de compras, te presenté a todos mis amigos y hoy lo hemos pasado en la playa. 
En ese momento un fogonazo de luz en el horizonte anunció la caida total del sol. Sean ayudó a Karol a ponerse en pie, habia llegado la hora de volver a casa. Caminaron durante media hora por el paseo marítimo hasta que llegaron donde se situaba la feria. Luces de colores y sonidos divertidos colmaban el ambiente. Después de rodear varias atracciones se situaron frente al tiovivo. Este año habia sido todo un éxito. Esta atracción se componía de una serie de autómatas que se movían junto a los usuarios que los manipulaban. Había un bailarina, varios caballos, una locomotora que expulsaba humo de colores... y todo ello coronado con un gran payaso en el tejado de la atracción que lanzaba chispas y pólvoras de colores muy vivos.
Sean andó con Karol cogida de la cintura hasta la esquina en la que un tiempo atrás la habia encontrado, sola, con una sonrisa triste y la mirada perdida. Ella era así, fria, pero comprensiva, una persona que le gustaba escuchar a los demás. Pero él siempre volvia a casa con la sensación de haberla hecho un poco más feliz. El muchacho dejó a Karol sentada en la esquina de siempre, la besó la mano y se despidió con una sonrisa. Karol ladeo la cabeza, levantó la mano y le mandó un saludo de despedida tan mecanizado como lo haria cualquier ser hecho de acero y cobre. Cuando Sean llevaba unas decenas de metros andados se giró para observar a Karol. Un hombre vestido con un peto azul lleno de sucia grasa negra la cogia de la mano, la levantaba y la limpiaba. Seguidamente la llevó hasta el tiovivo, la enganchó a un barra de metal y la colocó en posición. 
-Qué hermosa bailarina - dijo Sean para sí.
El muchacho giró sobre sí mismo y puso direccion a casa. Despues de una hora caminando se paró frente a un edificio.
- Hogar dulce hogar.
Levantó la mirada y leyó el gran letrero de la entrada: 
- Hospital mental de Shenwood.
Una sombra apareció por detrás de la verja y la abrió.
- ¿Ya has vuelto de verla, Sean?
- Si, Celador Clarence - contestó mientras comenzaban a caminar hacia dentro del edificio.
- ¿Mañana volverás a verla?, no sé cuanto tiempo podré hacer la vista gorda.
- Ya no volveré a verla, Celador Clarence. Ella se marcha con la feria mañana. Hoy solo fuí a despedirme.
- Vaya, un auténtico amor de verano.
Sean alzó la vista hacia el celador y le sonrió.
- ¿Qué tenemos esta noche ?
- Para ti tenemos una noche especial. De primero una sesión de descargas en la cabeza y de segundo un postre en la cena a base de tortitas.
- Vaya, descargas y tortitas: la noche perfecta- respondió Sean lleno de alegría.

Capitán Hluot-wig "The Wolf" Dubhghaill




El verano de 1910

Cuando abro mi cuaderno del año 1910 me invade la nostalgia. El olor de las páginas me recuerda los años dorados de la Belle Époque cuando repaso las páginas con sus anotaciones y recuerdos: menús de posadas y hoteles canadienses y austriacos, algunos billetes de mis viajes en tren y en aeronave, recortes sobre la investigación del Caso Crippen, y hasta una flor de Edelweiss, cuidadosamente secado, que me regaló mi querido Victor Hess cuando estuvimos en la montaña Hafelekar durante aquel verano.
El verano de 1910 era muy especial, en compañía de la persona amada. Sin embargo, antes de llegar a mi cita con Víctor, la Universidad de Miskatonic me dió un encargo extremadamente bien pagado en Victoria, en la isla de Vancouver. Se trataba de recuperar unos libros de la biblioteca de la Universidad de Miskatonic que habían sido hurtado por el hijo de uno de los benefactores principales de la institución. Edwin Rothsberger quería remediar la situación (creado por las deudas acuciantes de su hijo, Edgar, en los burdeles de Nueva York) y estaba dispuesto a pagar mucho por ello.
En fin. Los libros se encontraban en una tienda de antigüedades en el Chinatown de Victoria regentaba por Oleg Vandercog, marchand de obras que desvelaban conocimientos de tiempos monstruosamente antiguos. Sus clientes eran normalmente chinos y rusos que se daban cita en Victoria para las pujas clandestinas de semejantes tomos. Ya se había extendido la noticia de la disponibilidad de estos textos entre los coleccionistas e investigadores de los rituales de esta naturaleza y claro, la Universidad me pidió obrar con rapidez para recuperarlos. Algunos de los tomos eran de temática ‘bastante’ sensible, según dr Henry Armitage, el bibliotecario de la universidad.. No era mi primera misión así y él confiaba que seguiría el protocolo regente en estos casos.
Opté por usar la línea de aeronave Pegasus & Perseus, Ltd., en vez de los servicios del Canadian Pacific Railway. El CPR tenía fama de sufrir muchos accidentes, como él del 19 de Junio de 1910 y además, yo tenía mucha prisa. 
Durante los 48 horas del viaje me encontré saboreando el servicio lujoso tan famoso del P & P. Las dos noches a bordo coincidieron con el apogeo del pasaje de la tierra por la cola del cometa de Halley. Era francamente impresionante, dejar deslizar las noches en la sala panorámica, con sus bóvedas acristaladas, escuchando las conferencias de los astrónomos eminentes sobre el espectáculo astronómico alrededor de nosotros. También era impresionante cuanto ignora la gente, hasta los astrónomos, sobre lo que hay detrás del esplendor celestial. Con suerte, al cumplir mi misión, el público nunca siquiera sospechara de la existencia de los horrores cósmicos que esperan el pronunciamiento del ritual correcto.
Llegamos a Victoria y me metí en el mundo claustrofóbico del Chinatown. Era como andar en una visión distorsionado y corrupto del Pekín de mi juventud- existían las formas, los olores y sonidos mandarines, esos sí, pero todo parecía corroído por la pobreza y la mezquindad. Me metí en un hotel de la calle Fisgard dedicado al alquiler de habitaciones por horas para los adictos del opio. Una vez en el habitáculo mugriento me cambie a el traje negro típico de una sirvienta china, puse los toques de maquillaje que me transformaría en una figura anónima, difícil a recordar aquí en las callejuelas llenas de gente y salí.
No tardé en llegar a la tienda. Tuve pocas horas antes de la subasta comenzara. Los títulos de los libros para recuperar resonaban en mi mente: el Necronomicón (la edición española de 1647), el Libro de Eibon (Liber Ivonis, Paris 1240), el Texto R’lyeh (la traducción de François Prelati) y De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn (Bruselas, 1524).
Entré la tienda por una ventana abierta en la segunda planta. Oleg Vandercog estuvo en su despacho y ni percató mi presencia hasta después de haberle rajado el cuello. Recogí la sangre necesario para el ritual, además de sus riñones (¿Porque los riñones? Nunca nadie me supo explicarlo.) Saqué los tomos de unos hermosos mostradores en la sala principal y activé el artefacto lleno de engranajes delicados que los ingenieros de la universidad me aseguraban borraría todo huella mía del lugar. Metí los volúmenes en una mochila y salí por donde entré.
Minutos después, una sirvienta anónima entró una habitación en un hotel en la calle Fisgard y poco después una dama europea salió de aquel habitación, pagó su cuenta del hotel y se alejó por la calle Fisgard hacia el aeródromo.
El viaje de regreso era algo menos que idílico. Nunca me ha gustado tener riñones sueltos en mi equipaje y lo antes que llegase a Arkham y terminar mi misión, mejor. Pasé el tiempo leyendo sobre el Caso Crippen y también varios artículos en "Physikalische Zeitschrift" y "Naturwissenschaften". El uso de ADN para resolver el Caso Crippen me intrigaba y por supuesto quería estar al tanto de la investigación de los rayos cósmicos, ya que Victor Hess me había prometido dejarme subir con él en su globo aerostático para hacer mediciones que comprobaría sus teorías sobre los orígenes de aquello elemento elusivo.*
Por fin en el Universidad, por fin entregué los libros, la sangre y los riñones. (¿Porque los riñones?) Recogí mi recompensa y tomé vuelo a Innsbruck, donde me esperaba Victor Hess.
Esta vez usé la línea Excelsior, S.A. Desde que transportaba los libros prohibidos en la línea Pegaso & Perseus, los pasajeros de aquellas aeronaves se quejaban de pesadillas sobrenaturales y visiones extrañas. No me siento culpable por ello- yo solo cumplía mis órdenes, nada más.
Como regalito para Víctor compré una colección de cajas de las píldoras ‘anti-cometa’, tan popular durante el tiempo del cometa Halley.
A él le encantaba reírse de la ignorancia científica y las supersticiones.
*Nota del archivero: Dr. Victor Hess ganó el premio Nobel en 1936 por su trabajo con los rayos cósmicos pero toda referencia la Profesora Cecily Cogsworth en sus obras ha sido tachado por petición de la Universidad de Miskatonic.

Profesora Cecily Cogsworth



NEVERAS A VAPOR: LO ULTIMO EN HOGAR
¿Cómo mantener la comida fresca en verano? ¿Ponerla en agua fría cogida del río? ¿o acaso en la alacena, que es un sitio fresco y oscuro?
¡¡¡NO!!!
Mejor tener una nevera a vapor.
Puntos en contra: 
-la comida estará húmeda y con gotitas de vapor (o a favor, depende de la comida en cuestión)
-comida siempre con agua (sea en gotitas, con hielo…)
-malo para los huesos.
-si se estropea la maquinaria, saldrá vapor caliente y así calentar la comida (y que se cueza...)
Puntos a favor:
-humedad fría que hará desear estar siempre dentro de la nevera en verano
-comida fría
-no tener que rellenar la jarra de agua con agua
Las neveras a vapor son la última moda: son bonitas, son variadas, son grades y pequeñas y puedes conjuntarlas con todo tipo de prendas y accesorios.
No pierda usted el tiempo en inventos inútiles como la electricidad o la energía solar. El vapor es la última moda y la energía mas sostenible.
Nuestros inventores repararán sus neveras a vapor si tienen problemas y siempre puede cargarlas con un geiser a mano.
No olvidemos lo que triunfan con las visitas si tiene usted el ultimo modelo… Le hacemos todo tipo de adornos a la nevera sino quiere comprarse una nueva (Nuestros retratos de la reina Victoria actualizados triunfan).
Y… por supuesto no olvidemos a los niños. El calor placentero de la nevera les lleva hasta sitios inimaginables y estimula su imaginación cada vez que usted abra la puerta (podemos incluir seguro para niños si no quiere que se vicien a la misma, es decir, poniendo mas alto el picaporte).
Por otro lado, sirve de excusa perfecta para seducir a su pareja, véase con comida, con su rostro rodeando toda la nevera o siendo un perfecto caballero y comprándole no una ni dos sino TRES neveras para ponerlas en toda la casa y disfrutar de las misma sin necesidad de moverse hasta la cocina. Da igual que usted viva en un piso de 30 metros cuadrados, ¿Qué haría usted sin neveras? ¿Cómo osa levantarse del sofá para ir a la cocina a por la nevera teniéndolo al lado aun siendo un piso pequeño? No tiente al destino, POR EL AMOR DE UNA MADRE.
No olvidemos lo que dirá su familia (y más ese/a cuñado/cuñada, que se morirá de envidia al ver su preciosa nevera… le dará un patatús). Querrán acoplarse a su casa, ir todos los domingos a comer para degustar la preciosa comida que usted sacará de la nevera.
Pero…. Lo más importante: su felicidad, usted y su familia serán felices al ser tener una nevera en su casa: será un nuevo miembro de la familia en menos de media hora desde que entre por la puerta.
Nuestras neveras solo quieren hacerles felices. El vapor les adora. No quiere que usted sufra. Por ello el vapor les da el toque justo y perfecto para disfrutar de la velada y de una casa confortable.
COMPRE NUESTRAS NEVERAS A VAPOR

Marina González



UN CORAZÓN EN LLAMAS

Siguiendo los pasos de los tres hombres con lanzallamas de ignición focalizada que iban abriendo camino hacia el interior de la montaña, el arqueólogo y la lingüista pasaron bajo el arco de mampostería del que un momento antes habían colgado docenas de amenazantes carámbanos.

-Suerte que es verano, Hélène. - El aliento se condensaba delante de su boca. El hombre, apenas en sus treinta, estaba de muy buen humor y sus ojos brillaban de excitación. No tardó en descubrir su cabeza castaña y revuelta a la vez que se giraba hacia un lado y hacia otro, tratando de abarcar la amplia estancia. Nubes de vapor ascendían allá por donde los exploradores despejaban el camino como si cruzaran la selva machete en mano, para luego caer como lluvia al tocar el techo.

Ella prendió la mecha de la linterna portátil que había traído tras haberse descolgado la bolsa impermeable llena de cuadernos de notas. Sin bajar la capucha de su grueso abrigo le dirigió un rostro molesto y ojeroso.

-Me consta, querido. Llevo dos días sin pegar ojo apenas por ese endiablado sol perpetuo.

-Técnicamente estamos al sur del círculo polar ártico. - Levantó las manos como disculpándose por llevar la contraria. - Incluso cuando fue el solsticio la semana pasada, siguió habiendo noches…

-¡De dos horas! - El grito resonó en la sala y se perdió por los corredores que se adentraban, ascendiendo, en la roca oscura. Sus escoltas se giraron sobresaltados pero rápidamente volvieron la atención a los haces que aparecían al mezclar los contenidos de los dos depósitos que cargaban en sus respectivas y abultadas mochilas.

Hans se acercó tratando de sonar conciliador, como siempre que se equivocaba con ella.

-Lo siento Hélène, no pretendía…

-No importa. - Le cortó en seco, recuperando la compostura al instante. - Te he acompañado hasta aquí porque fuiste muy vehemente sobre tu teoría de que estas ruinas son una colonia de Lemuria. - Entornó los ojos azules un poco. - Parece que tenías razón. - Encaró al guía islandés, el único de ellos que conocía perfectamente aquella zona, que era su tierra natal. - Señor Leifsson, ¿sería tan amable de despejar el hielo de las paredes, por favor? Veamos esas runas y salgamos de aquí cuanto antes.

-Sí, profesora Santeil. - Se acercó a ella con el cañón del mechero-soplete bajado y apagado. Desde varios pasos se notaba perfectamente el calor que emitía el aparato. - ¿Por dónde empiezo?

-Por la zona de la entrada. No acerque demasiado el fuego, Birgir, puede que se conserven pigmentos en las zonas profundas; sólo necesito que derrita la capa que cubre los grabados para poder examinarlos. - El hombre asintió y sin decir nada más emprendió la tarea ajustando el difusor para que la llama saliera más abierta.

Hans se alejó y exploró el resto junto a los otros dos acompañantes, cada una de cuyas rociadas revelaba bajorrelieves y textos nuevos. Siguiendo sus indicaciones, empezaron a atacar un muro de hielo que había en una de las paredes más interiores de la sala. Regresó junto a su colega académica, que no había perdido tiempo tampoco. Ya llevaba transcritos una página de símbolos de trazos rectos a imagen de los que Leifsson había descubierto con su lanzallamas.

-¿Veredicto? - Para él todo aquello era un galimatías. - ¿Es lo que esperabas encontrar?

Un gesto contrariado cruzó el rostro enmarcado en el mullido forro de la capucha, que la mujer de casi cuarenta retiró mientras repasaba la copia del texto. Su cabello rubio y largo cayó sobre su hombro izquierdo al hacerlo.

-Sí y no. Mira. - Señaló una fila concreta del documento. - Casi todas éstas son runas de Lemuria, no cabe duda, aunque éstas dos no las había visto nunca, y creo que el profesor Stanford tampoco. - Se refería a su mentor, el mayor erudito sobre el lenguaje del imperio perdido. - Pero aún así, el resto no… no tiene mucho sentido. Es como si fuera otro idioma. Pero fíjate. - Miró más por educación que porque aquello le dijera algo. - Ésta frase sí se entiende, habla de un rey que mandó fundar un nuevo puerto fiordo abajo, pero la sintaxis es distinta.

-¿Como un dialecto? - Aventuró el arqueólogo. - ¿O una lengua emparentada? - Una idea le vino a la mente. - ¿Podría ser la de Hiperbórea?

-Eso son sólo hipótesis sin…

Un nuevo grito resonó en la estancia. Era Haavio, el explorador finlandés que les había acompañado desde el continente junto con su socio noruego, el señor Fossum.

-¡Profesores, vengan rápido! ¡Detrás del hielo había un pasillo!

Hans soltó una exclamación de júbilo y regresó con la linterna.

-Me la llevo, Hélène, ¿nos acompañas? - Tenía la misma mirada que un niño a punto de lanzarse por un tobogán en el parque. La lingüista ya conocía la intensidad con que éste defendía sus teorías, y si lo que esperaba encontrar allá abajo se confirmaba, su nombre resonaría en toda la comunidad… Ella accedió volviendo a cubrirse con la capucha, anticipando el frío que haría al adentrarse en el pasadizo.

Bajaron por un corredor en espiral durante un minuto o dos, teniendo cuidado con los escalones mojados que iban dejando los lanzallamas. Al poco acabaron ante una enorme puerta de madera congelada.

-¿Tan bien conservada? Debe ser por el frío. - Él murmuró y se acercó mirándola de cerca. - Esto es roble, ¿tan al norte? - Se retiró y les regaló una sonrisa de fanático. - Caballeros, abajo con ella.

Hélène fue a negarse rotundamente pero los chorros de fuego fueron más rápidos que ella y en pocos minutos habían deshecho la puerta. Un calor telúrico les golpeó a través del marco de piedra labrada. Hans lo cruzó rápidamente con la linterna en alto y todos le siguieron.

-¡Lo sabía! - Ante él una larga serie de recipientes metálicos ocupaba una pared de la asfixiante estancia. De ellos salían gruesas tuberías que se hundían en el suelo. Otras muchas se perdían en una oscuridad donde cuerpos aún mayores se insinuaban, soltando destellos cuando él les apuntaba con la luz. - ¡Lemuria usó el vapor geotérmico miles de años antes que nadie!

Eric Rohnen

martes, 27 de septiembre de 2016

Como vestir un chaleco y no morir en el intento Vol.2

En una entrada anterior aprendimos sobre los distintos tipos de chaleco.

Pues hoy aprenderemos a vestirlo apropiadamente, para estar comodo con el en cualquier situación.

Una vez ya hemos adquirido el chaleco debemos hacer una serie de cosas antes de vestirlo por primera vez.

En primer lugar nos lo probaremos, una vez visto que satisface nuestras necesidades, lo adquiriremos y nos lo llevaremos a casa, donde realizaremos los siguientes pasos.

Todos los pasos que bienen a continuación tienen el fin de permitirnos usar el chaleco con su maximo de prestaciones, la realización de todas ellas, individualmente o en su conjunto, pueden ser causa de que no se admita la devolución del chaleco a la tienda.

1. Abrir los bolsillos (Muy recomendable): Los chalecos salidos de fabrica, Suelen, llevar los bolsillos cosidos, para abrir los bolsillos usaremos una herramienta llamada descosedor, con ella, tras localizar la costura del chaleco abriremos el bolsillo cortando el hilo que cierra la abertura del bolsillo.
Podemos abrir tantos bolsillos como tenga el chaleco, o solo abrir aquellos que estemos seguros de necesitar.
 
Yo recomiendo abrir todos los bolsillos, y así ya esta listos para siempre.

2. Fijar los botones (Muy recomendable): por norma general los botones de los chalecos recien comprados no estan bien cosidos, así que con aguja, hilo y un dedal, podemos darles un repaso a cada boton.

3. Descoser los botones extra (Recomendable):
Muchos chalecos incorporan botones de repuesto, usualmente van cosidos en la etiqueta, o en el interior de la linea de botones, en la parte de abajo.
Despues de localizarlos los quitamos y los guardamos para cuando los necesitemos.

4. Abotanadura de reloj de bolsillo. (Opcional)
Segin como sea la pinza de la leontina de nuestro reloj y como lo usemos, puede que necesites coser un boton extra.

Este puede ir colacado en varios sitios. Para las leontinas Fob lo coseras en interior del bolsillo delantero de tu elección, en el resto de los casos lo coseras a contra boton en la pechera. Es decir en la misma posición que el boton deseado pero en el interior cosiendo los dos botones a la tela, uno de ellos queda en ojal y el otro engancha la pinza de la leontina. En reliad ambos botones enganchan la pinza de la leontina.

Una vez seguidos todos estos pasos solo queda ajustar las cintas de la espalda, de ser necesario, o tener. 

Consejo: Recomendamos desabrochar el boton inferior del chaleco en los chalecos de 6 botones o mas, antes de sentarse, para evitar el abultamiento indeseado y que se hagan arrugas.

Y ya estas listo para usar tu chaleco.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Concurso de microrrelato de ESC 2016

La mejor compra de mi vida 
por Prof. Cecily Cogsworth

30 Octubre
Querido diario-
 De todas las máquinas de tiempo en el mercado actual, creo que el Pathfinder Chronos VII se ajusta más a mi idea del regalo perfecto para Jack.
¡Y llegó esta mañana! Justo para nuestro aniversario, que es mañana.
1 Noviembre 
Querido diario-
Todo salió exactamente como yo había calculado. - ¡Ni un contratiempo, ni uno!
No me costó esfuerzo alguno convencer a mi esposo a celebrar este día tan especial con un viaje en el tiempo para ver el estreno de La Tempestad, su obra favorita de Shakespeare, en Hallowe’en de 1611.
Tuvimos que vestirnos de alta alcurnia para mezclar con el ambiente cortesano del palacio de Whitehall. Luego, como era costumbre en aquella época, nos pusimos máscaras para tomar algo en el ambiente tosco de Fleet Street. Durante el paseo de poco más de una milla hasta Fleet Street, paramos bastante veces- Jack quería probar la cerveza en cada taberna en el camino.
Y claro, eso calzaba perfectamente con mis planes.
Por fin estaba tan borracho que pidió parar un momento para orinar en un callejón sin salida, maloliente y llena de mugre. Era el trabajo de un momento darle un golpe en la nuca con un calcetín lleno de arena que llevaba bajo del verdugo, arrastrarle hasta el fondo del callejón y dejarlo como un festín futurista para las manadas de cerdos que vagaban las calles londinenses en busca de alimentos.
Los puercos ávidos tardaban poco tiempo en encontrarle y poco tiempo duraban las súplicas y aullidos agónicos de mi esposo.
A la vuelta, arreglé unos trámites y ahora me dispongo a disfrutar las posibilidades que me brinda la mejor compra de mi vida, el Pathfinder Chronos VII.


Por salvar al mundo
Por Déborah F. Muñoz
 Web: escribolee.blogspot.com
Redes sociales:
- Twitter: @deborahfmu
- Facebook: https://www.facebook.com/blogsDeborahFMunoz/

Ajusto los últimos engranajes y enciendo el carbón: estoy convencida de que, esta vez, mi máquina del tiempo funcionará. Según empieza a sisear el vapor, nivelo las palancas y las bujías, hasta que la presión es suficiente y noto cómo se activa. No obstante, cuando estoy a punto de insertar la fecha a la que quiero viajar, una mano me detiene. 
Me giro para encontrarme a una copia exacta de mí misma, incluso lleva mi traje de trabajo y mis gafas especiales. Sería como mirarme a un espejo de no ser por esas pequeñas arrugas que yo todavía no tengo. Ni siquiera le hace falta hablar, mueve la cabeza en un gesto de negativa y su mirada triste me dice lo que yo más temía: las consecuencias de mi gran invento no han sido buenas para la humanidad.
Suspiro y echo un último vistazo antes de hacer algunos desajustes y poner la caldera a máxima potencia. Luego, salgo a toda prisa del sótano y escucho cómo toda mi gran obra y cuanto hay en mi laboratorio vuelan por los aires. Me giro hacia mi otro yo, pero ya ha desaparecido: el peligro ha pasado, aunque después de convertir mi éxito en fracaso no puedo augurar más que problemas para mí. Era mi última oportunidad para que me dejaran entrar en el gremio de inventores y la he tirado por la borda por salvar un mundo que nunca sabrá lo mucho que me debe.


La libertad de pensamiento
Por Marina Marivela Vaquero
Instagram: Mido_chan_desu_hada_del_amor

Hoy voy a hacer algo que desde el principio supe que estaba mal, pero en mi interior se escondía una forma extraña de pensar que nunca nadie llego a comprender; ni si quiera mi creadora. Desde que abrí los ojos por primera vez en este mundo, supe que no era humana. Comencé a mover los dedos de mis manos, recubiertos de un contrachapado de bronce que era sujetado con varios engranajes y tornillos. Mis movimientos en general eran algo torpes y mecánicos, pero claro, era un robot. Con el tiempo comprendí que no era la única creada mecánicamente, ni si quiera era la mejor creada; los demás robots ayudaban a la creadora a hacer cálculos, a sujetar y mover objetos pesados; en cambio yo solo me quedaba en el laboratorio observando y aprendiendo, así que nunca comprendí cual era mi propósito. Aun así, ella pensaba que yo era la mejor de sus creaciones, decía que yo tenía lo más importante, la libertad de pensamiento. Ahora me encuentro en el laboratorio, pensando en aquellas palabras que dijo mi creadora. Lo siento, creo que estoy utilizando mal mi libertad de pensamiento, utilizándolo únicamente con fines egoístas.
Enciendo la máquina del tiempo; un destello que podría haber cegado a cualquier  humano, pasa a través de mi figura. Ya había programado la fecha, tal y como había aprendido el día que la vi hacerlo a ella. Sé que me dijo que no debía acercarme a la máquina, y mucho menos usarla. Me dijo que si la usaba mal podría destruir el universo; pero aun así, iba a realizar mi primer viaje a aquel día. Si podía evitar su muerte, creo que aquel riesgo valdría la pena. 
Cruzo a través del portal y repito “Lo siento creo que estoy siendo muy egoísta”.


El cálculo
Por Ariadna Hernández

Con las manos apoyadas en la tierra apisonada, de rodillas y la espalda arqueada como un gato por culpa de las arcadas no era como tenía previsto “aterrizar”. El brazalete manipulador del vórtice aún vibraba en su muñeca. Se oían muy cerca las campanadas un reloj, al menos sabía que estaba en una zona civilizada. Una voz atronadora y cazallosa irrumpió a su derecha: ”¡Rubio! ¡Aunque la bruja pelirroja sea una de tus artimañas hoy no te libras del duelo!”. ¡Estupendo! Se había materializado en mitad de un duelo y la tildaban de bruja, como las coordenadas fueran de la Edad Media se iba a encontrar en apuros. Un golpe sordo, como sonaría un fardo de tramoya teatral al dejarlo caer desde una gran altura y un quejido retumbó en la dirección que la voz. La sorprendida y aliviada exclamación de una multitud inundó el espacio que la circundaba. ¡Genial! Y encima tenía público, crítico en don de la oportunidad. Dirigió la mirada a su hombro conteniendo las ganas de vomitar  y no vió el tirante de  su petate ¡Maldita sea! Debía de habérsele soltado en el último momento y tenía la desagradable sospecha de haber noqueado a alguien con él.
Unas pisadas acompañadas de un sonido métalico se acercaron a ella desde su izquierda, se pararon a su lado, eran unas botas de cowboy: “Has llegado en el momento justo, esposa mía”. Mientras cogía la mano que le tendía sintió la gran satisfacción de la plenitud del éxito, había acertado en todo: localización espacio-temporal y planeta. Y había salvado de un duelo, seguramente a muerte, al gran amor de su vida. Por el que se había pasado una noche en vela haciendo cálculos inverosímiles. Pero contestó: “No tientes tu suerte, Rory.” Y le sonrió. 

***

Si tuviera la suerte de alcanzar alguno de mis ideales, sería en nombre de toda la humanidad.

Nicola Tesla


Luz azul 
Por Ster Vallender

Siguiendo las órdenes de Ivette, Yuudai marcó su destino en el dial de la máquina: 1881. Tras el viaje, salió sigilosamente de los sótanos del cuartel militar del 141 Boulevard Portier. Debía llegar a tiempo a la Exposición Internacional de Electricidad de Paris y  conseguir una entrevista con Gustave Trouvé, para entregarle los planos que le permitirían el desarrollo de su coche eléctrico, de manera que no tuviera oposición posible en el mercado. El objetivo era dotarlo de mayor autonomía, velocidad y un precio más competitivo, con ello impediría que Ford tuviese éxito comercial. Sabía que se había embarcado en una misión muy complicada, pero de altísimo valor para el futuro. La DGSE le había elegido y él arriesgaría su alma por sus ideales. Miró su reloj de bolsillo, cogió su sombrero y su bastón y se puso en marcha.

Aquella mañana evidenciaba que la realidad había sufrido profundas transformaciones. Extraños vehículos circulaban por las calles y surcaban los cielos. Se trataba de una tecnología diferente, una alternativa al caos medioambiental reinante en los últimos tiempos. El desarrollo ilimitado de una tecnología basada en los combustibles fósiles, había puesto en jaque a la propia viabilidad del desarrollo tecnológico y el de muchos ecosistemas terrestres. 
Ivette desde  su despacho de la DGSE en el 141 Boulevard Portier, observaba las calles de la ciudad recorridas por tranvías de vistosos colores, coches a vapor y eléctricos y algún otro ingenio no reconocible sobre ruedas. La sorprendió ver a lo lejos, tras la Torre Eiffel,  un dirigible surcando el cielo. Desde niña había soñado ver el cielo sin contaminación y suponía que con esta nueva situación, podría verlo pronto. No podía dejar de contemplar por aquella ventana la belleza de esta otra realidad, fruto de una misión que, presumía, había culminado con éxito.


La máquina de Wells
Por  Eugenia Belin-Sarmiento Bravo

Los gritos de júbilo inundaron todo el laboratorio. La Doctora Wells corría frenética por todo el lugar. Ajustaba válvulas, comprobaba los indicadores de presión, llenaba contenedores de carbón programados para alimentar la caldera automáticamente, repasaba una y otra vez sus cálculos en las pizarras colgadas a modo de paredes. Todo era correcto. Se detuvo un instante para admirar su obra; una gran esfera toroidal, en pie frente a ella, brillante por el cobre y el aluminio y del cual los cables emergian y entrecruzan.
La doctora sonrió y tomó distraída entre sus dedos un mechón de su larga cabellera azabache, aclarado por níveos mechones que comenzaban a despuntar. Lo había conseguido. Había transcurrido más de 30 años, gastado toda la fortuna familiar y la expulsión de la Comunidad Científica Nacional. Había perdido mucho, pero finalmente, el mundo entero reconocería su gran logro. La Doctora Wells comprobó una vez más la presión, tecleó los últimos parámetros en la consola lateral y estaba todo listo. Retrocedió unos pasos cuando una neblina violácea emergió de lo más profundo de la máquina arremolinándose en su centro. La electricidad estática flotaba en el aire erizando cada vello de su piel. La niebla se estabilizó y formó un bloque sólido donde los colores comenzaron a dibujarse hasta formar una imagen.
Un prado apareció en el medio de la máquina. Ya no había regios caserones ni caminos que se bifurcan y convergen una y mil veces, ni gente ajetreada recorriendo el lugar; los zepelines ya no surcaban el cielo ni se escuchaba el traqueteo de los engranajes del gran reloj de la torre. Sólo quedaba campo; colinas pobladas de césped y el cielo más azul que nadie hubiera podido imaginar.
Una sonrisa cruzó el rostro de la Doctora Wells. Lo había conseguido.


PARADA SIN TIEMPO
Por Juan Carlos Martínez Alvarez

- ¿Desea el señor un té?
- ¿Qué es este lugar?
- Una parada en el tiempo sería una buena definición.
- Este lugar es una amalgama de épocas, ¿en qué año estamos?
- Sinceramente, señor, en ninguno. No quiero aburrirle con conceptos de física cuántica, esta es una dimensión espacio-atemporal intermedia. Usted debe esperar a la alineación correcta con la época deseada del túnel al final de ese pasillo. Mientras puede tomar algo.
- Esto es extraño, hay aquí tanta gente.
- Otros viajeros del tiempo. Es su primer viaje del tiempo, ¿verdad? Es normal su confusión, además de los efectos secundarios del viaje temporal, es como un jet lag de dimensiones estratosféricas.
- ¿Y este lugar? Parece el hall de un hotel de lujo de época.
- Como le comenté, hay que pasar por aquí obligatoriamente en todo viaje temporal, al principio era muy aburrido y bastante difícil saber en qué momento se alinea el túnel con la época deseada, lo cual daba lugar a muchos errores y no llegar al destino deseado. El Gremio de Viajeros del Tiempo decidió construir este lugar de descanso, puede ver en aquellos indicadores analógicos la fecha exacta de alineación del túnel, tiene un retraso de unos cinco minutos para dar tiempo a entrar en él.
- ¿Existe un Gremio de viajeros del Tiempo?
- Sí, debería darse de alta. Aquella puerta es una oficina del Gremio, le recomiendo hablar con ellos, le informarán mejor que yo, seguro; además de asesorarle y ahorrarle más de un disgusto. ¿De verdad no le apetece tomar nada? 
- No gracias, mejor voy a la oficina del Gremio… vaya, acaba de aparecer en el indicador mi época. Muchas gracias, ha sido un placer.
- El placer ha sido mío señor.


Sentencia
Por Ana Morales Díaz

Nunca el servicio de correos tuvo tanta importancia en su vida como en aquel 1958, en Slovoda, donde los fallos del jurado llegaban por carta. Por alguna razón, ni una sola sentencia había dejado de cumplirse. Pero ella no estaba dispuesta a acudir a la llamada de su sentencia de muerte. En lugar de dirigirse al jurado, se introdujo en su casa- búnker y se colocó junto a la plancha.
Los comunicadores auditivos rusos avisaban de la existencia de electrodomésticos espías chinos entre la población. Su plancha era china, pero no era un espía: era un máquina del tiempo. Y la KGB estaba a años luz de adivinarlo. Con ella, había enviado a diversos lugares del pasado a todos sus parientes y amigos. Siendo la principal sospechosa de su desaparición y, a pesar de la falta de pruebas, la condenaron. 
Cuando alcanzó la temperatura correcta, se acercó la plancha al rostro y se autoenvió al futuro lejano. Comenzó a vivir en un mundo idílico de armonía entre naturaleza y tecnología a vapor, en hábitats en simbiosis perfecta con valles, ríos, montes y sabanas. Sin embargo, no moría. No envejecía.
Comprendió que su inmortalidad no era un un efecto del viaje temporal, sino de las consecuencias por no cumplir la sentencia: la disidencia se castigaba con la longevidad perpetua.
Corrió a su cabaña climatizada, buscó la plancha en el arca y se sintió desfallecer por completo: del trasero de la plancha, colgaba un cordón acabado en un enchufe, columpiándose en el aire mientras ella lo sostenía. Había olvidado los enchufes;  en aquel mundo no existía un sólo enchufe. Y no tenía ni idea de cómo inventar la electricidad: su electricidad


¿Quién teme al Lobo feroz?
Por David Manuel Pérez Maestre
Un ligero chasquido indicó que los engranajes que movían las pequeñas piezas de bronce con letras nacaradas se habían detenido formando la frase "Objetivo localizado". 
El destello azul vrílico de los ojos del Relojero se fijó en la cinta perforada con las coordenadas espacio-temporales, mientras su cerebro automático repasaba  los datos del objetivo:

"Lobo: Humano mejorado factorialmente con elementos lupinos y mecanodróticos.
Convicto fugado tras sustraer un ConSync.
Sujeto calificado como extremadamente peligroso."
El Relojero extrajo del bolsillo interior de su chaqueta la pequeña lata rectangular que contenía el ConSync. Manipuló brevemente los diales para introducir las coordenadas impresas en la cinta perforada.
El aire se llenó con un zumbido grave y desagradable, como el que hacen las moscas al merodear sobre un cadáver. Mientras el ConSync concentraba los microagujeros de gusano dispersos en una milla a la redonda para formar el portal espacio-temporal. 
Inconscientemente, el Relojero hacía crujir sus nudillos mecánicos en un gesto de impaciencia demasiado humano para un autómata.
El zumbido finalizó con un alivio repentino.
Tras unos segundos, el portal pasó de ser un borrón en la pared del fondo del laboratorio a mostrar una soleada campiña herbácea con una pequeña cabaña de madera cercanaa un bosquecillo.
El idílico cuadro que flotaba en mitad de la pared atestada de extraños artefactos se vio desgarrado por un agudo grito.
Antes de poder siquiera pararse a analizar la situación, el Relojero se encontró corriendo sobre la hierba hasta atravesar la pared de la cabañita. Apenas percibió la tensión de viajar 120 años al pasado.
Envuelto en una nube de polvo y virutas, el Relojero analizó la situación; a su derecha, el Lobo, mil libras de furia e insertos mecanodróticos; a su izquierda, una jovencita cubierta con una capa con capucha de un rojo llamativo.


Más allá de un nuevo despertar.
Por Francisco Javier Rodriguez Alonso

Todo estaba hecho. Arriesgué mi tripulación, mi navío, nuestros sueños y esperanza. Era demasiado tarde para volver atrás, solo esperar la muerte tan lejos de casa. Miradas vacías en las que se podían ver la eternidad de los tiempos corroyendo el alma. Aquel día comprendí lo que era fallar a la humanidad. Entre medio de tanta desolación, de tablas y calderas humeantes, de tuberías y alambiques destruidos por la híper temperatura del vapor en su estado de Iris cencía y el crepitar de piñones y ruecas aun girando por la inercia de los actos de fe loca hacia un nuevo mañana. Ya estamos libres del yugo de las macro corporaciones que sentenciaban nuestras vidas a una existencia minimalista, sin decisiones, sin autovalidación, sin perspectivas de futuro para una raza que se extinguía como un fuego bajo la lluvia. Ese era nuestro mundo agonizante por el poder sin medida de los denominados los binarios; una elite de gobernantes parásitos desde los albores de la historia decidiendo cada minuto de nuestro tiempo en lo mejor para ellos. Basta ya, ahora solo somos unos 1001 de los 10001 que empezamos este viaje. Un viaje lleno de peligros, de traiciones, de luchas feroces con bestias marinas y guardianes místicos del abismo desconocido, donde los muertos no serán reclamados ni por unos, ni por otros. Al final estamos los que somos, viajeros de un desolador futuro para un esperanzador pasado. El anaranjado amaneces en la costa sobre el resto del naufragio, nos llena de ilusión y vemos un mundo nuevo pero conocido en tiempos remotos. Desde este nuevo Edén solo queda comenzar a construir una sociedad mejor que de la que huimos, trayendo con todos los mejores sueños, y esperar que desde este pasado no destruyamos nuestro nuevo futuro.


martes, 20 de septiembre de 2016

Como vestir un sombrero y no morir en el intento parte 2. Westernpunk

Decir Westernpunk es decir Salvaje Oeste, y tan pronto lo decimos se viene a nuestras cabezas el sombrero de baquero, pero no a todos nos tiene que gustar o sentar bien dicho sombrero, así que hoy trataremos de los sombreros que conquistaron el Oeste.

Consideraciones previas.

En el anterior capitulo de esta sección tratamos los conceptos de talla y tejido entre otros, hoy trataremos otras consideraciones generales antes de saltar a la elección de nuestro sombrero del Oeste.

La Dureza del sombrero puede variar, siendo éste muy duro y rígido a más blando y amable, se consideran los sombreros rígidos en general de mayor calidad y por ende más caros, pero de un tiempo a esta parte se vienen fabricando sombreros más blandos, en fieltro de lana, por cantidades de dinero más discretas, que en mi opinión son una gran elección para sombrero de a diario, y admiten más modificaciones que los rígidos bombines y sombreros de copa.

Plegable. Existen un sin fin de sombreros en el mundo de los cuales algunos pueden ser plegados o enrollados sin perder su forma; éstos son ideales para algunas situaciones sociales, o simplemente para guardarlos en la mochila o el bolso cuando no los necesitas. Es interesante considerlo a la hora de adquirir un sombrero.

Tres sombreros que se usaron en el Oeste

El icónico Stetson o sombrero vaquero es un sombrero de copa alta con corona y ala plana, confeccionado en fieltro de lana, al que su usuario recurvaba a su placer, proceso que hoy en día ya viene de fábrica en muchos casos. Para curvarlo exponía el ala a vapor, y con las manos doblaba el ala a placer hasta conseguir la forma deseada.

No obstante este sombrero aunque empezó a producirse en esa época era menos popular que el Derby.

(Stetson recién salido de fabrica)






El Bombín, llamado Derby en EEUU, es el rey de los sombreros en el salvaje oeste. Tiene sus orígenes en 1849, cuando William Coke, un sobrino del primer conde de Leicester, encargó a la prestigiosa firma londinense de sombrereros Lock & Co. de St. James's Street, un sombrero duro para proteger las cabezas de los guardabosques de Holkham Hall ya que los sombreros de copa altas que acostumbraban llevar no eran adecuados para montar a caballo. Fue Thomas Bowler, el jefe de sombrereros de la firma, quien diseñó el prototipo, de acuerdo con la tradición de la firma, el modelo fue nombrado por el cliente quien había encargado el diseño. Años después, los hermanos Bowler, Thomas y William, se independizaron y seguían fabricando el sombrero en sus propias instalaciones.

(Buch Cassidy)



El  Boss of the Plains es el sombrero de los buscadores de oro, o eso nos hace creer las novelitas de a duro que escribía Estefania y las películas del oeste. También era un sombrero diseñado y fabricado por Stetson hat co. pero es un sombrero mas rígido de copa redonda sin hendiduras, de ala ancha y con cinta, duro y resistente.


(Wyatt Earp y Doc Holiday)

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Investigaciones inconclusas - Segunda parte "Hipótesis indemostrables" y Epílogo "Información privilegiada"

Eleutherios respiraba aceleradamente mientras bajaba las escaleras camino del exterior, dejando atrás a Perseus y a aquel hombre que tanto le había sorprendido, y no precisamente para bien. ¿Cómo podía mostrarse tan insensible con lo que había pasado? Incluso aunque no hubieran encontrado a Jorgen muerto, y se estremeció de pensarlo, tenía que estar al menos preocupado por su desaparición, a no ser que tuviera algo que ver con ella. Pero la simple idea de que el abuelo pudiera estar involucrado en algo así hubiera hecho reír al chico, que le tenía en un pedestal, y el griego lo sabía perfectamente.

Se fue directo a la facultad de aeronáutica, atravesando los dos patios interiores de la masa de edificios amontonados que constituía el centro del Instituto. Absorto y más enfadado por momentos, no devolvió los saludos de algunos de sus alumnos de primer año, de sus estudiantes del laboratorio de dinámica subsónica, de los hermanos de Ruyter, esos dos holandeses osados que querían resucitar los trabajos de propulsión de Herschel, ni de dos de sus colegas de trabajo. Ninguno comprendía por qué el habitualmente bienhumorado creador de aeronaves se mostraba tan huraño, pero lo que le molestaba era algo que no podía compartir con nadie.

Subió de dos en dos las escaleras hasta la segunda planta, y resoplando por el esfuerzo, que no solía hacer a menudo porque para eso estaban los ascensores, entró a su despacho y cerró por dentro. Necesitaba pensar y serenarse. Dejó el libro, el cual había llevado fuertemente apretado bajo el brazo, encima de la atestada mesa, sobre los planos de la sección de cola del monoplaza que Mireille estaba diseñando. Se los había dejado antes de irse a casa a pasar la navidad, pero aún no había podido revisar esa parte del proyecto. Demasiado trabajo acumulado, pensó con amargura, dejándose caer en su silla de resorte.

Se fijó por primera vez en el tomo que se había comprometido a devolver en nombre de Jorgen. ¿Historia económica? Leyó el título dos veces más, perplejo. ¿Cómo demonios había llegado eso a manos del chico? Pero si lo suyo era la física avanzada, de la que Eleutherios ni comprendía ni se molestaba en estudiar porque para su campo no hacía falta. ¿Y qué hacía eso en la biblioteca del Instituto en cualquier caso, si no enseñaban esas materias? Quizá en la Escuela Independiente de Alta Enseñanza, pero no allí. Aquello no tenía el más mínimo sentido, y él se echó hacia atrás llevándose las manos a la frente y empujando el respaldo hasta que chirrió el muelle. Se restregó los ojos, tratando de encontrar una respuesta.

El nieto de Knudsen era miembro del Consejo Rector gracias a sus investigaciones en física de partículas, todas ellas teóricas pero aún así reconocidas por los expertos de su campo como sumamente interesantes, si no revolucionarias. Tenían que serlo para que hubiera sido propuesto para el cargo con sólo veintitrés años, pulverizando todos los récords de que se tenía constancia a ese respecto. De eso hacía ya quizá dos inviernos, Eleutherios no estaba seguro. Lo que sí recordaba era haberle visto por primera vez bastante tiempo antes, siendo un muchacho aún, sólo en la biblioteca que llevaba el nombre de su abuelo, entre pilas de libros. Un chico danés que nunca hablaba con nadie, asistía a las clases sin apenas llamar la atención salvo la de sus profesores en los exámenes, y que pasaba allí todo el año sin volver apenas por casa. Después de algún tiempo decidió abordarle un día en su mesa de siempre en la sala de lectura, picado por la curiosidad.

No olvidaría la cara de susto que puso, y luego estuvo seguro, no era porque un profesor se dirigiera a él, que aún estaba en los cursos preparatorios. Poco a poco fue rompiendo su aislamiento, interesándose por sus estudios y trabajos, y comprendiendo que era alguien que estaba bastante por encima de sus compañeros, lo cual le excluía del grupo automáticamente. Había visto esa historia tantas veces que no tardó en pedir para él a sus colegas que se le permitiera acceder a las asignaturas de verdad, las de nivel superior. Verse admitido en ese otro ambiente fue una liberación para el joven, y Eleutherios comprobó cómo su potencial iba resultando evidente también para todos los demás. Antes de poder darse cuenta, le empezó a ver discutiendo acaloradamente con los profesores de física en sus despachos, no cesando de hacerles preguntas que no sabían responder. Él se reía por dentro, contento de haberle ayudado aunque fuera sólo un poco. Al cabo de unos años él mismo estaba dando clases ya a otros alumnos, y cuando llegó el momento de votar su acceso al Consejo, que había sido propuesto por el propio comité que validó su tesis doctoral, no lo dudó ni un momento.

Recordar todo esto no le hizo bien en ese momento. Jorgen había desaparecido sin dejar rastro. Una mañana de noviembre alguien había descubierto las ventanas de su taller rotas y había dado el aviso. Rápidamente se corrió la voz y todo el Instituto supo que algo había pasado y que alguien había destrozado el laboratorio del profesor Knudsen. Incapaces de dar con él y sin saber si había abandonado el complejo sin avisar, al día siguiente contactaron con su abuelo para averiguar si había tenido que salir apresuradamente por algún motivo familiar, pero éste les sorprendió al responderles simplemente que no tocaran nada de sus experimentos ni de sus habitaciones hasta que él llegara, indicando que lo haría cuando le fuera posible. Un mes y medio le había llevado, y aunque a Nevrakis eso le había resultado extraño, no se había esperado para nada que la actitud del anciano fuera la que había mostrado. Como si no le importara en absoluto. Todas las veces que Jorgen y él habían hablado, la imagen que el chico le había transmitido era la contraria: su abuelo se preocupaba por él y lo había hecho siempre, prestando mucha atención a sus estudios primero y luego a sus experimentos. No tenía sentido, se repitió.

¿Qué había estado haciendo que había dado lugar a que se viera obligado a huir o le secuestraran, como había sugerido Perseus al enterarse de la noticia? Conforme iban pasando los días desde el suceso, intentó encontrar respuestas investigando por su cuenta en el taller, en contra de los deseos del viejo Klaus. Pero aunque su nivel hubiera sido suficiente para entender algo de lo que el joven estaba haciendo, y no era el caso, no hubiera podido. Rápidamente descubrió que no estaban los diarios de las últimas semanas, ni las notas ni diagramas de la instalación que había estado montando durante meses. Habían hablado alguna vez de todo ello, y sabía que Jorgen estaba muy ilusionado con el proyecto, pero había renunciado a interesarse exactamente por lo que estaba intentando demostrar. Ahora se recriminaba a sí mismo no haber preguntado más o haber tratado de comprender el trabajo de su amigo. Sabía que era algo relacionado con ese efecto suyo, el que llevaba su nombre, pero al demonio si entendía algo de todo eso.

Resopló y se levantó de un salto. Agarró de nuevo el libro y salió del despacho sin molestarse en echar la llave. Bajó de nuevo y salió al paisaje nevado, dándole vueltas aún al tema. Estuvo tentado de acceder a la biblioteca a través de alguno de los túneles que conectaban el complejo bajo tierra, pero lo descartó, prefiriendo el aire frío, con la esperanza de que le ayudara. El Instituto se encontraba en una colina que había estado fortificada en la Edad Media. Las murallas originales ahora estaban muy dentro del recinto, engullidas por los edificios que habían ido apareciendo a un lado y a otro de ellas en la irregular expansión de aquel lugar a lo largo de las décadas desde su fundación, casi un siglo atrás. Ahora el promontorio estaba casi ahuecado, y aunque nunca había visto un mapa completo, que en caso de existir, seguramente el comité de espacios guardaría celosamente aduciendo motivos de seguridad, apostaba a que podría cruzarse de una punta a otra sin ver la luz del sol, pasando de sótano a bodega, por pasillos abovedados y plantas subterráneas que se habían excavado bajo edificios ya construidos. Y casi en el centro, se ubicaba la biblioteca.

Se encontraba en el hueco que había dejado un monumental torreón del castillo original al terminar de derrumbarse en un incendio. Ya entonces, Klaus Knudsen era su patrón, y decidió donar una suma indecente pero muy bien recibida por la dirección que había entonces, unos veinte años atrás, antes de que él llegara a Dresde. Su dinero permitió construir, excavando en la roca viva hasta una profundidad desconocida por muchos, la que ahora era la joya de la corona del Instituto. La enorme biblioteca contó desde su diseño original con un sistema automático de búsqueda y organización del material que hacía innecesario rebuscar en sus pasillos durante horas. Para recuperar cualquier volumen de la colección y poder leerlo, bastaba con hablar con algún bibliotecario. Y eso fue lo que hizo él nada más entrar por la gran puerta principal.

Marissa Dielmann, jefa de archivos a la que conocía desde hacía años, aceptó el libro que le entregaba, sabedora de que Jorgen no iba a poder llevarlo él mismo. Se dirigieron hacia una de las terminales de devolución que se encargaría de que el tomo regresara a su lugar.

-Echo de menos al joven Knudsen. - La responsable de la colección no ocultaba su tristeza por lo sucedido. - Pasó tantas horas aquí… amaba este lugar, profesor Nevrakis, más que ninguno de nosotros, creo yo.

-Vengo precisamente de conocer a su abuelo. - La bibliotecaria abrió mucho los ojos al oír aquello.

-¡No sabía que venía! Pena, me hubiera gustado agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros, todo lo que ha donado al fondo. Este libro - alzó el que él le había traído - es del último lote que regaló. Su nieto ya se la había leído casi entero cuando…

No terminó la frase, apartando la vista. Los rumores que circulaban debían ser imaginativos, indiscretos, y de todo menos prudentes a la hora de sacar conclusiones apresuradas.

-¿En serio? - El griego no quiso dejar pasar ese comentario. - Me sorprendió mucho encontrarlo en su estudio.

                -A mí también me llamó la atención verle que sacaba estos textos, ¿sabe? - Se acercó más a él, bajando más la voz por costumbre que por educación, ya que estaban totalmente solos en la sala. - Llevo tanto tiempo entregándole ejemplares sobre temas que no sé ni lo que son y títulos que no entiendo, que no pude evitar preguntarle por el repentino cambio de interés.

                -¿Y qué dijo?

                -Que su abuelo había insistido en que los leyera, y que tenía buenos motivos para hacerle caso.

Se quedó un momento pensativo. Luego, Eleutherios Nevrakis se despidió apresuradamente y salió a paso rápido del edificio, dejando la bibliotecaria confundida y sin comprender nada. Pero él estaba empezando a entender, y no estaba seguro de a dónde le llevaba todo aquello, pero estaba dispuesto a acudir a la fuente original, si podía alcanzarle antes de que partiera de nuevo. Había preferido dejarle, no expresar su sorpresa por lo que les había dicho a él y a Perseus, pero por más que lo pensaba llegaba a la misma conclusión; el abuelo tenía que saber más de lo que dejaba ver, aunque aún no supiera el qué.

Camino del dirigible se cruzó con Dutschenfeld.

-¿Dónde está? ¿Se ha ido ya? - Aprovechó para recuperar algo el aliento.

-Acabo de dejarle en su nave, partirá en breve.

-¿No te has esperado? - Le sorprendía que el Presidente no se hubiera quedado hasta verle partir.

-No. - Le miró con gesto torcido. - Ha estado en el laboratorio y se ha ido como si nada. Aquí hay algo raro, Eleutherios. Sabe algo que no nos cuenta.

-¿Tú también lo piensas?

-Claro. Pero no voy a presionarle. Nos hace falta el dinero…

Nevrakis salió corriendo sin mediar palabra, indignado por la actitud del otro e ignorando los gritos de su colega de que no hiciera ninguna tontería. No estaba acostumbrado a tanto ejercicio y pronto se encontraba sin poder respirar, pero aguantó hasta plantarse al lado del dirigible, que aún tenía los anclajes colocados. Con las manos en los costados, recuperando el aire, la puerta se abrió y en ella apareció el viejo Klaus Knudsen.

-¡Profesor Nevrakis! - Parecía contento de verle, sonreía. - ¿Qué le trae por aquí?

Se incorporó como pudo y le interpeló sin preámbulos.

-Usted sabe dónde está Jorgen, ¿verdad? Por eso no le preocupa todo esto.

El anciano no perdió la sonrisa. Al contrario, más bien la amplió. La forma de hacerlo le recordó a su amigo, además de por la mirada, aunque sabía que no estaban estrictamente emparentados. Por encima del ruido de los motores, oyó claramente cómo le respondía.

-Por supuesto. - Lo sabía, pensó el griego, triunfante.

-¿Y dónde está? - No perdió tampoco tiempo ahí. Necesitaba saber. - No ha sido un secuestro, ¿no?

-Claro que no. Sólo ha salido de viaje.

Los anclajes se soltaron y el dirigible empezó a subir. Knudsen seguía ante la puerta abierta, alejándose del suelo lentamente.

-¡No, espere! ¿Dónde ha ido?

El hombre se rio abiertamente y cambió el tono por otro mucho más cercano.

-No estás haciendo la pregunta correcta, Eleutherios. - Divertido por la cara del griego, desde un par de metros de altura, el viejo industrial danés le habló una última vez antes de entrar a la cabina y cerrar. - No hubiera llegado hasta aquí sin tí, y te estaré eternamente agradecido por ello, amigo mío. ¡Guárdame el secreto, por favor!

Nevrakis se quedó en silencio contemplando la marcha de la aeronave, hasta que unos minutos después Perseus llegó a su lado, cuando los propulsores sólo eran un zumbido lejano.

-¿Te ha dicho algo? - Le puso la mano en el hombro para llamar su atención.

-¿Qué? - Estaba aún procesando las últimas palabras de Knudsen.

-Que si le has preguntado o no.

Salió entonces de aquel pequeño momento de revelación para responder a su compañero en el Consejo, y lo hizo con voz átona.

-No. No he podido llegar a preguntarle nada, ya estaba despegando.

Dutschenfeld suspiró, visiblemente aliviado.

                -Es mejor así. - Le palmeó un par de veces más y echó a andar de vuelta al edificio central. - Sí, es mejor así - repitió.


Pero Eleutherios Nevrakis siguió allí, de pie en la pista, en mitad del paisaje nevado, entendiendo que aquellas habían sido, con la voz de Klaus, las palabras de su amigo Jorgen.

---

Epílogo - Información privilegiada

Cayó sobre sus rodillas en aquel suelo polvoriento, mareado y boqueando por la repentina falta de aire, bruscamente extraído de sus pulmones. Se había formado un poco de escarcha en sus manos y su cara, que se palpó mientras trataba de superar la desorientación transitoria que había hecho presa en él. A su alrededor, las antiguas cuadras del castillo donde cincuenta años después montaría su laboratorio yacían abandonadas y decrépitas, con un agujero en el techo y una de las puertas dobles casi descolgada.

Logró ponerse en pie y asomarse, tratando de asegurar que nadie se había percatado de su llegada. Fuera la oscuridad reinaba en la noche sin luna salvo por algunas luces tras las cortinas de lo que reconoció como una de las residencias de profesores, donde él mismo se había alojado hasta hacía poco. Por lo demás, los terrenos de la antigua fortificación donde tanto ahora como en su época se ubicaba el Instituto estaban en un silencio sólo interrumpido por el ronroneo de un lejano automotor de vapor.

Toda su vida convergía en ese momento exacto. Su infancia en las calles, su adopción por un acaudalado empresario del ferrocarril que siempre le había tratado como uno más de sus nietos, su educación en una de las más prestigiosas instituciones científicas, su doctorado y sus meses de febril investigación.

Tenía veinticinco años, trece kilos de platino en lingotes atados a la cintura, y un buen listado de negocios e inversiones que iban a ser extremadamente rentables durante el próximo medio siglo. Lo bueno del viaje en el tiempo, se dijo, es que puedes advertirte a ti mismo para ir bien preparado.

-Gracias, abuelo. - pensó el joven, y echó a andar hacia un gran hueco en la descuidada muralla, en busca de un futuro ya escrito.

Fin
Eric Rohnen

martes, 13 de septiembre de 2016

Cómo vestir un sombrero y no morir en el intento. Parte 1.- Los clásicos olvidados

Hoy vamos a hablar de Sombreros.

Hay veces que vas a comprar algo por internet y no tienes ni idea de cómo es en realidad. Con los sombreros esto es terriblemente cierto, dado que no todo el mundo sabe cuál es su talla, así que hoy despejaremos esas dudas y otras.

Me han pedido que escape un poco del típico bombín y el sombrero de copa, dado que de ellos abunda la información, pero primero unas palabras sobre tejido y talla.

Consideraciones previas.

Para empezar vamos a averiguar nuestra talla y para ello hay que aprender a medir nuestra cabeza para saber cual es nuestra talla de sombrero, para lo cual necesitaremos una cinta métrica, de las de costura de toda la vida,

Mediremos nuestro perímetro craneal, colocando la cinta métrica en la sien y trazando la circunferencia, la de un adulto suele estar entre 55 cm y 61 cm.

A la hora de escoger es importante también elegir un tejido apropiado; yo soy partidario del fieltro de lana para el invierno y los tejidos de paja para el verano, como el milan, (tejido de origen chino con un peculiar tranzado de pajo, llamado así por que lo popularizaron en el S.XIX los sombrereros italianos que lo importaban de China,) entre otros.

Clásicos olvidados.

Solventado este tema, y sabiendo ya la talla que tenéis, vamos a hablar de tres sombreros que he escogido entre muchos, Homburg, Porkiepie y Canotier.

El Canotier es un sombrero de paja hecho con tres piezas, el ala, el cuerpo y la copa, que se cosían a mano, y lleva una cinta de color, esto es para diferenciarlos del que usaba el ejercito. Es un sombrero de paja, el típico de los Gondoleros Venecianos.

También es símbolo de los colegiales de Oxford. A finales del siglo XIX, el sombrero se puso de moda en Francia, por la exaltación de la navegación “du canotaje”, de ahí su nombre. Paralelamente los inmigrantes italianos lo pusieron de moda en América, donde obtuvo su máximo esplendor en la primera mitad del siglo XX. El color de la cinta representa el Colegio, el equipo de Remo o colectivo al que pertenecía, y ésta podía ser de color liso o de rayas.
(Canotier)


El Porkie Pie se popularizó como sombrero unisex en las primeras décadas del siglo XX, pero en el S. XIX. era un popular sombrero femenino, usado tanto en el campo como en la ciudad. Podía ser tanto de fieltro de lana, como de paja. Tiene ese nombre por que se asemejaba al típico pastel inglés del revés. Es un sombrero de ala corta, que puede usarse tanto en Steampunk como en Dieselpunk.

(Porkie Pie)

El Homburg es un sombrero masculino, es semejante a un bombín con una hendidura en el centro. Es un clásico de los sombreros de caballero, se considera de uso formal, pero no sustituye a la chistera en actos solemnes. Es de fieltro de lana rígido y con cinta en el borde. Hercules Poirot, el célebre detective de la reina del crimen, solía usarlo.

Eduardo VII (1840-1910) lo volvió popular después de que visitó Bad Homburg en Hesse, Alemania, y llevó a su patria un sombrero de este estilo. El rey era muy consciente de la moda, exigente y experto en todos los asuntos de vestimenta, por tanto se sintió halagado cuando su estilo de sombrero fue copiado; a la vez que insistía en que fuera copiado. El Homburg aún es bastante común entre los señores bien vestidos, aunque no tan común como una vez fue.
(Homburg)
Si tenéis dudas o quereis información adicional sobre estos u otros sombreros, preguntad y en la medida de lo posible se responderá.