jueves, 30 de junio de 2016

Día Internacional de los Meteoritos

A continuación, las publicaciones recibidas tras nuestra convocatoria para celebrar el día de los Meteoritos:

La salvación llegó del cielo

No era la primera vez que se enfrentaba a situaciones peligrosas. Incluso críticas. Pero nunca se había sentido tan indefensa como aquel día. Se encontraba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en una gruesa tubería y las manos atadas tras ella; a su lado yacía el joven Patrick, tirado en el piso, inmovilizado y sin conocimiento. “Nos hallamos a un paso de morir, mi querido Patrick”, pensó. Pero no dijo una palabra. Se quedó mirando fijamente el rostro de su captor, tétricamente iluminado por la temblorosa luz del quinqué. El temido Alquimista, su enemigo declarado desde hace casi diez años, y que parecía finalmente haber ganado la batalla.
El Alquimista no era exactamente un mago, aunque desde luego por sus poderes podría parecerlo. De algún modo había descubierto no sólo la existencia, sino cómo almacenar y usar el elemento más poderoso de la Tierra, la Energía Primordial, dedicando desde entonces todos sus esfuerzos a la búsqueda del poder absoluto. Margaret, Patrick, y su pequeño grupo de seguidores, al que llamaron “Los Compañeros”, lucharon contra él con todas sus fuerzas, mas fue en vano. Era demasiado poderoso; contra él no valían espadas, dagas o pistolas. Combatieron y finalmente perdieron. Y allí estaba ella, prisionera en el inmundo sótano de una fábrica invadido por nubes de vapor, repleto de óxido, suciedad y olor a hulla quemada, con su más fiel colega malherido.
El Alquimista se sentó frente a Margaret.
― Mi estimada enemiga, ¡por fin ha recobrado el conocimiento! ―proclamó con una tenebrosa sonrisa―. Lo celebro. Porque usted y yo tenemos que hablar, y terminar con esta penosa situación. Sé que conoce la ubicación de la mayor bolsa de Energía Primordial del mundo, y quiero que me especifique exactamente dónde está. Como la necesito viva, si no me cuenta lo que necesito despedazaré lentamente a su amigo. Y si aun así persiste en mantener silencio, le recuerdo que está atada a una tubería de retorno de vapor. El turno en la fábrica acaba de comenzar; por eso está aún frío. Pero no tardará en comenzar a calentarse lentamente hasta alcanzar una temperatura altísima. Morirá abrasada, Margaret. Y antes, hablará. Así que sea lista, satisfaga mi afán de conocimiento y quizás así se salven los dos.
Ella lo miró fijamente con una enigmática sonrisa, que el Alquimista no supo interpretar.
― ¿Sería demasiado pedir que antes aflojara un poco mis ligaduras? ―preguntó.
― ¡Oh, por supuesto que no, querida!
Y acto seguido las invisibles ataduras de Margaret, creadas con Energía Primordial Pura, se tensaron aún más. Ella soltó un gemido ahogado.
― ¡Lo lamento; creo que he cometido un error con el campo que la sujeta! ―dijo él riendo―. En todo caso, no tenemos mucho tiempo, así que tendrá que aguantarse. Por última vez, ¿dónde está esa maldita masa de Energía?
Ella desvió su mirada hacia el techo de la estancia.
― Va a matarnos igualmente.
― Quizás no, señora. Tendrá que arriesgarse.
Margaret tomó aire, y se decidió.
― Muy cerca del río Podkamennaya, en Siberia. Las coordenadas exactas son 60º 55’N 101º 57’ E, 60.917, 101.950.
― ¿En serio? Vaya, voy a tener que consumir una cantidad descomunal de Energía Primordial para desplazarme desde Londres a Siberia; espero que merezca la pena. Bien, si realmente encuentro la fuente, regresaré y les proporcionaré una muerte rápida a ambos. En caso contrario, querida, lamentará haber nacido. Porque dejaré que se ase lentamente. Y su colega Patrick sufrirá unos padecimientos tan espantosos como los suyos.
Acto seguido se sentó en el suelo, cerró los ojos, cruzó las manos sobre su pecho y desapareció.
Cuando el Alquimista abrió los ojos descubrió que se encontraba en medio de un bosque impenetrable. Era un día soleado y aunque hacía bastante frío, era menor de lo que esperaba. Aun así creó un campo de calor a su alrededor. Parecía que acababa de amanecer, lo que le sorprendió, ya que abandonó Londres de noche. Algo no encajaba. Echó un vistazo a su alrededor y se concentró: en efecto, podía percibir la Energía Primordial. Muchísima, ¡una cantidad realmente salvaje! Curiosamente parecía estar aproximándose hacia él. Notó su presencia como si se tratara de un tren a punto de salir de la boca de un túnel. Poco a poco, el ligero silbido que escuchó nada más llegar se fue convirtiendo en un ruido atronador, salvaje. Levantó los ojos, y pudo ver cómo el mismísimo Sol parecía estar cayendo directamente sobre su cabeza. Intentó crear un campo de protección, pero unos breves instantes después, el Alquimista quedó volatilizado en medio de una de las mayores explosiones de la Historia, que derribó como palillos ochenta millones de árboles y derribó personas y cabalgaduras a cuatrocientos kilómetros de distancia.
Margaret notó cómo sus ligaduras invisibles desaparecían. Se alejó rápidamente de la tubería de vapor y se aproximó al cuerpo de Patrick, quien aún sostenía en la mano derecha su pistola, inútilmente descargada contra el Alquimista.
Él tardó un buen rato en despertar, y al hacerlo, lo primero que hizo fue intentar alcanzar con su mano izquierda una bolsita de pólvora para el arma.
― No te preocupes, querido ― susurró Margaret acariciándole la cabeza―. Ya no será necesario. El Alquimista ha muerto. Volatilizado. Completamente desintegrado.
Le ayudó a sentarse en el suelo. Patrick parecía desconcertado.
― Pero… ¿cómo has conseguido hacer tal cosa?
Ella sonrió.
― Le indiqué dónde podía encontrar su anhelada masa de Energía Primordial, y fue a buscarla. En un lugar llamado Tunguska, en Siberia. Pero no pudo con ella. Me temo que le ha caído encima un bólido de treinta metros de diámetro. Y a eso ni siquiera el poder del Alquimista puede oponerse.
― ¿Lo ha matado un asteroide?
― Más bien un pedazo de cometa.
― Pero… ¿cómo podías saber el punto exacto de impacto de un meteorito en Siberia? Además, ¿no es una extraña suerte que caiga un bólido precisamente hoy, siete de febrero de 1841?
Margaret sonrió. Porque lo que nadie sabía, ni siquiera el fiel Patrick, es que había conseguido canalizar a su manera la Energía Primordial. Lo descubrió en una de las sesiones en las que intentaba ayudar a las personas que requerían su ayuda. Era la mejor médium de Londres, y además, la única que fue capaz de romper las barreras del tiempo para visualizar el futuro. Jamás se lo dijo a nadie; nunca la habrían creído. El poder del Alquimista era tan grande que no le costó trasladarse instantáneamente desde Londres a Siberia, pero ella consiguió, en una fracción de segundo, desviar su viaje a Tunguska en el tiempo, mandándolo al treinta de junio de 1908, minutos antes de que el meteorito se desintegrara a ocho kilómetros de altura sobre su cabeza.
― Es una larga historia, amigo mío. Pero ya hablaremos de ello. Ahora debo llevarte inmediatamente a un hospital. Y cuando estés plenamente recuperado, habrá llegado el momento de disolver nuestra hermandad. Ya no tiene objeto. ¿Sabes? Creo que me voy a tomar unas largas vacaciones. Quizás en España; tiene un clima excelente, y siempre quise visitar Madrid. Pero antes tendré que hacer una visita a Mrs. Paddigton. ¡Mira mi hermoso vestido! Está completamente arruinado. Debo renovar mi vestuario.
Patrick sonrió y dejó que Margaret le ayudara a incorporarse. ¿El Alquimista desintegrado por un meteorito en el futuro? Absurdo. Pero le tenía sin cuidado. Lo realmente importante era que el maldito canalla estaba por fin muerto.
Fijó su mirada en los azules ojos de Margaret. Y deseó acompañarla a Madrid.
O al fin del mundo.

Leonardo Ropero Serrano





El hombre que miraba las estrellas

-Observatorio nacional de Greenwich Village, Greenwich. 28 de junio de 1887 19 horas.
El observatorio astronómico de Greenwich Village les da la bienvenida a esta exposición, El hombre que miraba las estrellas, es una exposición especial para nosotros, no solo porque el observatorio astronómico de Seúl, nos haya prestado gran parte de los materiales, sino porque nos da la oportunidad de ver algo excepcional e irrepetible, - el presentador hizo una pausa dramática, se aclaró la garganta, y con tono de picaresca, apostilló- al menos en cuatrocientos años.
Park soo Joon fue un erudito que vivió en la era Joseon, en la antigua Corea del Sur, recibió de sus coetáneos el sobrenombre de “El hombre que miraba las estrellas”. En su vida catalogo dieciséis cuerpos celestes, aseveró que la Tierra era esférica, lo que en su época era una herejía, y recolectó más de treinta y dos meteoritos caídos, y que pueden observar en las vitrinas- dijo mientras alzaba la mano a las vitrinas rodeadas por un ampuloso cordón rojo de seguridad.
Pero permítanme dirigir su atención hace el volumen abierto que se encuentra en el centro de esta sala junto al telescopio,- dijo con voz misteriosa- Se trata de un manuscrito original, redactado por el propio Park soo Joon, un diario de sus actividades, este en concreto es lo que hoy día llamaríamos un diario de campo.
“El décimo día del tercer mes del reinado del cuarto rey, ha sido como predije un caluroso día primavera, sabiendo eso, y puesto que la juventud a abandonado mi cuerpo hace ya tiempo, he pedido al oficial Soon Hu Liom que me acompañe en mi labor de encontrar piedras del cielo, en esta ocasión buscamos una que si mis datos son correctos callo en las cercanías de un poblado de pescadores, más cerca del bosque que del rio.
Hemos buscado durante horas, sin éxito, y el sol ya se está ocultando, planeábamos volver al pueblo para pasar la noche cuando un leve fulgor verdoso, como de jade atrajo nuestra atención, cuando nos acercamos a la fuente de esa luz descubrimos que procedía de una estrella caída, y para nuestra sorpresa la estrella no era lo único que estaba allí, junto a ella se encontraba una muchacha de piel pálida, y cabello negro y corto, el Oficial, un hombre joven y no por ello carente de aptitudes de reflexión llego a la conclusión, a mi parecer precipitada que la dama, en ausencia de ropas era más allá de toda duda razonable una Gumiho (Zorro de nueve colas) que deseaba comerse nuestros hígados, aunque a mí me pareció una chica joven, y lucia como un perro apaleado, pues su cuerpo estaba lleno de contusiones, como si hubiera caído desde una gran altura y chocado con las ramas de múltiples árboles, Soon Hu Lion la maniato, con ayuda de la mula de carga y nuestros caballos la llevamos de camino al pueblo, pero dado al aspecto de la joven, que ciertamente se parece en algo a mi difunta hija, convencí al oficial para que la llevara a mi casa, en vez de al centro de detención, pues una chica desnuda, sería sin duda abusada por los rufianes que estuvieran en su misma celda, y pensé que probablemente también por la guardia, aunque me abstuve de comentar esto último con el joven Soon…”
No parece un pasaje sacado de alguna novela, desde luego enciende mi curiosidad- dijo el presentador- El resto del diario es bastante técnico y no tiene muchos detalles sobre esta aventura, de hecho Park soo Joon apenas participo en la vida pública durante los siguientes años hasta su muerte.
Academia de vuelo espacial, Cuadrante 16, Cerca de Ganimedes.
Linn sao, recordaba el día hace más de cuatrocientos años que su nave se estrelló contra la tierra, y lo que ocurrió después, abrió los ojos, dejo de mirar por el grueso ventanal, y se giró hacia el aula, blanca y aséptica, atiborrada de jóvenes estudiantes de todos los confines de Ganimedes y Orión.
“Aquí en el espacio nuestras vidas son muy largas, y es porque dominamos el tiempo, hace dos meses, viajé, use el protocolo estándar, y camufle mi nave temporal, tomé velocidad terminal y lancé el disparador de tiempo, todo muy rutinario, pero ocurrió una anomalía en programador de ruta temporal, y acabe visitando el lugar deseado unos siglos antes de lo esperado, ahora debido a mis acciones en ese tiempo me han obligado a ser vuestra profesora, así que como me aburre tremendamente daros clase de protocolo de vuelo temporal, estudiaros los capítulos del doce al treinta y siete para la próxima semana, si alguien tiene alguna pregunta que levante una mano o un seudópodo.- Dijo con tono de total aburrimiento.
Tan pronto como vio alzarse las manos y seudópodos se arrepintió de haber abierto la boca, media docena de manos y otros tantos apéndices se elevaban sobre los pupitres.
El primero de los alumnos en abrir la boca fue una chica de la tercera mesa con unos saludables seudópodos de color azulado.
Entonces cual fue la naturaleza de sus actos?- la mirada que acompañaba la pregunta revelaba una enorme avidez y una curiosidad que solo una fémina de esa edad podía tener.
Lin sao, valoro todas las posibles respuestas, descarto la evasión y la mentira, y opto, por decir la verdad, al menos aquello seria instructivo, pensó.
“Lo cierto es que mi nave se estrelló en el planeta llave del desarrollo de mi raza varios siglos antes de la fecha deseada, y me vi expuesta, confraternización espaciotemporal no deseada.
Par ser cierto mi maquina temporal se desintegró, y yo quede herida y perdí el conocimiento, cuando desperté me fue imposible poner en marcha el protocolo 112b, pues ya había sido descubierta por los nativos, concretamente un astrónomo anciano y un joven oficial del departamento de seguridad interna, el caso es que para mi sorpresa no fue conducida a presidio, sino al hogar del astrónomo, donde recibí ropas y comida, se atendieron mis contusiones y descanse, me llevo varios meses ser capaz de comunicarme rudimentariamente, y explicarles mis deseos y necesidades, el astrónomo Park, insistió en tratarme como un miembro de su familia, y de hecho me ayudo a conseguir todo lo necesario para hacer una baliza de repetición para enviar un SOS, hasta aquí, y tiempo después llegaron a recogerme varios miembros del equipo de rescate espacio temporal, y esa es la historia.”
Ahora- de forma más precavida retrocedió un par de pasos se apoyó contra la pared junto a la puerta- si no hay más preguntas, adiós- y sin esperar respuesta salió por ella y caminó de forma apresurada hasta doblar dos esquinas.
-Observatorio nacional de Greenwich Village, Greenwich. 28 de junio de 1887. 21 horas.
El catedrático de astronomía de Oxford dijo- lo que más me sorprende es que ese amarillo, calculara con éxito el advenimiento de este cometa, sus cálculos son de una precisión absoluta.
El Embajador de Corea respondió- Nuestro país es célebre por la calidad de nuestros científicos- se dio la vuelta y se dispuso a marcharse, paro un segundo y giro la cabeza, como si hubiera recordad algo súbitamente y dijo- Preferimos que nos llamen Coreanos, el termino Amarillo suena vago y ligeramente ofensivo- reanudó el paso como si no hubiera hablado nunca y se integró en otro conversación.
El catedrático se había quedado, por decidirlo de alguna manera Amarillo de vergüenza, y el resto del grupo que se hallaba a su alrededor hacia su mejor esfuerzo, con escaso o ningún éxito, por contener sus risas ante la metida de pata.
Una mujer, también de aspecto asiático, aseveró, Park fue un gran hombre, y cantaba con un estupendo ánimo y voz de tenor.
El catedrático la fulmino con la mirada, y con ese talento que solo los hombres muy cultos poseen, tomo la determinación de desquitarse con alguien parecía una víctima propiciatoria.
No he oído su nombre- Dijo el catedrático demostrando su competencia para fingir cortesía- Señorita…
Linn Sao- Dijo la aludida.
Da la impresión por su forma de hablar que conoció al sujeto.- dijo el catedrático con un matiz de burla.
En cierto modo- dijo la mujer.
En ese instante se unió al grupo el ministro de asuntos culturales. Y haciendo un ademan campechano, que solo un ministro de una cartera del gobierno poco o nada cotizada podía hacer, agarro por el hombro de manera amistosa al catedrático y le sacudió vigorosamente, mientras decía.- Veo que ya ha conocido a la señorita Park Linn Sao, descendiente directa del homenajeado, me tome la libertad de invitarla personalmente.
El catedrático, reflexiono sobre lo mucho que había despotricado sobre el Astrónomo Park, musito una disculpa y se marchó.
El ministro y la joven dama se quedaron solos, por un momento, todos los demás se acercaron a la terraza el cometa Park aparecería surcando los cielos, y no se podría volver a ver en otros 400 años.
El ministro dijo, creo que su tiempo se acaba, ella asintió, y respondió en una lengua extraña.
-Casa del ministro de asuntos culturales, Londres. 28 de junio de 1887. 23 horas y 50 minutos.
El ministro se quitaba la pajarita- Sabes cariño, adoro a los viajeros del tiempo.
Ya lo sé- contesto su esposa ya desde la cama- aunque nunca sabré por qué.
Es por su gestión del tiempo, es simplemente perfecta, y su Humor, Atemporal.
Ella desde la cama sonrió- cariño, ven a dormir que para nosotros se hace tarde.
Fin.

Mikel Villafranca





Note from the Schwannschertz-Teck family librarian: This extract is from a notebook left in the baroness’ study in 1929 by her niece Cecily Teck, later known to history as Prof. Cecily Cogsworth.

Not for the first time, I found myself smiling when I would have been, in any other circumstances, shrieking for help from my aunt’s household. 
“Yes, uncle” I heard myself say yet again.
The man was clearly out of control, beyond the reach of reason or pity, yet I obliged myself to remain seated and to listen once again to his ravings.
This entire situation was brought about by an apparently insignificant purchase made on a golden summer afternoon some 30 years ago, when we strolled through a village fair, idly examining the merchandise offered us by sellers anxious to take advantage of our wealth and curiosity. We’d only stopped there to repair the Schwannschertz dirigible, and were passing the time before the chief engineer could allow us to continue our journey to Prague, my dear aunt´s favourite city.
As I say, it was a golden afternoon. I remember the first time we saw the object which was to trigger the ruin of our family’s happiness. It was a curiously fashioned letter opener held out to us on a tray covered in dusty crimson velvet by an elderly man dressed in the Turkish style. 
“Russka, Russka, iron from heaven” repeated the fellow. 
I could well believe it. The Russian Imperial coat of arms was beautifully rendered in rose gold on the hilt carved from mother of pearl; indeed the entire piece was a marvel of taste and exquisite craftsmanship such as I’ve rarely seen in my many dealings with rare and valuable objects.
Iron from heaven? I could well believe it, given the highly unusual geometrical markings on the blade. Before I could ask to examine the letter opener more closely, Uncle Ernst, known to us by his nickname, “Wulfie”, turned pale and fainted on the spot. It would be difficult to describe the consternation this caused- “Wulfie” was the heir to grandfather’s dukedom and though of good health, was of a nervous disposition which had previously caused considerable anxiety in the family.
Fortunately, “Wulfie” regained consciousness within minutes, drank down a liter of the local beer and negotiated the purchase of the letter opener. We re-embarked our dirigible and shortly after reached our palace in Prague. A state reception, a ball and fireworks ended what was fated to be our last entirely happy day.
The following morning, screams upon screams rent the air. We hurried to the source of the unholy shrieking in the West wing only to find “Wulfie” struggling in the grip of five footmen. 
“We must return the iron to its home” wept my unhappy cousin. 
At first, we thought what was in question was to return the letter opener to the Imperial family and of course Uncle Sebastian sent our ambassador a sealed package with the enigmatic letter opener, with instructions to present it to Cousin Alexander, with our compliments.
Alexander was charmed by the present, of course, yet…
“We must return the iron to its home” wept my unhappy uncle.
“Wulfie” became daily more emaciated, alternating between cowering anxiety and fits of furious anger, smashing furniture, thrashing servants. My Grandfather sent for all possible medical aid, admitting any and all treatments suggested by the most eminent physicians. Sigmund Freud was conveyed to our country estate in Saxony to administer to “Wulfie”, chained up in a bare room with barred windows , yet the great man confessed himself unable to be of the slightest assistance in this distressing case.
“We must return the iron to its home” wept my unhappy uncle.
I sat for hours on the other side of that barred window, quietly sewing or reading or writing and little by little “Wulfie” came to speak of what he called the iron’s home. To my astonishment, what “Wulfie “ begged for was the following: to arrange a rendezvous with the peoples of the home world of the letter opener’s iron blade then send a hot air balloon soaring to the highest possible point to effectuate the return of this malignant blade. "Wulfie" claimed the iron's homeworld was the planet Mars and spent many hours describing the planet, and its peoples.
“We must return the iron to its home” wept my unhappy uncle.
Grandfather was horrified when informed of his heir’s proposal.
“Unglaublich” was the mildest term he employed. So the letter opener remained in Cousin Alexander’s collection and “Wulfie” remained chained in a bare room.
And so the years and decades passed by. Wars and famine and revolutions swept through Europe. We never again enjoyed watching meteor showers during the brilliant summer nights as we used to, before we set down to repair the Schwannschertz dirigible that golden summer afternoon.
“We must return the iron to its home” wept my unhappy uncle.

Cecily Cogsworth





El cordero, la verdad y el cielo

La escalera del meteorito-taxi se replegó cuando él subió:
Su cabello conservaba aquel rubio extraído de los campos de centeno. Sus pupilas estaban coloreadas del infinito más perdido. Vestía la casaca larga aguamarina y roja de dorados botones con la que el aviador le había conocido. Ese joven que parecía nunca crecer era el Principito. Tomó asiento junto a mí y me estrechó la mano:
-Disculpe mi retraso, señor Guile…
-No se preocupe, mmm…
-Llámame Principito, por favor.
-Está bien, Principito. –Me coloqué un falso mechón, mojé la pluma y encendí la grabadora- No voy a juzgarte porque saliera tu nombre en aquellos papeles… He venido a ayudarte –El chico me contempló sorprendido y aliviado a la vez. Me estrechó las manos entre las suyas y me pareció sentir el nacimiento de unas lágrimas.
-¡Mi queridísimo Guile, no se puedo imaginar el sufrimiento que he pasado! ¡Nadie me cree cuando les digo que todo ha sido un terrible error! ¡Me han engañado! Firmé aquellos papeles sin saber y me han llevado a la ruina… Por favor, señor Guile, ¡ayúdeme! –Ahora lloraba desconsoladamente sobre mis rodillas y pude ver en él lo que de verdad era: un niño solo y asustado.
El meteorito comenzó a moverse lentamente. Aunque esta clase de vehículos espaciales no eran muy comunes, decidí hacer una excepción y busqué un modelo tranquilo para este paseo. El Principito se sosegó y comenzó a hablar:
-Te contaré todo lo que pasó: Esto comenzó en mi segundo viaje a la Tierra. Echaba mucho de menos a mi amigo el aviador y quise volver a verle. Pero, para mi asombro, el mundo había cambiado… -Una expresión de tristeza se instaló en su semblante- Descubrí que el planeta había cambiado de siglo (al XXI); me contaron la sucesión de aquellas terribles guerras que tanto daño habían hecho y cómo había evolucionado todo a raíz de lo que llamaban “las nuevas tecnologías”. Busqué a mi amigo, peor nadie pudo decirme nada de él. Algunas personas sugirieron que ya debería de estar muerto, pero me negué a creerles. Vagué por varios países descubriendo en ellos más miseria y agonía de la que hubiera podido imaginar. Además, la gente me tachaba de loco, e incluso algunos quisieron llevarme a un asilo… Me arrojaron también dos noches al calabozo por haber cogido una barra de pan. El mundo se había convertido en una quimera de la que quería escapar. Sin embargo, pareció que un día mi suerte iba a cambiar…
Me contó que unos hombres lo habían engañado para que firmara unos documentos que acarrearían graves consecuencias, pues eran meros fraudes… Abusaron de su inocencia, prometiéndole un reencuentro con su amigo. Reencuentro que nunca se consumó:
-…Al fin me dieron un billete de ida a una dirección que desconocía, asegurándome que allí lo encontraría. Yo les creí, por supuesto. Cuando monté en el gigantesco avión en compañía de la caja que hacía de casa de mi cordero no me cabía el corazón en el pecho de la emoción. Mas, ¡cuál fue mi desdicha cuando llegué a Marruecos y la dirección era falsa! Lloré mucho aquella noche acurrucado bajo una palmera.
Sin embargo, una mujer dijo conocer algo sobre mi amigo. Sin pedir nada a cambio me condujo al albor del desierto. Allí vi… ¡Mis ojos no podían creerlo! ¡Era el avión de mi amigo! Con lágrimas en los ojos me lancé a buscarlo. Pero ya no estaba. Solo quedaba el recuerdo de sus gafas y la avioneta. La dulce mujer confesó con el corazón en el puño que hacía ya varias décadas un hombre extraño que viajaba por aquellos cielos sufrió un mortal accidente. Sentí como una parte de mí se quebraba al saber que esa era la tumba de mi amigo…
Posteriormente la mafia se destapó como sale toda la podredumbre de las alcantarillas. Arrastraron al pobre Principito y lo usaron como cabeza de turco.
Había tomado el meteorito más cercano y había regresado a su asteroide con el alma henchida de dolor y con el recuerdo del aviador, temiendo porque el último trocito de su recuerdo se extinguiera.
-Tuve miedo y, por ello, tomé otro meteorito que me trajese de nuevo, ¡pocos saben la buena labor que hacen! Y en un abrir y cerrar de ojos amanecí en esta época más pasada, de vapores y faldas largas con palabras bonitas. A través de las rosas decidí ponerme en contacto contigo, Guile, pues insistieron en que tú podrías ser la única persona capaz de deshacer este desastre… Por eso acudo a ti.
El Principito acabó su historia con aquella mirada eterna y perdida de la infancia nunca extraviada que en su momento conquistó al aviador. Apagué la grabadora y dejé la pluma en el tintero. El taxista, mudo durante todo el trayecto (Dios sabe las confidencias que habrán presenciado), frenó suavemente y nos dispusimos a bajar. Me calé el sombrero y le tendí una mano firme al Principito.
-Soy un viajero del tiempo. Te prometo que haré que tu verdad aparezca en los medios para desmentir las acusaciones. Dejaré bien claro quiénes son los verdaderos mafiosos de este asunto. –Antes de que pudiera decir algo, le interrumpí- No tienes porqué darme las gracias –Bajé el ala ocultando el rostro a la clara luz del mediodía- Es mi trabajo –Y, sonriendo antes de desaparecer en otro meteorito más pequeño, le dije- Por cierto, creo que te está esperando alguien.
Con un sigilo magnífico había aterrizado una pequeña avioneta roja a pocos metros de nosotros. El Principito me miró de hito en hito y gritó de felicidad al ver que se acercaba un hombre con gorro y gafas de aviador que le invitaba a ir a buscarlo con los brazos abiertos. Mientras le indicaba al taxista el año y la dirección le escuché decir:
-Principito, tu cordero te ha echado de menos…

Ángela Ramos González





Los Conseguidores

Los chamanes-astrónomos dudas no tienen: el regalo llega en la siguiente luna. Semanas de observación de las sombras y los astros, cálculos y cánticos en el crómlech, les convencen de la veracidad de sus estimaciones, y ya sus sueños son claros e inundan sus noches de manera recurrente. Deciden acudir sin más dilación los Tres, con sus grandes máscaras, a visitar el templo megalítico de las sacerdotisas de la Madre. Allí, en la oscuridad, ellas tejen en extraños telares sus misterios de vida y muerte, tienen visiones en trance, y deciden con sabiduría los destinos de toda la tribu.
No son muy frecuentes estas visitas, y ellas los reciben primero ululando, con canciones misteriosas que semejan gritos y jadeos sincopados, chasquidos y golpeteos de palmas, unas se unen con un canto difónico especial, y otras comienzan a golpear huesos y panderos, mientras algunas jóvenes bailan con preciosos crótalos en los dedos y tocados de plumas y flores. De entre las bellas, la Gran Sacerdotisa surge. Un sacrificio les ofrece, mas ellos hablar prefieren antes.
Todo se explica, todo se decide, y quedan conformes con a los guerreros llamar. Al poco, viene el Jefe con sus más valientes cazadores. Y los Tres ungen a los tres Conseguidores, jóvenes que ven en sueños para el tesoro lograr. Les hablan, les cuentan que los han de entrenar y, al resto de la tribu, tareas han de asignar para preparar la misión que pronto han de afrontar. El regalo llegará pronto, y listo todo ha de estar. Ellos se sienten honrados, es un honor poder aportar en algo trascendente y el regalo de los dioses recibir.
Los Conseguidores quedan a cargo de uno de los Tres, que les lleva a un apartado lugar, una cueva donde morar. Les llevan comida especial: raíces, bayas, sabia y hojas, para su cuerpo adelgazar manteniendo fuerza. Y trabajos les da a realizar: bajar cocos de las palmeras, huevos de nidos en los riscos, miel de abejas en la cueva... Por las noches, historias les cuenta, para que moren en su corazón y las sueñen, para que aprendan lo que habrán de hacer.
Otro de los Tres habla con las mujeres de la aldea: unas lianas larguísimas han de trenzar... El tercero de los Tres habla con los cazadores: muchos animales necesitan. Y marcha la partida de caza. A los cazadores también les encargan buscar piedras de cuarzo, y las sacerdotisas buscan sapos y setas...
La cuerda de lianas está hecha, de muchos pasos de largo, y bien gruesa y resistente. Vuelven los cazadores y ahora entre todos a curtir pieles. Con vejigas de mamut cosidas construyen una bolsa translúcida muy grande, cosen con finos tendones. Hacen una puerta con un marco de madera y tensando más vejiga, como en un bastidor. Con los colmillos hacen dos arpones gigantes. Y más cuerda fina. Y con la piel gruesa de osos y mamuts, tres trajes completos confeccionan, muy bien curtidos, y sellan las costuras con cera. Y dejan también el cráneo en la cabeza, como un casco, con el cuarzo de ojos y sellando la escafandra.
Y llega el día. Las sacerdotisas administran las drogas a los Conseguidores, que les hacen respirar más lento, latir apenas el corazón. Les revisten con los trajes, parecen osos tan tapados. Los cráneos al menos permiten la visión con los cuarzos hialinos. Les introducen en la bolsa de mamut y cierran. También inflan esa bolsa con aire y piedras calientes.
-No volváis sin el mineral. Tomad estas bolsas de piel. Traedlas llenas- les dice el sacerdote repartiendo tres bolsas de cuero. -Ya os hemos explicado cómo hacerlo. Y tomad los arpones y más cuerdas finas.
La bolsa de vejigas se ha hinchado y empieza a flotar, pese a sus tres ocupantes, que están como dormidos, drogados. El globo comienza a ascender, sujeto por la liana. Los cazadores se dedican a agarrar la cuerda y no soltarla. Asciende y asciende... Los chamanes-astrónomos han calculado bien, el asteroide pasará muy cerca. Y es de noche, para proteger a los Conseguidores del Sol.
El sencillo y extraño artilugio asciende tanto que sale de la atmósfera. Ahí paran de dar cuerda desde abajo. Atan y esperan. Los de dentro se mueven lentos, pero ven la roca aproximarse con rapidez. Se espabilan con un esfuerzo sobrehumano, y dos de ellos abren la puerta un momento y salen al espacio sujetos por la cintura con las cuerdas finas. Llevan las bolsas y los arpones. Y los lanzan contra el objeto espacial, ballena negra e inerte. Capturado, les da un tirón, el impulso que precisan para estar sobre la superficie. El aire parece que les dura anormalmente en los pulmones, por el entrenamiento y la ralentización de sus funciones corporales.
Dos hombres prehistóricos sobre un objeto espacial. Recogen rocas con avidez y llenan las bolsas. Entonces, exhaustos y al borde de la asfixia, es el tercero de ellos el que ha de tirar de las cuerdas para recuperarlos y volver a ingresarlos en la burbuja salvadora. Unos pulsos sobre la cuerda madre sirve de aviso a los de abajo para que empiecen a tirar y devolverlos a la Tierra y a la vida.
Ya en el suelo, las sacerdotisas les quitan los trajes con celeridad y les dan antídotos y masajes para revivirlos. Y los Tres se apresuran a revisar las rocas que están en las bolsas. Sí, es el mineral requerido: el preciado metal para hacer mejores instrumentos. Y corren al dolmen a forjar hachas y dagas.
Es un amanecer muy especial. Nuevos objetos sagrados han sido forjados: vasos, dagas, joyas. Los Conseguidores son héroes, pese a que aún apenas se tienen en pie. Con las cenizas de la fragua se han hecho pigmentos, y con una espina, los Tres les tatúan en la frente el recordatorio de su hazaña. El hierro formará siempre parte de sus cuerpos. Y les imponen torques representativos, para que todos vean que son de por vida privilegiados e íntimos de ambos templos. Se sacrifican animales para el banquete. Uno de los ancianos talla una figura con el traje y la escafandra en un abrigo, y lo pinta con sangre. No sabe la impresión que causará su hazaña en las futuras generaciones.

Madame Eloise





A veces sucede que encuentras a alguien que escribe tan bien que no sabes si es un meteorito o un ángel. A veces sucede que es mejor hacerse a un lado, para dejarlo caer.
Los ángeles no caen en masa, caen por turno,
despeñándose de los puntos cardinales.
Primero los vacíos de recuerdos por los acantilados del Norte,
congelada la palabra,
esculpido el cinismo en cuchillo de hielo
con que decapitar la quietud de las rocas.
Luego los mordaces, los hirientes,
con su vanidad planeando por las laderas del Sur,
cubriendo de olvido el transcurrir de los gorriones,
el líquido silencio cotidiano entre la hierba y la aurora,
alabándose a gritos 
con un estruendo de alas en picado.
Caen por los barrancos del Este ángeles sin rostro,
perfumados de un éxtasis barato,
anhelando tener ojos, boca, manos, sexo,
deseando seducirse a sí mismos
torturándose en los otros
Hacia el Oeste sólo un ángel cae
con las galas de un dios transfigurando el cielo.
Yo despierto y digo:
ATARDECER
Y el ángel sigue cayendo, 
escribe su caída, describe como nadie describió nunca
el desprecio
el sol se hunde y él ha hecho suyo el firmamento,
ocultando con su fuego las estrellas,
ese ángel cae escribiendo 
y el cazador de meteoritos lo detecta, lo rapta, lo secuestra
Yo me bebo el veneno ardiente del aire y digo:
Atardecer, ningún ángel caído ha escrito nunca
como tú escribes
en tu viaje hacia el infierno

Natalia Marea Irisada





Cuando miramos hacia arriba, el cielo estaba en llamas. Ardía, refulgente, en púrpuras, azules, amarillos y verdes, como una aurora boreal furiosa. La noche había caído lentamente, tras un atardecer de nubes bajas y naranjas que teñían las hojas de fuego y las piedras en círculo de sangre. La oscuridad, índigo y pesada, aterciopelada y calurosa, había cubierto los ojos de los animales del corazón del bosque y los nuestros, con el presagio de una tranquilidad ya habitual. Hacía tiempo que la magia había abandonado esas musgosas piedras y los seres que la practicaban habían desaparecido; los conejos habían olvidado cómo contar las historias de la tierra y los ojos de los gatos ya no refulgían desde dentro con la sabiduría arcana; los ciervos y los lobos ya no eran blancos con ojos rojos, portadores de las noticias del mundo más allá. Ya sólo eran cuentos que le relataba a mi nieto, sentados sobre la hierba, ojos enormes y brillantes observando arrugas infinitas y profundas. Como aquella vez en que dos pequeñas hadas se llevaron a mis caballos, enredando sus melenas y manchando su pelaje de barro. Hacía tanto tiempo de eso...Pero esta noche el cielo ardía, y lo hacía en colores extraños. Todo había empezado con una estrella fugaz, un pequeño cometa, atravesando la noche silenciosamente. 'Pide un deseo' le había dicho al niño, 'si no me lo dices, se cumplirá'. El meteoro se había ido acercando y acercando, cada vez más grande y más colorido, yéndose a estrellar tras los árboles. Con el negro volviendo a su lugar, corrimos hacia donde había ido ese fuego. Queríamos saber. Cuando llegamos solamente había un resplandor leve y verde azulado sobre el suelo, un resplandor recortado en forma de pequeña figura que desperezaba sus alas. 'Justo lo que pedí, abuelo' dijo mi nieto, 'la magia ha vuelto al bosque'.

Tesi Simbiox

Pinot Noir

La muerte era una realidad, sobretodo para ella, las habia visto de todas las clases y violencias, pero cuando oia aquellos gritos sabia que pronto volveria a morir.
Estrigoi, Estrigoi!!!
los gritos de la muchedumbre cada vez eran mas fuertes.
Ato la cuerda ferrameante a la viga del granero, preparo la banqueta, midio la altura con ojo experto, e hizo un ensayado lazo correredo, coloco el lazo alrrededor de su cuello, y se subio a la banqueta...
El ruido de los golpes en la puerta, creciente cedio, la puerta se batio sobre sus visagras con fuerza y la muchedumbre entro en el granero.
Ella penso en su ultimo ahorcamiento, sonrrio, y entonces salto con violencia rompiendose el cuello en la caida, murio rapidamente.
Viena, 20 septiembre de 1867.
El tanatopractor, y doctor en Relojeria Albert Muller, ajusto sus gafas con lentes de aumento, miro el expedente delante del cuerpo sin vida y anuncio para los jovenes que le observaban con inpaciencia.
Observen la decoloracion del cuello en este punto, de el podemos deducir que murio ahorcada con una maroma desistente de 2'5cm de grosor, y que se partio el cuello en el acto.
Miro complacido como los jovenes tomaban notas y cuchicheaban.
Tomo el bisturi con sumo cuidado, y abrio el cuello con un corte profesional, con una pequwña endidura.
Introdujo las pinzas de relojero con Sumo cuidado y extrajo un pequeño engranaje de laton.
Repitio la operacion varias veces y dijo, -bien necesitamos sustituir estas piezas, - busco con la mirada entre los alumnos- señorita TriGear, traiga las piezas...
El relojero abrio mas la endidura dejando ver la glotis mecanica, con sus mecaniamos desmontados, señalo con las pinzas, -el efecto de la presión de soga, corto el flujo de aire y rompio los engranejas precerbix, ademas de desplazar todo el mecanismo hacia arriba desencajandolo- hizo una pausa saco del bolsillo de su bata una larga pitillera y finalmente un cigarro, largo y estrecho, con la otra mano encendio el soldador, y ya con el cigarro en los labios procedio a encenderlo con el soldador.
Despacho del director del tanatorio relojeria Beyer. Viena.
El director sentado en su butaca estaba urgando en el fondo de la copa de vino que tenia en la mano. Levanto la vista lentamente y dijo - Bien señorita, una vez mas, cuenteme con todo lujo de detalles como murió, y por favor, esta vez no omita nada.
Ya se lo dije- grito- cuantas veces tendre que repetirlo.
Solo hasta que este señoor del seguro tome nota. - Dijo el escrutador de fondos de copas casi vacias.- le apetece otra copa de pinot noir, senñorita - pregunto mientras el mismo rellenaba la suya.
No gracias- dijo con la voz casi en grito- el pinot noir es el culpable de todo.
Como ustedes saben es la principal fuente de combustible que utilizo. -Continuo con la ensayada voz de narrar una anecdota- pero es tambien el culpable de mi ultima muerte.
Como es eso posible? -Exclamo el perito De la eseguradora, mientras ajustaba sus lentes redondos con muchos cristales de aumento.
Pues vera usted- continuo la joven suicida- Rumania es un lugar bellísimo que conserva su atractivo natural y su folklore rural...
Se produjo un leve pausa, el escrutador de botellas sonrrio, pues ya habia escuchado la historia con anterioridad y sabia lo que seguia.
Una de sus leyendas mas apasionentes, o el capitulo mas oscuro  de su historia esta relacionado con un señor que solo bebía sangre.
Y da la casualidad de que como yo, el no ingeria solidos, y poseia unas cualidades fisicas portentosas.
Eso sumado al hecho que en la oficina de relaciones Exteriores  me sugirieron que no revelase mi condición de Vienesa, dado que consideran el estilo de vida Vienes una afrenta moral a la fe que profesan...
Bueno en resumidas cuentas- una nueva Pausa esta vez mas larga, mientras la joven suicida alisaba pelo y lo apartaba del rostro.
... me confundieron con una de esas criaturas e intentaron quemarme, asi que hui dando un salto por la ventana del castillo que había alquilado para mis vacaciones y...

jueves, 16 de junio de 2016

El valedor de acero - Tercera parte "Audiencia y veredicto"


La espera se le estaba haciendo eterna, aunque no podían haber pasado más de diez minutos aún. Desde la primera fila de asientos, siendo la única persona presente en la sala del Consejo, Kassius seguía intentando calmarse, pero con la puerta de la antesala cerrada, no oía absolutamente nada de lo que sucedía más allá, así que no estaba teniendo mucho éxito. Los seis miembros actuales del tribunal habían accedido a verse con Serena de uno en uno, lo cual era el mejor resultado posible de la defensa planteada. Bueno, todos menos el presidente. Dutschenfeld iba a ser el más difícil de convencer, lo cual no era ninguna sorpresa, pero el auténtico problema era la ausencia de un séptimo integrante en aquellos momentos. Levantó la mirada y la fijó en la silla vacía, la de más a la derecha. Si Knudsen aún estuviera allí podrían haber tratado de obtener su apoyo, pero el físico experimental había desaparecido seis meses atrás sin dejar rastro. Eso significaba que mientras se encontraba un sustituto, el cabeza de la mesa podía ejercer el voto en nombre propio y del ausente, y por supuesto, conociendo a éste, lo haría. Declaraciones como la que se solicitaba sobre Serena no requerían unanimidad, pero sí conformidad de todos menos uno. Habían elegido un mal momento para plantear su petición, pero nada parecía indicar que el Consejo estuviera buscando un nuevo académico así que poco ganaban esperando.

La última vez que había estado en la sala, años antes, también había una vacante, la dejada por el profesor Linge. Kassius se había visto sometido a una situación cruel y absurda a partes iguales: dado que por lo visto había constancia en un acta privada de que su mentor deseaba que él le sucediera en el puesto cuando se jubilara, cosa que planeaba hacer más pronto que tarde, el Consejo se veía obligado a considerar la opción al menos formalmente, aunque ya le habían avisado nada más entrar, sin demasiada ceremonia además, que sus posibilidades eran nulas. Había sido totalmente sincero con el tribunal a ese respecto en su primera intervención, una vez pasado el choque inicial de enterarse del motivo de la vista. Él no deseaba el puesto. Lo que no podía contar sobre sus motivos para rechazarlo era que el profesor había muerto… por su culpa, lo cual naturalmente le había afectado mucho. Eso sólo lo sabían dos personas más, una de las cuales, Helga, nieta del historiador, le acompañaba en ese momento. Ya entonces cuando se enfrentó al tribunal, aún a pesar de su renuencia manifiesta, Dutschenfeld se mostró innecesariamente arisco y despectivo, intentando humillarle con sus palabras, como si no tuviera ya bastante con su propia culpa…

La puerta se abrió sacando en gran medida a Kassius de estos pensamientos y devolviéndole al presente. Serena cerró tras de sí con delicadeza y fue en silencio, sonriente, a sentarse a su lado mientras él la miraba fijamente, expectante.

-¿Que ha pasado con el viejo Perseus? - La imagen del presidente del tribunal votando vehemente en su contra le hacía temer lo peor ahora. - ¿Cómo ha sido?

-Bueno, creo que en general ha ido bien. - La chica asintió con calma, sin perder el buen gesto. - Mademoiselle Santeil me ha dicho que quiere que la acompañe cuando vuele a Viena de nuevo. - Kassius la apremió con la mirada. - El encuentro con el señor Nevrakis ha sido cordial. Como ya dijo antes me ha dado el pésame por mi madre y me ha hablado de las veces que coincidió con ella. Un hombre encantador, la verdad, muy cortés. - Viendo que se desesperaba por momentos, continuó. - La profesora Arrieta primero me ha mirado como quien examina un espécimen raro, y la verdad es que por un momento me ha hecho sentir bastante incómoda. Luego me ha estado preguntado sobre mis recuerdos, si soy capaz de diferenciar claramente los que me pertenecían originalmente y los que son en realidad de mi madre. - Se encogió de hombros algo, aunque su cuerpo no estaba pensado para efectuar un movimiento tan humano e innecesario. - Le he dicho que es confuso y que tengo que pararme a pensarlo detenidamente porque para mí no son memorias adquiridas, sino parte de mí. Parece que ha quedado conforme, pienso que votará a favor.

-Dutschenfeld, Serena. - Abrió mucho los ojos e hizo un gesto de impaciencia con ambas manos antes de repetir. - Dutschenfeld.

Ella se hizo la despistada o la sorda y siguió adelante. Estaba disfrutando de aquello y se le notaba.

-Luego ha venido la doctora Alsmun. Se ha sentado frente a mí y me ha estado mirando en silencio durante los dos primeros minutos al menos. Ya pensaba que no iba a decir nada en todo el rato cuando me ha preguntado frontalmente qué pensaba mi madre de ella. - Se giró en el sitio y siguió hablando sin apartar la vista de la puerta por la que había venido, dando un aire ausente a sus palabras. - Me ha pillado por sorpresa, te lo tengo que reconocer.

-¿Y qué le has dicho?

-Tenía pensado contarle en primera persona lo que han supuesto estas últimas semanas para mí, pero cuando me he dado cuenta le estaba diciendo que mi madre la recordaba como la mejor profesora que tuvo nunca, y que lamentaba no haber mantenido una mejor relación con ella todos estos años. Creo que todo lo que le he dicho es verdad, pero ni yo misma era consciente hasta ese momento. - Por fin le devolvió la mirada. - Quiero volver a hablar con ella. Necesito arreglar lo que ellas no pudieron.

Kassius inspiró hondo, intentando entender cómo la chica trataba de cuadrar su pasado y el de su creadora con quien era ahora. Le dio algo de margen para que continuara, pero ella seguía callada, pensativa, y él no podía esperar más.

-Serena, de verdad. Necesito saber qué te ha dicho él. Por favor.

La joven recuperó al instante su gesto despreocupado, y añadió con cara de sorpresa.

-Soroush me ha invitado a acompañarle a la ópera. Sólo eso. Ha sido un encuentro muy raro, porque no lo esperaba para nada, siendo él mecánico y todo. Por supuesto, he aceptado, y ha vuelto al salón reservado sin decir nada más. ¡Creo que no ha durado ni veinte segundos! - Kassius fue a decir algo que probablemente hubiera sido impropio de él, pero su amiga le detuvo con un ademán de paz. - Y finalmente, ha venido Dutschenfeld…

La puerta se abrió otra vez y empezaron a salir los miembros del Consejo Rector. El presidente iba especialmente serio, lo cual le hizo temer lo peor, pero igualmente ambos se levantaron por respeto a ellos y se mantuvieron así hasta que todos tomaron asiento menos Ireen Alsmun, que era la secretaria y empezó a hablar sin esperar más. Su voz llenó la sala, acostumbrada a impartir clase en aulas mucho mayores y más llenas de gente que aquel lugar.

-Serena Marie Basel, por favor ocupe el estrado. - La chica no se hizo de rogar y avanzó diligente como le indicaba la experta en autómatas, que retomó la palabra con tono solemne. - Tras deliberar, el Consejo Rector de este noble Instituto ha decidido, por unanimidad, emitir una declaración al Tribunal Superior de Justicia de la República de Sajonia respaldando su condición de persona a todos los efectos. - Sólo Kassius reaccionó de manera visible al veredicto, con una exclamación silenciosa de victoria, para caer sólo entonces, extrañado, en que si todos habían votado a favor, eso significaba que incluso… - Esta consideración tiene vigor desde este mismo momento. - Y con una sonrisa que parecía sincera, añadió. - Enhorabuena, señorita Basel.

-Muchas gracias, señora secretaria, señor presidente, y demás miembros del Consejo. - Realizó una educada reverencia. - Para mí es una gran alegría y un gran honor, así como para el señor Folkvanger. - Eso no tenía que jurarlo, pero Kassius seguía preguntándose qué había pasado con el viejo astrónomo ahí dentro para que en sólo tres minutos diera su brazo a torcer.

-Puede usted retirarse, señorita Basel. - Serena se inclinó un poco hacia la mesa y luego volvió junto a él. La doctora Alsmun esperó pacientemente a que terminaran de abrazarse para continuar. - Ahora si es tan amable, señor Folkvanger, regrese usted al estrado una vez más.

-¿Yo? - Miró al Consejo y luego a Serena, que se limitó a darle un empujoncito.

Caminó lentamente al principio, subió el escalón hasta la tarima rodeada por un semicírculo de caoba acolchada en rojo y aguardó, inquieto.

-Este tribunal le comunica que a propuesta del presidente, Perseus Konrad Dutschenfeld, con el título de Sternfänger, se ha realizado una votación para ocupar la vacante dejada recientemente en el Consejo Rector por el doctor Jorgen Knudsen, con el título de Geheimerkenner. - Kassius apretó la barandilla hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Al darse cuenta de que con la mano derecha iba a dejar marca en la madera aflojó ambas. La izquierda le temblaba y su mirada se encontraba perdida en la lejanía. - Por unanimidad se ha admitido la propuesta de que sea usted el nuevo integrante de este Consejo. Dispone de las próximas veinticuatro horas para expresar su consentimiento o renunciar a la plaza.

-Acepto. - Quizá había hablado muy rápido y más adelante se arrepentiría, pero una parte de él empezaba ya a acariciar esa nueva realidad y el tacto resultaba, a pesar de lo inesperado, sumamente agradable. Recordó entonces que sería conveniente respirar de nuevo si no quería desmayarse.

-Queda constancia de la respuesta afirmativa. - Miró a ambos lados, deteniéndose un instante en cada uno de sus compañeros y un poco más en el presidente, que asintió. - Kassius Folkvanger, por sus propios méritos técnicos además de por haber demostrado ante este tribunal su comprensión en profundidad de los diseños de alguien del innegable nivel de Fräulein Serena Basel, que en paz descanse, se le nombra a usted miembro de este Consejo Rector asignándosele el título de Stahlanwalt, con efecto desde las doce de la noche como es costumbre en este órgano. - Tras una pausa en la que nuevamente miró al astrónomo, añadió. - Puede usted retirarse, queda finalizada la sesión.

Los miembros de la mesa ya habían abandonado la sala, algunos por la salida y otros camino del salón reservado probablemente para la cena, cuando Kassius regresó a su sitio y se sentó sin articular palabra. Encaró a su amiga y consiguió preguntarle, en un siseo nervioso:

-¿Pero qué le has dicho a Dutschenfeld?

Serena se rió en voz no muy alta y le miró con compasión, entendiendo el estado en que se encontraba. Esta vez no le tuvo en ascuas, pero se aseguró de hablar en un susurro.

-Le dije que sería una pena que alguien revelara todas las cosas subidas de tono que un miembro tan respetable del Instituto le dijo a Serena Basel, no precisamente en su juventud por lo cual serían difícilmente excusables, y que apostaba a que no quería que los rumores de que ella le rechazó una y otra vez dejaran de ser eso, rumores, para convertirse en historias tan coloridas y embarazosas que jamás sería capaz de acallar. - La boca de Kassius no podía abrirse más, y no dejaba de parpadear como con un tic. La chica autómata no pudo evitar reír de nuevo. - Y de paso, le dije era el deseo de mi madre que tú ocuparas la plaza que le habían ofrecido a ella años atrás y que nunca había llegado a rechazar formalmente. Esto último sí que era mentira, pero Dutschenfeld por lo que veo ha decidido no arriesgarse. - Le puso una mano encima del hombro con suavidad y continuó, con aire casual. - Cuando estés con él, asegúrate de tratarle bien, ¿vale? Primero se ha puesto rojo, después blanco, y creo que su corazón ha quedado aún peor de lo que mi madre se lo dejó en su día.

Consiguió reaccionar, pero sólo para llevarse la mano a la frente y menear la cabeza. Cuando volvió a mirar a su amiga, sólo pudo comentar, en un hilo de voz:

-Digna hija de Serena Basel. - Kassius se dijo que lo que más debía haber afectado al viejo Perseus, no era tanto el chantaje, sino el hecho de que la científica volviera a ponerle en evidencia aún ahora, y el miedo a que no fuera la última vez. Se levantó y con un gesto de reverencia le tendió la mano, que ella tomó.

-De nada, amigo mío. - Y ambos marcharon cogidos del brazo.

Fin

Eric Rohnen


jueves, 9 de junio de 2016

Los Hijos del cielo Vol. IV.- Trueno.

Trueno era en el mejor de los casos un cateto, un tarugo y un torpe, y era consciente de ello.
Sus compañeros de viaje, todos ellos pescadores de relámpagos, sabían que no podían dejarle hacer tareas delicadas, aun así le apreciaban por lo que era.
Y ahora Trueno estaba ganandose el sueldo de lo lindo, volaba asistido por sus botas de sustentación aérea, cargando las jaulas de rayos en su mochila, era extraño ver su rostro lampiño protegido solo por unas gruesas gafas de seguridad redondas con cristales gruesos y una correa de cuero ciñendolas alrrededor de sus sienes.
Su enjuto cuerpo vestido con gruesas capas de ropa requemadas por el sol, estaba empapado bajo la lluvia, en su espalda llebaba una enorme mochila de cuero, semejante a un saco, y colgando de su cinturón y arnés media docena de trampas para rayos, llevaba aquellas trampas cargadas, bajo la tormenta hacia la cámara de contención en el Aerobuque "La reina de las tormentas"
ese era el trabajo mas ingrato llevar las trampas era peligroso pues los rayos atrapados parecían atraer a sus congéneres, además de crepitar desorientando a su portador, y el lo hacia una y otra vez, recorrió el trecho que le faltaba, y toco la cubierta del barco, dos miembros de la tripulación que fumaban ateridos de frío, espalda contra espalda se giraron  hacia el, sin mediar palabra uno de ellos abrió una trampilla en el suelo y el otro ayudo a Trueno a quitarse la mochila, ambos llevaban guantes engomados, Cogieron las trampas con sumo cuidado y las colocaron encajadas bajo la trampilla, le dieron nuevas trampas vacías y Trueno volvió a emprender el vuelo esquivando los rayos que caían de las nubes, ascendió y se perdió de vista.
Lluvia intensa apago su cigarro contra la suela de su zapato- Ahí va ese idiota de nuevo.
Apuesto a que esta vez le da un rayo y la palma- dijo Nube gris.
Naa- escupió mientras se colocaba el maltrecho cigarro tras la oreja- ese chico es como una piedra de rayo.
Una piedra Rayo? que carajo es eso?- grito Nube gris para hacerse oír sobre un trueno rompiente.
Ya sabes, a ese chico le golpeo un rayo en toda la cocorota, un par de nómadas del cielo lo rescataron, esos dos hermanos el que grazna y el otro, desde entonces los rayos no le impactan...
Seis meses antes.
Maelsteom miro hacia la plataforma 87. Estratolimbo estaba a su lado pilotando el pequeño dirigible,-  la plataforma parece desierta,- hubo una breve pausa para contemplar- debe haberles pillado una gran tormenta.
Los hermanos aparcaron en el muelle, la unica nave que habia estaba desecha, habia ardido todo el globo, - Mira, los para rayos estan rotos, miremos a ver si hay algo que se pueda rescatar, yo voy por ese lado y tu...
Dos horas despues, se reunieron de vuelta en su pequeño zepellin.
Que traes hermano,- pregunto Estratolimbo, sin girar la cabeza, mientras revisaba el contenido del saco en el que estaba medio hasta los codos, tenemos media docena de zapatos sacados de la zapateria algunas cerbezas y tuercas y tornillos....
Maelsteom dejo un vulto pesado a su lado, - Yo he... traido esto...

jueves, 2 de junio de 2016

El valedor de acero - Segunda parte "Alegato y jurado"

El Sol de la tarde entraba, difuso por las ramas de los robles, a través de la alta cristalera tras los siete asientos elevados, dando a las seis personas que los ocupaban el aspecto de dioses altivos que desde sus tronos decidían los destinos de los simples mortales. Era la tercera vez que Kassius se presentaba ante el Consejo Rector por un tema estrictamente privado, no académico, pero a pesar de todos los años transcurridos desde la última ocasión, seguía sin gustarle ocupar el foco de la curva sobre la que se ubicaban los puestos. Por suerte ahora sabía ocultar mejor su inquietud. Además, en esta ocasión no hablaba en su propia defensa, por lo que no podía permitirse vacilar. Reafirmó su pose tranquila con una inspiración comedida y esperó a que alguien del tribunal rompiera el silencio que había ocupado la sala de elevados techos y paredes forradas de maderas nobles. A su espalda, silenciosa en una silla de las existentes en segundo plano de las que se reservaban para el público sin derecho a intervenir, Serena Marie Basel esperaba inmóvil el resultado de la defensa planteada por él.



-No puedo creerle, señor Folkvanger. - Sternfänger fue el primero en hablar, por supuesto. No se había dignado a posar su vista sobre la chica en ningún momento, pero Kassius ya sabía que si alguien del Consejo era esperable que estuviera en contra de ella, ese era el viejo Perseus K. Dutschenfeld. - No me malinterprete, todos en este tribunal - dirigió un barrido a izquierda y derecha desde su asiento central - saben de la talla de Fräulein Basel, cuya pérdida lamentamos sin reservas. - Dados los rumores existentes, el joven tenía serias dudas de que en el caso de aquel hombre eso fuera cierto. - La doctora Alsmun aquí presente ha examinado los diseños del cerebro del autómata. - Mientras dirigía una sonrisa cortés a la mujer ubicada dos puestos a su derecha, Kassius no pudo evitar traicionar por un instante un mal gesto por la falta de cortesía deliberada hacia Serena. - Su juicio desde luego es que están a la altura de la fama de su creadora y considera que las afirmaciones de que ésta pudo haber copiado de alguna forma sus recuerdos en él son dignas de consideración. - El viejo astrónomo juntó las manos por las yemas de los dedos. - Pero de ahí a afirmar que se trata de una persona a todos los efectos humana, hay un gran salto, me atrevería a decir que de fe.

-¿Y ha dicho usted que sueña? - Los ojos del profesor Nevrakis, apodado con toda justicia Luftseefahrer, brillaban de excitación, contrastando marcadamente con los de Dutschenfeld. - Fascinante. - El diseñador de aeronaves tenía una personalidad que rápidamente le inclinaba al asombro con una intensidad que cualquiera tildaría de infantil si no fuera porque su pericia técnica era de tal calibre que había bautizado una clase entera de los dirigibles más maniobrables y veloces que ahora surcaban los océanos celestes, todos ellos con una silueta del dios Hermes en cada costado. A Kassius le caía bien aquel cincuentón excéntrico desde que le había dado clases al poco de llegar éste a Dresde, proveniente de la Universidad Técnica de Atenas. Había compartido con sinceridad su interés por algunos diseños peculiares que presentaba a cualquiera dispuesto a escucharle, y eso por lo visto bastaba para que Eleutherios Nevrakis le considerara a uno su amigo.

-No veo a qué viene tanto escepticismo, Perseus. - La dulce voz de la doctora Hélène Santeil, arqueóloga residente del Instituto, resonó en la sala. Era una de las tres personas capaces de traducir con soltura las tablillas de Lemuria en todo el mundo, además de hablar otras cinco lenguas muertas y ocho más vivas al margen de su francés natal, claro. - Yo tampoco soy ninguna especialista en la materia, pero si algo me ha enseñado la experiencia, es a estar abierta a aceptar lo inverosímil. - Sus cabellos eran blancos desde hacía tiempo, tras más de cincuenta años surcando el mundo, persiguiendo el rastro del pasado. - No me gustaría que se levantara la sesión sin poder hablar yo misma con la señorita Basel.

-Pero mi querida Weberinnerin, eso es imposible. - Dutschenfeld se giró en su silla para encarar a Mademoiselle Santeil, que estaba justo a su izquierda. - Hacerlo implicaría que el tribunal ya se ha posicionado a favor de la reclamación del señor Folkvanger porque estaríamos considerando a la autómata como humana al hacerla ocupar el estrado. - No elevó el tono, pero quedó bien claro que usaría su voto para oponerse si proponían eso.

-Ah, ¿pero quién dijo que tuviera que ocupar el puesto donde ahora está el joven? - Aquella era la única baza oculta que podía jugar Kassius, y no lo había dudado ni un momento. La arqueóloga había sido amiga del profesor Linge durante décadas, y aunque nunca se hubiera atrevido a preguntarle a ninguno de ambos, sospechaba que esa relación había sido muy estrecha. De manera coincidencial, el investigador había ocupado el puesto en el Consejo donde ahora estaba ella, con el título de Fremderzähler. En cualquier caso, como ayudante y en cierta forma sucesor de éste, contaba con la simpatía de la historiadora, y esa sugerencia inocente de una audiencia privada había surgido en un discreto encuentro previo, aunque lo negaría si le preguntaban. No le gustaba actuar de esa forma tan sibilina, sorteando las normas y pisando terreno que en el mejor de los casos era gris, pero no iba a dejar cartas sin jugar. Además, le preocupaba lo que tuviera en mente su protegida, que era quien había propuesto esa jugada, pero estaba allí para respaldar su independencia como persona, así que debía confiar en ella, se dijo.

El viejo astrónomo fue a replicar con el dedo alzado, pero la voz de la tercera mujer en la mesa, la profesora Verónica Arrieta, la más reciente incorporación al Consejo Rector, le interrumpió. La química era una incógnita para Kassius. No sabía si tenía lealtades ocultas hacia algún otro miembro del tribunal, o si era fiel a sus propias convicciones como su historial parecía indicar. Había llegado a Dresde el año anterior buscando asilo de la Corona Ibérica, que había pretendido monopolizar su fórmula de un catalizador fitoacelerante el cual podía restaurar un bosque arrasado en dos meses en lugar de una década.

-La vida tiene una persistencia que debemos reconocer, señor presidente. - La alta mujer aún en sus treinta, de rostro estrecho y cabellos rubios oscuros, conservaba un marcado acento, pero se desenvolvía tremendamente bien si se tenía en cuenta que al llegar a Sajonia no hablaba nada de alemán. - Si existe la posibilidad de que Fraülein Basel lograra transmitir su consciencia y crear en el proceso una nueva persona - señaló explícitamente a Serena, lo cual Kassius quiso identificar como algo favorable - yo tampoco quiero dejar pasar la oportunidad de refrendarlo.

Dutschenfeld esperó unos instantes para intervenir, como para asegurarse de que nadie le atropellaba de nuevo. En su juventud había sido alabado por su inventiva al crear el primer telescopio de espejo multifacetado ajustable mediante un complejo sistema hidráulico que dejó obsoletas las técnicas de fabricación de reflectores de una única pieza, superando las limitaciones físicas a las que éstos se enfrentaban. Pero eso había sido mucho tiempo atrás. Después de ganarse el título de Sternfänger, poco había hecho digno de mención, y ahora vivía a base de su reputación, que era todo lo que le quedaba. No podía permitir por tanto que ésta fuera puesta en duda. Kassius opinaba de hecho que su costumbre de usar los títulos del Consejo al hablar con sus pares era una forma de rogarles que reafirmaran su estatus al dirigirse a él de la misma forma. Pero que él supiera, ninguno de los demás caía en la trampa, quizá por ser demasiado evidente. El ingeniero sonrió con un poco de malicia por esto último.

-Lo que vengo a decir, estimada Waldbefreierin, es que debemos tratar este caso con suma precaución. No pretendo por supuesto imponer mi criterio a este noble tribunal - Kassius elevó imperceptiblemente una ceja al escuchar esto - pero no quisiera que nos precipitáramos. - Si Dutschenfeld quería alargar aquello, estaba en su mano levantar la sesión hasta nueva orden, pero hacerlo de manera muy apresurada le pondría en una situación incómoda. Él en cambio contaba con poder forzar la mano y obtener un veredicto favorable allí mismo, en la primera sesión. Miró fugazmente a Mademoiselle Santeil y ésta captó su intención.

-Lo entendemos, Perseus, descuida. - Plantó su mano derecha en el hombro de éste con suma delicadeza; el tono en cambio hizo que el gesto le sentara, muy visiblemente, como una elegante bofetada. - Por eso, para poder tener una opinión informada, propongo que cada uno mantenga una breve audiencia personal, no con este caballero, sino con su protegida. Podemos usar el vestíbulo del salón reservado, si a los demás les parece bien. - Señaló la historiada puerta cerrada en un lateral de la sala. Kassius nunca la había atravesado, pero sabía por el profesor que daba a una pequeña estancia, desde la que se accedía a una habitación con sillones en torno a una gran chimenea.

Dutschenfeld fue nuevamente a replicar, y otra vez le interrumpió una voz femenina, en este caso la de la doctora Ireen S. Alsmun, que se había mantenido en silencio hasta entonces.

-Me parece una propuesta excelente, Hélène. - Kassius contuvo la respiración. La experta en autómatas había mantenido una bien conocida rivalidad académica con Fräulein Basel durante años. Esta última, más joven, tenía merecida fama de prodigio. La señora Alsmun en cambio había llegado a su actual posición a base de puro esfuerzo, la única vía lícita que le queda a los que no han sido tocados por los dioses. Él se identificaba con ella en ese sentido, y podía incluso entender un cierto encono hacia Serena por rencor hacia la madre de ésta, a la que incluso le habían ofrecido un puesto en el Consejo antes que a ella, el cual por cierto había rechazado o más bien ignorado. - Quiero comprobar por mí misma en qué se traducen los diseños que he podido examinar. - Su mirada hacia la chica era tan intensa como la de Nevrakis, pero mucho más inquietante, pensó él.

-Vamos, Perseus. - Ahora fue el aeronauta quien se dirigió al presidente, con un ademán exagerado muy propio de él. - No vas a negarnos la oportunidad de conocer a la señorita Basel, ¿verdad? - Kassius sonrió con discreción. Definitivamente, podía contar con el voto a favor del griego. - Aunque sólo sea eso, no quiero dejar pasar la ocasión de expresarle mi admiración por su madre, y el dolor por su pérdida.

Dutschenfeld se encontraba rodeado, no sólo físicamente por las dos personas a cada lado, las cuales se habían expresado a favor de la propuesta de Mademoiselle Santeil, sino moralmente también. El puesto vacío no iba a sacarle del aprieto, desde luego, y si quería poder aplazar lo ahora inevitable, necesitaba que la única persona en la alargada mesa que no había abierto la boca aún le respaldara, así que miró desesperadamente a Ujarak Soroush, que estaba al otro lado de Nevrakis y Alsmun, en el extremo meridional de la sala.

El ingeniero persa conocía perfectamente el idioma de su país de adopción, pero resultaba difícil encontrar a alguien que lo pudiera corroborar dado que en muy raras ocasiones lo ponía en práctica. Era en todos los sentidos un misterio, salvo en el técnico, claro está. Nadie sabía qué le había hecho abandonar la corte del Jeque de Hierro de manera apresurada, pero debieron ser desavenencias sumamente graves ya que ni su fama le había salvado del exilio. Soroush era el responsable de hacer accesibles los desiertos de Arabia con su enormes ingenios mecánicos que utilizaban el agua calentada mediante colectores solares para avanzar sobre las dunas, dejando además en ridículo a los europeos que habían pretendido convencer al gobernante de que podían tender vías de tren que cruzaran todos sus dominios, sin caer en la cuenta de que tras la primera tormenta de arena éstas quedarían sepultadas.

-¿Y usted, Wüsteroberer, qué opina? - El presidente dirigió una mirada inquisitiva al hombre de tez morena y cabellos oscuros que con las manos entrelazadas y los pulgares bajo el mentón se limitó a asentir lentamente. En toda la sesión no había perdido aquella media sonrisa que hacía difícil saber qué pensaba realmente, pero Kassius quiso interpretar que al menos sentía curiosidad por Serena, lo cual era un comienzo.

-Sea pues. - Dutschenfeld apretó la boca durante un momento y se puso en pie sin quitar la vista de encima al ocupante del estrado ni un momento. - Se acepta la propuesta de audiencia privada con los miembros de este Consejo Rector. ¿Puede la interesada si es tan amable pasar a la antesala contigua? - Serena se levantó de inmediato como si estuviera obedeciendo una orden, pero él sabía que era puro teatro. - Sin que sirva de precedente, el tribunal le concederá tres minutos por cada asiento presente y se retirará después a deliberar al salón reservado. - El resto de académicos se incorporó también y siguieron al astrónomo a través de la puerta de madera pulida y metales brillantes.

La chica autómata llegó junto a su defensor y sostuvo sus manos por un instante cuando quedaron a solas. Kassius aún estaba nervioso, inseguro del desenlace de aquello, pero intentó que no se notara. Como no sabía qué decir, fue ella la única que habló. 

-Gracias. A partir de aquí me encargo yo. - Y como si le leyera el pensamiento, añadió con una sonrisa. - Confía en mí.

Continuará...

Eric Rohnen